Cuánto mundo puede desencadenar un olor...
El pie cambia de paso en cuanto me envuelve.
Mi infancia se encarama a ese aroma y me envuelve completa.
Un simple olor y estoy a 50 años atrás.
En las mismas calles, con la vida y el miedo por delante.
En las mismas calles, con la alegría y la ilusión de mi mano.
En las mismas calles, con la pura ingenuidad de la plenitud en un bocadillo de pimientos fritos.
Mi madre todavía los hace así: en una enorme barra de pan, empapada del aceite que impregna los pimientos; para ir comiéndolos cuando te apetezca.
Los pimientos y los juegos
Los pimientos, los vecinos, la colectividad que era el útero diario.
Los pimientos y la vuelta del cole, hambrienta.
Los pimientos y el abrazo de mi madre al llegar a casa.
Los pimientos y ¿la felicidad?
Hace muchos años leí el libro que escribió Waris Dirie. Una experiencia dura de superación. La vida en dos extremos. En ese libro ella recordaba su infancia feliz en un desierto sin nada. Después volvió, adulta. Necesitaba volver a ese espacio donde fue feliz y sufrió mucho. SU lugar. Donde no tenía nada más que su familia, sus animales. Nada era su todo.
He leído otras experiencias similares. Las personas necesitan sus raíces. Incluso cuando nada hay en ellas más que los recuerdos tejidos de amor en medio de la violencia y la miseria.
Mi barrio viejo, descolorido, maltratado, me acoge como un refugio.
Mi barrio viejo, asediado, me acoge como si no me hubiera ido
con la fragancia de unos pimientos fritos.