jueves, 9 de enero de 2014
viernes, 3 de enero de 2014
Un simple "Tute". Feliz 2014
Empiezo el año dolorida.Me levanto con cierta tensión en los cuádriceps. Es un dolor reconfortante porque es la consecuencia de mi gran disfrute de fin de año: corrí parte de la San Silvestre a pesar del frío (y de mi años).
No puedo explicar la emoción que siento al correr esta carrera. Me emociona correr por un Madrid sin coche, oscuro, iluminado con las luces navideñas. Me emociona el río de personas que me acompañan formando una lengua monocolor -rojo este año-, compartiendo la satisfacción de un trote divertido y gratificante. Me encanta saludar a la Puerta de Alcalá desde donde nunca es posible hacerlo.
Me emociona el público que cada año nos anima incansable. Me emociona el Paseo del Prado silencioso y especialmente fresco con la puerta abierta de una Atocha sin tráfico que nos recibe engalanada de morados árboles luminosos. Este año mi carrera terminó aquí. Satisfecha y cansada porque siempre corro a un ritmo mayor del habitual como llevada en palmitas por el resto de corredores que tiran de ti sin darte cuenta. Me encanta la sensación de recorrer un Madrid silencioso, festivo e iluminado en este día de inevitables balances.
Vuelvo a casa en tren, cansada y sudorosa; deseando entregarme a una ducha hirviendo que me devuelva la temperatura que poco a poco voy perdiendo.
Y después, ceno con apetito en esa cena con los abuelos en la que agradezco a la vida poder seguir disfrutándola con ellos.
Una cena que recibo gustosa y me reconforta del esfuerzo realizado.
Tomamos las uvas y brindamos por un buen año. Pedimos salud y que estemos todos el próximo año y no son palabras rituales.
Me levanto, pues, dolorida. Es un día 1 frío, gris, lloviznoso. Acompaño a mi madre a misa, como cada año. Mientras ella reconforta su alma, yo decido no ir a correr y simplemente pasear bajo la lluvia. Las calles están dormidas. En medio de un silencio sobrecogedor, paseo por el parque mojado que me recibe oloroso flanqueado de sus desnudos y plateados árboles.
Esa paz... El inicio del año siempre se abre ante mí como un abismo. Nunca me gustan esos primeros días. Quizá porque siento que el tiempo avanza y yo no. Me siento rezagada en la carrera de la vida y no sé bien por qué o como sentirme mejor.
Recojo a mi madre en la iglesia. La veo venir hacia la puerta y sé que debo beber estos momentos como únicos. La llevo a dar un paseo. Casi como parte de la liturgia. La mía propia, sin que ella sospeche minímamente lo mucho que significa para mí comenzar con ella del brazo este nuevo año.
Volvemos a casa donde nos espera el olor del cordero (el cordero de Ignacio, nuestro carnicero, que amenaza con abandonarnos el próximo año- se jubila-) asándose en el horno, el cierre del concierto de Viena, la cara cansada de mi familia que ha dormido poco y a deshora...
Comemos mucho y bien y la tarde se presenta suculenta para una siesta reparadora. Yo, sin embargo, me siento con los abuelos y los veo jugar al Tute.Algo que hace años podría haber sido el paradigma del aburrimiento para mí, se presenta este año como un regalo. Estar con ellos, ver cómo se divierten y cómo reflejan en su forma de jugar su propia personalidad. Juegan las mujeres contra los hombres. Mi suegro que no puede callarse ni dejar de fanfarronear, mostrando su enfadado o su satisfacción. Mi padre que no abre la boca ni expresa ninguna emoción y juega limpio sin molestar ni malmeter. Mi madre que necesita contar lo mal que le han llegado las cartas e intenta a toda costa comunicarse ilegalmente con mi suegra para ganar. Mi suegra que de pronto no dice nada como ruge como un león.
Disfruto y me río con ellos y no quiero que se vayan. Sé que pasan muchas horas solos con sus enfermedades y sus miedos y ahora les veo conjurarlos con una alegría infantil que neutraliza los muchos años que tienen ya.
