lunes, 2 de septiembre de 2013

AGOSTO

Las vacaciones se han ido casi sin darme cuenta. 
Me encanta agosto con la tranquilidad que se respira en todas partes. El edificio casi vacío, la calle permanentemente adormecida, Madrid con otro ritmo y más accesible.
 Agosto como un paréntesis donde aparcar las inquietudes, las prisas, los agobios y los miedos. 
Agosto para el descanso, la lectura, las horas sin reloj.
Agosto, un espejismo del que me cuesta despedirme.


Y ya está aquí septiembre y de golpe aparecen todas las urgencias, las turbaciones, las preocupaciones, los desasosiegos... No me gustan los primeros días de septiembre y, como una colegial, se me encoge el estómago y me cuesta levantarme.

Voy a intentar neutralizar estas malas vibraciones  con un baño en la piscina y esta entrada.

No deja de sorprenderme cómo coincido con algunos escritores/pensadores, de alguna manera. Aunque suscribo completamente todo lo que dice y por eso lo apunto.




domingo, 1 de septiembre de 2013

Piscina

El sol reactivando cada poro de mi piel, dorándola con inyecciones de optimismo. Una suave brisa me acaricia y retarda el momento en el que el calor me hará zambullirme en este lecho azulado que me espera fresco y transparente . Salto  acalorada en él y el agua me recibe juguetona y revitalizante. El delicioso contraste de mi cuerpo caliente sumergiéndose en el agua límpida y fresca.Puedo sentir mi cuerpo agradecido, recorriendo el agua que me acaricia mientras nado alegre y acompasadamente, sintiendo mis músculos, mis pulmones, mi corazón. Nado, me relajo. Abro los ojos bajo el agua y disfruto de los rayos de sol tornasolados, del las burbujas, de las sombras que mi propio avance crea. En ese  útero silencioso me siento feliz. Bajo el agua giro y me recreo. Cansada, tonificada y feliz salgo de nuevo al encuentro del sol que me recibe cálidamente y me va secando las delicadas gotas que me pueblan.
Silencio,luz y sol. Esta parte gozosa del verano de la que debo ir despidiéndome y que disfruto cada vez más. Luz, sol,silencio, agua y la celebración de un cuerpo vivo que los recibe ávido y complacido. Un banquete para los sentidos y  para ser consciente del prodigio de mi cuerpo. 

sábado, 31 de agosto de 2013

Decir adiós

Vivimos de espaldas a la muerte. No queremos vernoslas con ella. La tememos. Porque no la entendemos, quizá. Porque nos produce un dolor que no sabemos canalizar. Porque la nada es inaprehensible y perturbadora.
 Y es lo único cierto en esta vida. Lo único seguro e inaplazable.

En nuestra sociedad no hay espacio para educarnos para la muerte. Yo nunca he querido ver a un ser querido muerto. De momento he podido esquivarlo. Siempre he querido tener en mi recuerdo la imagen viva de mis seres queridos. Y creo que es un error. Llevo tiempo intentando acercarme a ese hecho tan incisivo pero tan natural. Creo que sería necesario asumirla sin desgarros, como un proceso natural que, en sí mismo, no es doloroso ni aterrador.En este aprendizaje casi imposible me inició una hermosa película:  DESPEDIDAS

Me provoca un gran rechazo reflexionar sobre cómo nos queremos apartar de la muerte, cómo la queremos evitar en nuestras conversaciones, en nuestros actos sociales, en nuestra educación y , sin embargo, cómo estamos rodeada de ella y acostumbrados a verla en imágenes con las misma frialdad ya con la que miraríamos un partido de fútbol. Ninguna imagen en el telediario o en el periódico nos quita el apetito. Las vemos, decimos un qué barbaridad exculpatorio y a otra cosa mariposa. Las masacres no nos afectan y la muerte del vecino nos asusta y nos deprime. Qué enorme contradicción y que síntoma de narcisismo y de insensibilidad.

Quiero empezar a entender la muerte de otra manera. Quiero contemplarla sin miedo, como un acto más de amor a quien se va.No quiero que suponga un abismo que me desbarate la vida. Una brecha que me aleje de mis seres queridos porque ya no son lo que eran. No es fácil acercarse así a ese abismo, pero es necesario.

Como lo es que se nos revuelvan las tripas al ver estas imágenes y dejemos de comer al verlas.Y nos preguntemos por qué ahora sí vamos a tener una guerra de intervención y hace unos meses, con las mismas masacres injustas, no.

He escrito esta entrada en primera persona del plural, quizá para evitar el desprecio que me produce sentir todo eso tal cual lo siento y parapetárme en el plural para diluirme en la colectividad como si fuera un flujo que me arrastra inevitablemente.No sé. Me pregunto.

