lunes, 1 de junio de 2026

Para Marta Matute. Yo no moriré de amor

 

 

 

No recuerdo cuando los excrementos dejaron de darme asco. Eran algo más. Como los mocos, los esputos…Quizá los esputos nunca dejaron de darme asco.

La carga supone resolver y lo demás pasa a ser secundario. Ya no hueles, no sientes los riñones, no cuentas las lavadoras.

 

No sé si todo el mundo entenderá tu película del todo sin haber vivido algo similar.

Lo que más me ha llegado de tu viaje, sobre todo porque sé que es un viaje personal, es que sí muere de amor. La protagonista muere de amor: no abandona el barco y cuando se queda un momento en la orilla, sabe por qué lo hace.

 


Lo has abarcado casi todo. A veces con una sola secuencia, una sola frase. Desde luego, lo más importante:

 La bofetada a la madre

La caricia de la madre a su hija en el baño cuando vomita su resaca.

“Es un sitio horrible”

“Estaremos papa y yo para que mamá esté bien”

“Somos las que somos”

“Para lo de siempre” (el libro de reclamaciones)

El abrazo inconsciente entre las hermanas en medio del sueño

La falta de reacción ante la muerte de la madre.

 

 

La bofetada a la madre.

La rabia, el agotamiento, la resistencia…la pura impotencia y ¡zas! Llegan los malos modos, las malas palabras, algún zarandeo, esa bofetada… Y luego te quieres morir. Literalmente. Esa bofetada es la que te gustaría darle a la puta vida que te ha robado a tu madre. No la tienes, no responde. No está. Y la necesitas tanto…

 

La caricia de la madre a su hija en el baño cuando vomita su resaca.

Y de repente la recuperas. Por un momento. En una caricia. En una mirada. Vuelve a ser tu madre. Y tú no sabes dónde poner tanto amor y tanta pena.

 

“Es un sitio horrible” Lo son. Todas las que conozco y conozco varias. Algunas son insoportables aparcamientos, simples morideros. Personas frágiles y demediadas solas, en medio de una multitud ajena  y reflejo insoportable de su propia limitación y soledad.

Es cierto que en una película, en una imagen, no hay olor. Y hay que conocer el olor de las residencias para que se instale en el estómago ese horror. El olor de tu padre, regado en colonia por ti para intentar atajar ese otro que tiene ya pegado a la piel y que no soportas.

“Estaremos papa y yo para que mamá esté bien” Y pobre de quien no tenga a nadie para que su ser querido esté bien. Porque si no hay nadie ahí fiscalizando, no están bien: están maltratados por desatención. Eso es así, entre otras cosas porque

“Somos las que somos”  y en el caso de las privadas porque el negocio son ellos y ellos no son lo importante. Los residentes, digo. Y por eso los familiares tienen que hacer reclamaciones internas  y a la CA porque lo que no se nombra no existe. Aunque no sirva para mucho, aunque cada día sea la misma canción. Falta personal y los residentes lo pagan. Hay que reclamar incansablemente  “Para lo de siempre” (el libro de reclamaciones)

 

El abrazo inconsciente entre las hermanas en medio del sueño

Cuánta soledad y cuánta necesidad de cariño sufre la cuidadora… Cuánta necesidad de descansar en el abrazo de otra, de acurrucarse en otro cuerpo para perderse en él y dejar de sentir tanta intemperie.

 

 

La falta de reacción ante la muerte de la madre.

Creo que sabemos que hay vidas peor que la muerte. Por eso es tan importante la ley de Eutanasia que aquí no aparece explícitamente. Aunque pudiera pensar que tuvo una muerte digna y “rápida”, sin sufrimiento añadido.

Siempre me pregunto si es puro egoísmo preferir que se vayan a que sufran.

 

 

 

 

Hay cosas muy dentro de mí que no están en tu película.

Es cierto que es difícil fotografiar el desconsuelo de no tener a tu madre o tu padre nunca más, de no poder buscar respuestas o protección en ellos porque ellos ahora son tus hijos. No importa tanto tener que cuidarlos como dejar de tenerlos. Es imposible reflejar ese esguince del alma y da igual a qué edad llegue.

 

Es obsceno mostrar el sentimiento de culpa muy explícito por el peligro de caer en el exhibicionismo o el victimismo. Esa delgada línea roja… Tu película lo respeta al máximo. Tanto que no se percibe incisivamente. Y es una tremenda losa que impide respirar.