Acabamos el día recogiendo. Con un sabor agridulce de irrealidad y cansancio ante el absurdo de unos días que sirven de pretexto para fingir que todo empieza de nuevo cuando sabemos que nada empieza realmente con el nuevo año y que todo puedo acabar en cualquier momento.
No puedo explicar la emoción que siento al correr esta carrera. Me emociona correr por un Madrid sin coche, oscuro, iluminado con las luces navideñas. Me emociona el río de personas que me acompañan formando una lengua monocolor -rojo este año-, compartiendo la satisfacción de un trote divertido y gratificante. Me encanta saludar a la Puerta de Alcalá desde donde nunca es posible hacerlo.
Me emociona el público que cada año nos anima incansable. Me emociona el Paseo del Prado silencioso y especialmente fresco con la puerta abierta de una Atocha sin tráfico que nos recibe engalanada de morados árboles luminosos. Este año mi carrera terminó aquí. Satisfecha y cansada porque siempre corro a un ritmo mayor del habitual como llevada en palmitas por el resto de corredores que tiran de ti sin darte cuenta. Me encanta la sensación de recorrer un Madrid silencioso, festivo e iluminado en este día de inevitables balances.
Vuelvo a casa en tren, cansada y sudorosa; deseando entregarme a una ducha hirviendo que me devuelva la temperatura que poco a poco voy perdiendo.
Y después, ceno con apetito en esa cena con los abuelos en la que agradezco a la vida poder seguir disfrutándola con ellos.
Una cena que recibo gustosa y me reconforta del esfuerzo realizado.
Tomamos las uvas y brindamos por un buen año. Pedimos salud y que estemos todos el próximo año y no son palabras rituales.
Me levanto, pues, dolorida. Es un día 1 frío, gris, lloviznoso. Acompaño a mi madre a misa, como cada año. Mientras ella reconforta su alma, yo decido no ir a correr y simplemente pasear bajo la lluvia. Las calles están dormidas. En medio de un silencio sobrecogedor, paseo por el parque mojado que me recibe oloroso flanqueado de sus desnudos y plateados árboles.
Esa paz... El inicio del año siempre se abre ante mí como un abismo. Nunca me gustan esos primeros días. Quizá porque siento que el tiempo avanza y yo no. Me siento rezagada en la carrera de la vida y no sé bien por qué o como sentirme mejor.
Recojo a mi madre en la iglesia. La veo venir hacia la puerta y sé que debo beber estos momentos como únicos. La llevo a dar un paseo. Casi como parte de la liturgia. La mía propia, sin que ella sospeche minímamente lo mucho que significa para mí comenzar con ella del brazo este nuevo año.
Volvemos a casa donde nos espera el olor del cordero (el cordero de Ignacio, nuestro carnicero, que amenaza con abandonarnos el próximo año- se jubila-) asándose en el horno, el cierre del concierto de Viena, la cara cansada de mi familia que ha dormido poco y a deshora...
Comemos mucho y bien y la tarde se presenta suculenta para una siesta reparadora. Yo, sin embargo, me siento con los abuelos y los veo jugar al Tute.Algo que hace años podría haber sido el paradigma del aburrimiento para mí, se presenta este año como un regalo. Estar con ellos, ver cómo se divierten y cómo reflejan en su forma de jugar su propia personalidad. Juegan las mujeres contra los hombres. Mi suegro que no puede callarse ni dejar de fanfarronear, mostrando su enfadado o su satisfacción. Mi padre que no abre la boca ni expresa ninguna emoción y juega limpio sin molestar ni malmeter. Mi madre que necesita contar lo mal que le han llegado las cartas e intenta a toda costa comunicarse ilegalmente con mi suegra para ganar. Mi suegra que de pronto no dice nada como ruge como un león.
Disfruto y me río con ellos y no quiero que se vayan. Sé que pasan muchas horas solos con sus enfermedades y sus miedos y ahora les veo conjurarlos con una alegría infantil que neutraliza los muchos años que tienen ya.