Vientre de alquiler

No entiendo muchas cosas. Cada vez más confusión.
No acabo de entender que se vaya a la India a alquilar un vientre para tener hijos. Hay miles de niños huérfanos en India a quienes la vida les sería regalada si alguien los sacara de esa soledad y ese triste futuro que les espera. 
¿Qué clase de necesidad te lleva a cruzar todo ese espacio y avanzar en esa aventura complicada para embarazar a alguien con tu semillita? 
Siempre he pensado que adoptar un hijo es uno de los actos más valientes y generosos del mundo. No entiendo el concepto de madre de alquiler. No entiendo esa necesidad de perpetuarse. Entiendo la necesidad de amar, de hacer posible una vida llena de amor, de proyectos, de compartir, de apoyarse. Un hijo es eso. 

La piel de gallina

El teatro romano de Mérida iluminando una noche de agosto.  En el escenario suena nítido un piano. Lo toca Dulce Pontes. Quiero estar allí. Quiero saborear esencias así.Quiero vivir esas simples emociones de lo auténtico. La noche, la magia de ese lugar y la voz apasionada de esa mujer que siempre me emociona y me reconcilia con mi tristeza. 
Hay lujos necesarios aunque nos están haciendo pensar que vivir es ya en sí un lujo.Quiero vivir con el lujo de sentir emociones que me hagan reconquistar la esperanza y la ilusión. El teatro romano de Mérida, un piano, la voz de Dulces Pontes y mi piel de gallina recordándome que vivir es mucho más que respirar.

viernes, 23 de agosto de 2013

El pueblo


El pueblo significa muchas cosas. Muchísimas. Más de las que yo pensaba: recuerdos, emociones, olores, nostalgias, tristezas, muchas alegrías.Pienso en el pueblo y  acuden a mí en tropel.




El sabor indescriptible de unas morcillas fritas en un bocadillo de pan todavía caliente del horno mientras me lo como en las escaleras del patio de mi tía Nieves recién levantada.


Las comidas de toda la familia. Familia numerosa alrededor de dos mesas: una para adultos y otra para los niños. El bullicio, la alegría de estar todos juntos.Los que vivimos fuera de Madrid íbamos a pasar allí el verano y nos juntábamos muchos.


Los botijos en las entradas de las casas, atesorando agua fresca para beber a chorro cuando tuvieras sed. Botijos para los adultos y , de nuevo, botijos para los niños (eramos muchos primos).


Las reuniones de la familia bajo la higuera de la casa de mis abuelos en un continuo entrar y salir de gente cada día.


El olor a higuera que es el único olor que me traspasa y me pone en contacto con algo muy íntimo y ya perdido. Quizá porque fue el olor de mi infancia y lo relaciono con el paraíso perdido.


Las excursiones a la piscina de Piqueras,el pueblo de al lado. Con una ilusión incontenible.


La máquina de tricotar de mi prima Herminia con quien me tocaba dormir a veces (Nos repartíamos por las casas de todos los tíos).


Las meriendas de toda la familia en la hoz. Montábamos en un camión de mis tíos toda la familia y nos acompañaban el pan, las chuletas, las patatas, los pepinos, las sandias...que nos comeríamos al arrullo del río que refrescaba las bebidas. La emoción de un viaje ilegal, sentados en sillas de mimbre en la parte de atrás del camión, botando con los baches y sintiendo el aire en la cara con alegría.


Las tortas de manteca, el sopa en vino o el pan con aceite de las meriendas de la abuela.


El acoso y la crítica permanente por ser la "forastera". Por eso nunca logré integrarme del todo y me costaba salir a la calle.


Las horas interminables jugando en el taller de mi abuelo con mis cacharritos. Y el serrín. Y el remolío.


El olor a madera y el ruido de las máquinas de los talleres que salpicaban el pueblo.


El ruído de la fragua del vecino que nos acompañaba cada día como un latido constante.


La incompresión, la diferencia de pensamiento y de forma de entender la vida.


Mis abuelos. Siempre mayores en la memoria y tan diferentes entre si.


Todos mis tíos jóvenes y activos.


El olor a la cueva porque no había nevera.


La belleza de lo sencillo.


Las gallinas, los conejos, los cerdos...hacer mis necesidades en el balaguero con ellos.


Los paseos que no di con mi abuelo a quien cada noche le prometía que le acompañaría por la maña temprano cuando él salía pasear por el campo y por el pueblo cada día. Cuando yo me levantaba muy tarde, él ya llevaba horas de vuelta y me miraba entre decepcionado y divertido dando golpes de cabeza. Sin decir nada como siempre.