Porque  ese sentimiento te sepulta. Nunca más recuperas tu vida como fue. No puedes darle a tu ser querido la vida que debería, los cuidados que necesita porque no sabes, porque no tienes los medios, porque no tienes el tiempo ni la vida. Le das todo lo que puedes, no puedes darle más y la culpa sigue ahí, acosando cada segundo de tu vida. Incluso cuando ya no están. No sirve de nada haber hecho más de lo que podías. Lo viste sufrir, lo viste ser desatendido, lo viste llorar de impotencia…y solo pudiste estar ahí para evitar males mayores, pero no le pudiste evitar todo eso. Tuvo una vida que no quería y, vaya usted a saber por qué, tú te sientes responsable. Para siempre.

La culpa. La culpa de darte una tregua. De querer vivir tu vida, con tu propia familia o tus amigos. De necesitar otras cosas. De intentar llenar tu vida de lo que te nutre y te permite seguir adelante. Al margen de ellos y sus cuidados. Imposible disfrutar nada sabiendo que ellos están donde están contra su voluntad y en condiciones precarias. Imposible vivir.

 

Cuánta generosidad en tu personaje (en ti, supongo). Nunca le pide cuentas al padre, al adulto que debería tomar las riendas del asunto, tomar decisiones, llenar el vacío inmenso de una madre que ya no está.

No hablo del trabajo físico, que también.

Cuánta generosidad, repito, por no echarle en cara al marido, al padre, al adulto que se haga cargo. Es cierto que no pide mucho, pero tampoco da.  Es cierto que seguro que está bloqueado y anulado por la situación. Y la hija lo entiende y sigue adelante sin un triste reproche (solo le reprocha que no se cuide. Quizá teme perderle a él también).

Todavía hoy sigo enfadada con mis padres. Por no querer ver. Por no querer asumir. Por no querer prever. Por no querer decidir. Y seguro que debería quitar el verbo “querer” y sustituirlo por “poder”. Pero ¿no se aprende de la experiencia? Cuando ya te lo han explicado y lo estás viviendo, ¿no es hora de aprender y de tomar decisiones que, si no, tendrán que tomar otros por ti?

No es justo tener que decidir la vida de otros y que, además, te acusen de esa decisión inevitable. No es justo imponerle un tipo de vida  a otra persona que no quiere aceptar la realidad y sus limitaciones ante las que otra persona tiene que decidir. Entendiendo todo lo que sé, sabiendo todo lo que entiendo y he vivido, no dejo de sentir rabia y enfado hacia ellos por no querer afrontar su situación y tomar sus propias decisiones cuando todavía podían.

 

¿Sabes? Tengo 62 años. Llevo cuidando a mis padres 10 años. Mi padre con Parkinson (ya fallecido), mi madre atropellada hace 6 años. No tengo hermanos. Me duele el alma desde hace 10 años y nada podrá curarme tanto dolor vivido (algunos muy gratuitos generados por el propio sistema de cuidados tan precario). También siento que nadie puede entenderme. Es la simple vida. Nada trágico. Hay cosas mucho peores. Asume y vive, Esther. Pasa página.

Quería ver tu película para sentirme acompañada en esta herida que es para siempre y también para hacer lo que estoy haciendo ahora: darte las gracias y decirte que no estás sola en esa tu herida que te ha llevado a hacer esta película. Para sanarla y sanar la de otros, supongo. Para iluminarla e iluminar a los que quieres y son parte de ella.

jueves, 21 de mayo de 2026

Mi perro...

 


    La puerta se abre.

    Algo se mueve entre mis piernas.

    Siento calor cerca de mí.

    No puedo atender esa presencia. Ando ocupada y no puedo mirar.

    No lo necesito. Sé quién es.

    Este ser maravilloso ha tomado la decisión de que quiere estar conmigo.

    La puerta ha cedido a sus patitas y ha entrado.

    Para estar conmigo.

    Para ponerse a mis pies y recordarme que la vida es un regalo.

    Como ser el final de sus deseos.

    Como saber que está ahí, simplemente dando calor.

    Como tener su presencia tan simple y tan auténtica.

    Te quiero, Miko. Me emocionas cada hora.

   Le doy gracias a la vida cada día por tenerte.

    La vida es más y mejor gracias a ti

   Mi perro...   








miércoles, 20 de mayo de 2026

PIMIENTOS FRITOS

 Cuánto mundo puede desencadenar un olor...

El pie cambia de paso en cuanto me envuelve.

Mi infancia se encarama a ese aroma y me envuelve completa.

Un simple olor y estoy a 50 años atrás.

En las mismas calles, con la vida y el miedo por delante.