Acabamos el día recogiendo. Con un sabor agridulce de irrealidad y cansancio ante el absurdo de unos días que sirven de pretexto para fingir que todo empieza de nuevo cuando sabemos que nada empieza realmente con el nuevo año y que todo puedo acabar en cualquier momento.
jueves, 12 de diciembre de 2013
Belleza dolorosa
A veces me he sorprendido encontrando bella una imagen que reflejaba una tragedia. En medio de una noticia pavorosa, la imagen que la ilustraba me sacudía por su hermosura y un escalofrío me recorría como si algo perverso me hubiera rozado.
Una de estas ocasiones fue en una exposición no hace mucho. La exposición se llama "España contemporanéa. Fotografía, pintura y moda" y se puede ver hasta el 5 de enero en la Fundación Mapfre de Madrid.
Hay varias fotos impactantes. He podido recuperar dos que me impresionaron mucho por su mensaje y por su belleza. La combinación de ambas cosas.
Las fotos están captadas de la página web de la exposición y por tanto no son buenas.
La primera se trata de la despedida de un padre y un hijo antes de que el primero parta a una emigración forzosa por causas económicas en los años 50-60. (Hoy se llamaría movilidad laboral).
La segunda, que no se ve nada bien, es un naúfrago de una patera en las costas españolas. La mirada de ese hombre asustado encierra un texto más explícito, más claro, que cualquier ensayo. Y es de una belleza conmovedora.
Y siempre me pregunto si no es de una banalidad inaceptable encontrar belleza en medio de la tragedia humana.Si no me deshumaniza sentir emoción ante la belleza del dolor. Me pregunto si el autor de esas instantáneas no buscaría eso precisamente: que yo no pueda olvidar esa foto, ese mensaje, en gran medida por el estremecimiento que me produjo la belleza de esas imágenes. No sé. No acabo de sentirme cómoda con esa experiencia que me resulta, en parte, inmoral. Una especie de deleite obsceno que me perturba.
Me ha sucedido en películas también - La cinta blanca, por ejemplo-
Pero aquí, al ser ficción, lo he vivido con más tranquilidad.
Mucho mayor tranquilidad que con la que me deleito con una foto de una explosión o de la exposición de cadáveres en una masacre, por ejemplo.
No sé, Me resulta contradictoria esta experiencia y enturbia esa emoción ante la belleza.
He encontrado este enlace en el que se pone de manifiesto lo que me planteo en esta entrada: Lugares abandonados.
Es posible encontrar en la ruina, en el abandono, en la soledad, una belleza que habla y rompe ese mismo silencio.
Y lo único que me reconcilia con esa sensación es que nunca dejo de plantearme quién vivió allí, quién tuvo que despedirse de todo ello y por qué.
Y eso me acerca más a lo humano de esa belleza que me resulta indiscutible.
No sé si la melancolía, que cada vez es más mi patria, mi hogar, tiene que ver con estas emociones. Aferrarse a la belleza del dolor para no perder la plenitud que encierra aquello que ya no está. Aferrarse a la belleza del sufrimiento, del vacío, para no olvidarlo y convertirlo en consciencia y en realidad.
Una de estas ocasiones fue en una exposición no hace mucho. La exposición se llama "España contemporanéa. Fotografía, pintura y moda" y se puede ver hasta el 5 de enero en la Fundación Mapfre de Madrid.
Hay varias fotos impactantes. He podido recuperar dos que me impresionaron mucho por su mensaje y por su belleza. La combinación de ambas cosas.
Las fotos están captadas de la página web de la exposición y por tanto no son buenas.
La primera se trata de la despedida de un padre y un hijo antes de que el primero parta a una emigración forzosa por causas económicas en los años 50-60. (Hoy se llamaría movilidad laboral).
La segunda, que no se ve nada bien, es un naúfrago de una patera en las costas españolas. La mirada de ese hombre asustado encierra un texto más explícito, más claro, que cualquier ensayo. Y es de una belleza conmovedora.
Y siempre me pregunto si no es de una banalidad inaceptable encontrar belleza en medio de la tragedia humana.Si no me deshumaniza sentir emoción ante la belleza del dolor. Me pregunto si el autor de esas instantáneas no buscaría eso precisamente: que yo no pueda olvidar esa foto, ese mensaje, en gran medida por el estremecimiento que me produjo la belleza de esas imágenes. No sé. No acabo de sentirme cómoda con esa experiencia que me resulta, en parte, inmoral. Una especie de deleite obsceno que me perturba.