Los paseos que no di con él y las conversaciones que no tuve y que sé que me hubieran encantado y me hubieran ayudado a conocerle más. Porque fue un auténtico desconocido que presidía la familia pero que nunca hablaba.

Una paloma de anís fresca y deliciosa.


Ir a la fuente a llenar los botijos de agua.


Mis caídas inevitables en carreras torpes por culpa de mis pies planos y mis rodillas y mis codos malheridos cada verano.


El fresco sentados en la puerta de mi abuela con toda la familia y las vecinas.


La auténtica plenitud de una siesta encalada protegiéndonos del calor sofocante del mediodia. Despertar de la profundidad de un mundo en orden y placentero que me devolvía al silencio adormecido de la casa y al trinar de los pájaros siempre activos en la higuera.


El aburrimiento más absoluto de ver las horas pasar.


El frío inclemente de las camas en invierno. El hueco que hacías en el colchón de lana y del no podías salirte sin sentir que se te congelaba algo.


El olor a las estufas de leña en las calles, en las casas.


Un cielo estrellado irrepetible por el que recorrer el camino de Santiago y descubrir el carro, el oso...


La cal, el blanco azulado de las casas encaladas que te obligaba a cerrar los ojos al reflejo del sol.


El  mundo en orden. El espejismo de la felicidad.



En los últimos años el pueblo también es muchas otras cosas:


La casa de mis abuelos , ahora de mis padres, renovada y en la que mi hijo ha disfrutado mucho cada verano.


Ver envejecer a mis tíos.


El cementerio donde visito a mis abuelos.


Y dos caminos maravillosos que no me canso de recorrer cada día al atardecer o al amanecer.


Un camino por campos de girasoles, cebadas, vides, olivos... campos plagados de hermosos girasoles  que recortan los recolectados campos rubios de cebada.


             
                                                                                                                                                                                                         
                                         
 El silencio, la luz violeta de unos atardeceres espectaculares que siembran el horizontes de tonos rojizos hasta que la luz se va.

 





El camino de la hoz. La hoz del río Gritos que recuerda lo que hace años fue un caudaloso lecho sinuoso y rítmico. y que ahora se ha convertido en un espectáculo de colores ocres, blancos, negros, verdes


   en el que los buitres pasan desapercibidos hasta que despliegan su alas y se deciden a obsequiarnos con su vuelo majestuoso y sereno. 

Rocas altas flanqueadas de chopos, higueras (de nuevo), castaños que se mecen acompasados con el viento de la mañana y nos refrescan con su sombra y su acariciante murmullo. Rocas doradas al recibir el primer sol de la mañana que le devuelve al día una luz embriagadora y mágica.

                                          

 El rocío empapado de olores que  encabalgan unos en otros despertando los sentidos dichosos y abrumados.El viento arrullando las ramas de los árboles, los pájaros despertando cantarines. Música  que brota en el silencio de la mañana.  


lunes, 19 de agosto de 2013

EL PORVENIR

Nada de lo que queda por venir me produce más que inquietud, miedo, desasosiego.

 Nada de lo que aparece en mi horizonte me despierta ilusiones o alegrías.

 El futuro se me aparece como un telón oscuro lleno de miedo y de tristeza. 

Me empeño por eso en vivir el presente, sin querer mirar al fondo. 


No levanto la vista para no ver la inevitable despedida de mis seres queridos que llegará demasiado pronto (nunca es suficientemente tarde). 

No levanto la vista para no ver mi futuro profesional siempre pendiente de un hilo, en este momento más frágil y quebradizo que nunca e hilvanando mi propio  desgaste personal. 
Tampoco me ayuda levantar la vista para mirar atrás porque entonces me pregunto qué he estado haciendo toda mi vida- además de trabajar sin parar- para estar en el mismo sitio de manera más precaria, claro.

No levanto la vista para no ver mi decadencia física también inevitable por mucho que yo luche contra el paso del tiempo y no piense colaborar con él.

No levanto la vista para no ver la situación general de este país, de este mundo, que parece dispuesto a destruirse sin pestañear y en beneficio de unos pocos.

Levanto la vista para ver a mi hijo crecer, hermoso, con fuerza. Y aún eso que me hace levantar la vista y un poco el ánimo, me llena de congoja porque sé que cada vez estará más lejos de mí y cada vez más sentiré que lo he ido perdiendo por no hacerlo demasiado bien. Como me pasa ahora.

No levanto la vista y con los ojos bajos me refugio en el presente que me regala todo eso que algún día echaré dolorosamente de menos.