En las mismas calles, con la alegría y la ilusión de mi mano.

En las mismas calles, con la pura ingenuidad de la plenitud en un bocadillo de pimientos fritos.

Mi madre todavía los hace así: en una enorme barra de pan, empapada del aceite que impregna los pimientos; para ir comiéndolos cuando te apetezca.

Los pimientos y los juegos

Los pimientos, los vecinos, la colectividad que era el útero diario.

Los pimientos y la vuelta del cole, hambrienta.

Los pimientos y el abrazo de mi madre al llegar a casa.

Los pimientos y ¿la felicidad?




Hace muchos años leí el libro que escribió Waris Dirie. Una experiencia dura de superación. La vida en dos extremos. En ese libro ella recordaba su infancia feliz en un desierto sin nada. Después volvió, adulta. Necesitaba volver a ese espacio donde fue feliz y sufrió mucho. SU lugar. Donde no tenía nada más que su familia, sus animales. Nada era su todo.

He leído otras experiencias similares. Las personas necesitan sus raíces. Incluso cuando nada hay en ellas más que los recuerdos tejidos de amor en medio de la violencia y la miseria.

Mi barrio viejo, descolorido, maltratado, me acoge como un refugio.

Mi barrio viejo, asediado, me acoge- como si no me hubiera ido-

con la fragancia de unos pimientos fritos.

lunes, 18 de mayo de 2026

Nada nuevo. Residencia

 El olor. ¿Apenas ya no lo recordaba?

Sale a mi encuentro casi antes de traspasar la puerta.

Invasor

Implacable

Se pega en los ojos y los ciega. Ya solo pueden ver miserias

Se pega sobre los hombros. Clavando los pies en pesados pasos 

Se pega en el corazón. Lo zarandea. Sin respeto. Desaforadamente.

Se pega en los pulmones. Los ahoga. Inclemente.

Se pega en el paladar. Lo anestesia. No quiere ser ni estar.

Se pega en la garganta. La cierra. Imposible tragar.

Se pega en los pies. Quieren huir pesadamente.

Se pega en la conciencia. Cómo un fardo. Hundiéndose.

Brea. Pura Brea. Como un manto mojado. Encima de ti.

Los ojos no pueden ver nada más. Solo ese olor y todo lo que significa.

Los hombros no pueden cargar nada más. Solo ese paso fúnebre en el fango.

El corazón  no puede latir nada más. Solo la tristeza y la soledad que lo desbocan.

Los pulmones no pueden respirar nada más. Ahogados en el abandono que respiran.

El paladar no puede saborear nada más. EL asco lo neutraliza. Lo seca.

La garganta no puede tragar nada más. Cerrada ante la vejez desvalida, ¿Se puede comer?

Los pies no pueden andar nada más. Clavados en ese olor quisieran volarlo, desaparecerlo. ¿Cómo querer transitar tanta soledad?

La conciencia no puede sentirse nada más. Cómo existir si existen ellos. Cómo mirarse con dignidad si ellos no la tienen.

Horas después el olor, ese cieno colonizador, sigue ahí mismo, muy lejos de allí sigue aquí. Con ellos. Con los que no pueden salir, ni tener otra vida, ni más horizonte que sus últimos años preñados tan solo de soledad, tristeza y ese olor...




viernes, 15 de mayo de 2026

Aprendo

 Sigo descubriendo, descubriéndome.

Entiendo cosas.

Gracias a la literatura. Gracias al cine. Gracias al teatro.

 Gracias a querer ver, querer escuchar, querer aprender.

Ahora entiendo por qué necesito compartir mis experiencias, mis deslumbramientos. Lo acabo de descubrir. Siempre siento esa necesidad con cada cosa que me conmueve. Me siento tonta en esa necesidad que no veo que sea común en otras personas. Ahora sé por qué. Qué bien que lo he averiguado. Porque CONMOVER etimológicamente viene de MOVER CON. Y si no es con, el movimiento es otra cosa, pero no es conmoción. Y a mí solo me interesa lo que me conmueve. Aprendo con lo que me conmueve. ('Una conciencia nueva', con Silvia Bardelás)


De repente descubrí la necesidad absoluta de descansar el dolor. El dolor necesita descansar. Necesitamos descansar el dolor. Pero el dolor no puede descansar en cualquier sitio. No podemos dejar el dolor en manos de nadie que no sepa entenderlo, cuidarlo, acunarlo. El dolor solo puede descansar en otro dolor que lo entienda, que comprenda hasta qué punto duele ese dolor. 