Me ha sucedido en películas también - La cinta blanca, por ejemplo-
Pero aquí, al ser ficción, lo he vivido con más tranquilidad.
Mucho mayor tranquilidad que con la que me deleito con una foto de una explosión o de la exposición de cadáveres en una masacre, por ejemplo.
No sé, Me resulta contradictoria esta experiencia y enturbia esa emoción ante la belleza.
He encontrado este enlace en el que se pone de manifiesto lo que me planteo en esta entrada: Lugares abandonados.
Es posible encontrar en la ruina, en el abandono, en la soledad, una belleza que habla y rompe ese mismo silencio.
Y lo único que me reconcilia con esa sensación es que nunca dejo de plantearme quién vivió allí, quién tuvo que despedirse de todo ello y por qué.
Y eso me acerca más a lo humano de esa belleza que me resulta indiscutible.
No sé si la melancolía, que cada vez es más mi patria, mi hogar, tiene que ver con estas emociones. Aferrarse a la belleza del dolor para no perder la plenitud que encierra aquello que ya no está. Aferrarse a la belleza del sufrimiento, del vacío, para no olvidarlo y convertirlo en consciencia y en realidad.
jueves, 28 de noviembre de 2013
Trizas
Los árboles aún cobrizos
restallan sobre el manto blanco, que esta mañana fría arropa al parque, y lo salpican suavemente de hojas secas.
Un rayo rompe el silencio y lo ilumina de dorados mágicos:
el sol quiere participar de esta fiesta de colores y sensaciones y plagarla de luz y de vida.
Instalarse en el fondo
Cada vez más me enervan algunos "adagios" de esos que parecen encerrar la clave de la vida y de la felicidad y que me resultan vacuos, cuando no insultantes.

Son esas frases del tipo "No es lo que te pasa sino tu actitud frente a lo que te pasa".
O esas otras en las que sientes que si no puedes es que eres ¿medio tonta?
O esas otras en las que te das cuenta de que, quizá, todo lo que tú tienes es "sueño" , en singular. Porque el resto ha consistido en entender qué sucedía a tu alrededor y saber afrontarlo.
Hay otras que son terriblemente falsas. Como esta que me viene rondando desde hace tiempo:
"Lo bueno de tocar fondo es que ya solo puedes ascender"
Quizá quien así piensa no sabe que te puedes quedar en el fondo una larga temporada. Que la vida puede ser un fondo continuo.
Que las paredes del mundo a veces se cierran y oprimen,
y puede ser suficiente sentir que puedes seguir respirando
Hay mucha gente que prendida del fondo del que no pueden desasirse, se lanza al vacío con tal de dejar de sentir esa asfixia que es la antítesis de la vida.
Son esas frases del tipo "No es lo que te pasa sino tu actitud frente a lo que te pasa".
O esas otras en las que te das cuenta de que, quizá, todo lo que tú tienes es "sueño" , en singular. Porque el resto ha consistido en entender qué sucedía a tu alrededor y saber afrontarlo.
Hay otras que son terriblemente falsas. Como esta que me viene rondando desde hace tiempo:
"Lo bueno de tocar fondo es que ya solo puedes ascender"
Quizá quien así piensa no sabe que te puedes quedar en el fondo una larga temporada. Que la vida puede ser un fondo continuo.
Que las paredes del mundo a veces se cierran y oprimen,
y puede ser suficiente sentir que puedes seguir respirando
Hay mucha gente que prendida del fondo del que no pueden desasirse, se lanza al vacío con tal de dejar de sentir esa asfixia que es la antítesis de la vida.
sábado, 23 de noviembre de 2013
A los árboles les duele el viento
A los árboles les duele el viento.
Se mecen temerosos, acuciados por sus embates;
componiendo en susurros quejumbrosos y humildes,
una nana funeral de sus livianas hojas.
Se van adelgazando obedientemente.
Algunos se resisten, aparecen frondosos,
aferran sus peciolos con garras invisibles.
Otros, ya entregados, revelan sus ramajes
despojados y tristes.
El viento los desnuda, les arrebata en colores
las hojas que ayer fueron verdosa compañía.