MASPALOMAS 

Viajo, me sumerjo en la Historia, en monumentos, en calles, en músicas...y me siento perdida. Torpe, empanada. Perdida. ¿Por qué? ¿Qué me pasa? Ahora creo que ya lo sé. No me sirve con ver, disfrutar, emocionarme...Quiero saber. Quiero sentir. Saber quién construyó eso, cómo lo hizo, por qué, para qué. Quiero sentir qué sintieron los que vivieron, los que cambiaron, los que hicieron de eso que ahora veo lo que es a lo largo de los siglos. Quiero entender el poso emocional de los siglos que lo atesoran. Y eso es casi imposible y menos en una simple visita.

La Aljafería Zaragoza Mayo de 2026






martes, 5 de mayo de 2026

REGALOS DE LA VIDA

 Salgo a su encuentro.

     Hoy puedo. 

    En la carrera desbocada en la que ando , me encuentro- de repente- con el vacío de la voluntad: Sin obligaciones, sin reloj persiguiéndome  tic tac tic tac tic tac...

Y salgo a buscarlos. 

    Sé dónde están. 

    Los llevo dentro cada día. Me sostienen porque son. 


Zambullida en un baño de sensaciones

    Inspiran mis pulmones recordando que lo son. 

    Sístole, diástole... con toda la consciencia.


El cielo azul restallante bordado de algodones.

 Un mar de jaras en flor y sus olores y todos los insectos que liban la propia vida entre sus hojas. La nuestra. Nuestra vida.

Las amapolas asoman como surtidores de alegría. Tan rojas, tan hermosas...

Olas de espigas se dejan mecer por el viento en una danza primigénea de océanos verdosos ondulantes e hipnóticos.

La lavanda entregada al sol para abandonar su fragancia como un manto de deleite

Diente de león, viborera morada, colleja morada, chupamieles, escobilla, esparcilla, espino albar...explosión de colores inabarcables de puro contento.

Gordolobo, cornicina, caramelita descalza, cañaheja, cardo, carnila, gualda, gallocresta, arvejilla, altramuz silvestre, algarabía...pacientes, hermosamente pacientes. Como dulces bellas durmientes, satisfechas y rotundas preparando su eclosión.

Sístole, diástole...la vida, la buena vida alrededor.

Embriagada de tanto y de todo lo que sé que está y no puedo ver.

Agradecida por tanto y por tan poco. La belleza de la naturaleza expresando la única verdad sostenible: somos porque son.

Emocionada y tan llena,  sintiendo que todo es posible si seguimos recibiendo regalos así de la buena vida. De la auténtica vida. La única esperanza

Vuelvo traspasada de verdad y de auténtica existencia, cuando me acaricia la sombra de un milano, espléndido, planeando con el giro maestro de su cola ahorquillada, timón de vuelos generosos.

...


Mi último paseo por Los Carriles libres.

Ahora sé que, probablemente, este éxtasis tan ingenuo como puro me será vedado por quien considera que la vida que late en este campo no vale nada. 


Solo siento llorar y pedir perdón a tantas vidas... Por no saber defenderlas mejor. Por no saber protegerlas de esos depredadores que violan impunemente tanta belleza y tanta vida.


martes, 14 de abril de 2026

DIANA TOCA LA CAMPANA

 


Diana toca la campana

Diana en el corazón

La silla que la alza donde no llega

levanta mucho más que su pequeño cuerpo.

Diana en la diana.

Se gira, complaciendo.

Alimentando la emoción de los que la jalean.

Casi sin entender.

¿Cómo podría entender una niña la batalla que ha desbaratado?

¿Cómo podrá su cuerpo y su memoria pasar por ese espacio que no pertenece a su infancia ni a los deseos inocentes de una niña?

El juego esta vez era muy serio: la pura vida.

Diana, alzada por esa silla naranja, toca con sus deditos la verdad.

Sin saberlo.

Sin poder entender lo grande que es sin su silla y con toda la lucha que lleva dentro.

Diana toca la campana.

Diana toca el corazón.


Cuando la vida se torne injusta y dolorosa, pensaré en Diana

Cuando sienta que nada vale la pena, pensaré en Diana

Cuando quieran arrebatarnos lo público, pensaré en Diana

Cuando olvide lo importante, pensaré en Diana

Porque la enfermedad y el dolor no son justos para nadie, pero mucho menos para una niña de cuatro años.

Porque a veces queremos aullar de impotencia y de rabia, pero Diana tocando la campana nos devuelve la fe en el ser humano, en la ciencia, en la misma vida.

Gracias, vida.

Gracias, Diana.