Y el suelo se convierte en espejo restallante
de amarillos y ocres, luminosos, rotundos;
en un tapiz de vida que se va, sigilosa.
El viento. Ese dolor que avanza ineludible.
Se mecen temerosos, acuciados por sus embates;
componiendo en susurros quejumbrosos y humildes,
una nana funeral de sus livianas hojas.
Se van adelgazando obedientemente.
Algunos se resisten, aparecen frondosos,
aferran sus peciolos con garras invisibles.
Otros, ya entregados, revelan sus ramajes
despojados y tristes.
El viento los desnuda, les arrebata en colores
las hojas que ayer fueron verdosa compañía.
Y el suelo se convierte en espejo restallante
de amarillos y ocres, luminosos, rotundos;
en un tapiz de vida que se va, sigilosa.
El viento. Ese dolor que avanza ineludible.
martes, 19 de noviembre de 2013
Emociones
Anoche mientras intentaba quedarme dormida sentí crujir las paredes de mi habitación. Me sorprendió cómo recibí ese chasquido estridente en mitad del silencio de la noche cerrada. No estaba sola. Mi casa me hablaba.Este refugio al que últimamente vuelvo con urgencia me decía que estaba ahí, acogiéndome, después de todo. Y sentí mi casa como mi gran aliada, la que me escucha y me entiende. La que me ve llorar y sufrir cuando nadie me ve. La que sabe quién soy y cómo me siento. Un crujido como un abrazo invisible y sonriente.
Y quizá sea que últimamente siento tanto frío y tanto vacío que las cosas salen a mi encuentro para recordarme que existe la belleza y la armonía. Para que no olvide que, si un día supe ser feliz al disfrutarlas, otros días más plenos pueden llegar. Aunque a mí ahora me parezca imposible. Y me asaltan y me estremecen cuando menos me lo espero.
Ese crujido de las paredes de mi habitación.
El aroma indescriptible que inunda la cocina al partir una naranja nueva,
con sus tonos agridulces, cargados de melancolía,que me transportan a mi niñez y al calor del invierno, en mi casa, al lado de mi madre que cosía mientras escuchaba Radio Intercontinental con Enrique Busián reinando en la publicidad.
El amarillo intenso de las moreras
despidiéndose de sus hojas alegres y burlonas. El suelo lleno de ocres, tapizándolo de luz.
Las luces, los brillos, el anticipo de la navidad que nada significa como hito religioso,
pero que inevitablemente me instala en el calor y la ilusión de un mundo que ahora quiero recordar como armonioso y feliz.
Cada emoción me parte en dos. Llena de ternura me deshago en añoranza y ando despidiéndome de un mundo de algodón que sé que tuve y ya no está. Un algodón placentero y cálido que representa el regazo de mi madre
y yo descansando en él, abrazada a él, como si no hubiera dolor ni final.
Y quizá sea que últimamente siento tanto frío y tanto vacío que las cosas salen a mi encuentro para recordarme que existe la belleza y la armonía. Para que no olvide que, si un día supe ser feliz al disfrutarlas, otros días más plenos pueden llegar. Aunque a mí ahora me parezca imposible. Y me asaltan y me estremecen cuando menos me lo espero.
Ese crujido de las paredes de mi habitación.
El aroma indescriptible que inunda la cocina al partir una naranja nueva,
con sus tonos agridulces, cargados de melancolía,que me transportan a mi niñez y al calor del invierno, en mi casa, al lado de mi madre que cosía mientras escuchaba Radio Intercontinental con Enrique Busián reinando en la publicidad.
El amarillo intenso de las moreras
despidiéndose de sus hojas alegres y burlonas. El suelo lleno de ocres, tapizándolo de luz.
Las luces, los brillos, el anticipo de la navidad que nada significa como hito religioso,
pero que inevitablemente me instala en el calor y la ilusión de un mundo que ahora quiero recordar como armonioso y feliz.
Cada emoción me parte en dos. Llena de ternura me deshago en añoranza y ando despidiéndome de un mundo de algodón que sé que tuve y ya no está. Un algodón placentero y cálido que representa el regazo de mi madre
y yo descansando en él, abrazada a él, como si no hubiera dolor ni final.
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