miércoles, 26 de agosto de 2026

ESPEJISMOS

 Estos días azules y este sol de la infancia...


Machado, perdido, derrotado,exangüe, se refugia en el único lugar seguro.

Mi tía, también. Vuelve su mente extraviada al único espacio de paz que alguna vez tuvo. Y llora. Desconsoladamente. Como quien sabe lo que ha perdido pero con la emoción de haberlo disfrutado.

Machado se vuelca hacia el recuerdo de la plenitud, la sencilla plenitud de los días seguros, luminosos, limpios.

Cada vez, más espejismos.

Como los mayores tesoros, como los más preciados.

Saborearlos con la inocencia de los milagros y la conmoción de lo imposible pero auténtico.

Caminar sintiendo el sol, el aire en la piel. Sin más urgencia que la de besar la tierra de puro agradecimiento.

Estremecerse con la caricia de la sombra de las nubes. Un viaje luminoso por las nubes desde abajo.

El espejismo de disfrutar de los que toca despedirse.

Mis tías, 98 años, 94 años, se asoman al abismo de un verano más. Un verano más con sus risas, sus cosquillas, sus múltiples miserias de su universo desteñido    que ya solo habitan ellas y al que es imposible acceder si no es por la repetición, el hastío y la confrontación.

Mentes confusas, confundidas, perdidas entre una realidad que se les escapa y que ellas crean falsa, embadurnada de afrentas imposibles.

Triste la ancianidad con sus dolores del cuerpo y el alma.

Triste perder en vida a quien todavía puedes abrazar.

Espejismos: momentos robados a la vejez en la que vuelven a ser las que eran y juegan y ríen y la vida nos abraza con un calor que creíamos perdido.

Espejismos: respirar como si nada nos pudiera volver a cortar el aliento. Jugar a que nada ha cambiado y podemos volver a ser las niñas que fuimos y refugiarnos en el halda de la madre, en el lugar seguro del que nunca querríamos prescindir.


Espejimos: la única obligación de jugar, disfrutar, abandonarse al tiempo, a la compañía de lo que quieres, a estos días azules y este sol de la infancia.


Pisa la tierra como si la besaras con los pies» es una hermosa metáfora atribuida habitualmente al maestro zen Thich Nhat Hanh que invita a caminar con atención plena, respeto y gratitud hacia el planeta. Significa que cada paso que damos debe ser consciente y suave, reconociendo el sostén que la tierra nos brinda en cada instante.


martes, 11 de agosto de 2026

EN TODA LA LÍNEA DE FLOTACIÓN LO PEOR EN UNA PAREJA

 EL PAÍSMARTA JIMÉNEZ SERRANO




He defendido a menudo que la infidelidad no es lo peor que se le puede hacer a una pareja. No es bonita, no está bien, no es esto ni mucho menos una apología de la infidelidad. Pero convertirla en el chivo expiatorio de los males conyugales lleva a una trampa mortal, la de concentrar la virtud de la pareja en la fidelidad. Es decir, alegar “mi marido es un buen hombre porque me es fiel”, de modo que mientras te es fiel puede ser en realidad una mierda de persona, pero, eh, es un buen hombre.
He contado esto en tantas conversaciones y sobremesas que una vez me preguntaron de vuelta: entonces, ¿qué es lo peor que se le puede hacer a una pareja? En el momento suspiré y me quedé dándole vueltas a mi bebida con la pajita, pero, en sucesivas observaciones, he llegado al fin a una respuesta: lo peor que se le puede hacer a una pareja es no cuidarla cuando está enferma. Y es que lo peor que se le puede hacer a una pareja es, en realidad, lo peor que se le puede hacer a cualquier ser humano.
Recordé esta, mi gran tesis amorosa, al toparme con un tuit de hace unos meses que decía: “Personas solteras que viven solas, ¿quién te cuida cuando estás enfermo?”. Se lo pregunta @Marcela252016 y, en el momento en que escribo esto, el tuit tiene más de tres millones de visualizaciones. Basta con echar un rápido vistazo a las respuestas y los citados para que se le parta a una el corazón. No sé cuantísimas mujeres relatan cómo pasaron por una operación, un posoperatorio, una cesárea, un posparto, un embarazo de riesgo o sencillamente una santísima gripe, y sus maridos o novios, esos hombres con los que habían firmado un contrato, comprado una casa o procreado, no estuvieron allí para cuidarlas. A ver si la pregunta no ha de ser: “¿Quién cuida a las mujeres casadas cuando están enfermas?”.
El tuit, desgraciadamente, sólo me confirma la magnitud de una realidad que no tengo que imaginarme. Tengo una amiga que, cuando salía del dormitorio tras tres días de gripe, tenía que recoger la batalla campal en que se había convertido su apartamento, todavía moqueando y en pijama. Tengo una amiga cuyo marido le dijo en la sala de espera de un hospital, el día antes de entrar a quirófano, que “dejara de quejarse”, cuando ella expresó su nerviosismo. Tengo una amiga a la que le dio vergüenza preguntarle al médico: “¿Podré conducir yo después de la intervención?”. Tengo una amiga que, ante la necesidad de ir a urgencias en mitad de la noche tuvo que escuchar un “¿Quieres que te acompañe?” (¿Quiero? No sé, José Luis, ¿quieres tú?). Tengo una amiga que, cuando tenía 40° de fiebre, sus días eran exactamente iguales al resto de días, pero con 40° de fiebre. Tengo una amiga cuyo marido salió a comer y cenar por ahí todos los días de la semana de su posoperatorio. Tengo, como veis, muchas amigas.
La perspectiva de género no me la invento yo. Son muchos los estudios (por mencionar uno, el análisis del Fred Hutchinson Cancer Research Center) que señalan que las mujeres tienen hasta seis veces más posibilidades de divorciarse tras un diagnóstico de cáncer que los hombres.
A mí, al lado de esto, que uno se dé un magreo inopinado cuando no procede, porque la vida es ancha y larga y complicada, me parece cuando menos una tontería.
Claro que, así planteado, pareciera que la infidelidad y la falta de cuidados fueran cosas excluyentes. Por supuesto, nada más lejos de la realidad. Hay hombres infieles a los que se puede perdonar o no; hay hombres que no te cuidan, y que son imperdonables; y hay hombres que hacen pleno al 15 y no te preparan la cena porque están cenando con otra: esos son los extraordinarios.

lunes, 27 de julio de 2026

Dagas

 No recuerda nada. Es el caos. 

Mi tristeza y sensación de pérdida y abandono ,camufladas en una rabia indigna ,le escupen verdades como dagas.

Como si ella pudiera hacer algo contra ellas

Como si fuera la responsable...

La hija de puta de su hija, con la amargura de la orfandad, siente que no se merece la vida que tiene y que profana cada día.

¿Para cuándo la ternura?

¿Para cuándo el calor del amor expresado?

Dolor.

O no saber vivir.

viernes, 24 de julio de 2026

CENIZAS EN LA BOCA

 




Es un título brillante. Pastoso. Se atraganta nada más leerlo.

Me lancé a él como lo que es: una declaración de principios: la odisea de la emigración femenina en este país.

ME saltaron todas las alarmas y se despertaron en mí las cenizas en la boca, en los pulmones y en el corazón. 

¿Se puede ser coherente con una pensión de 900 euros? 

¿Se puede ser justo dentro de un sistema que tritura al débil?

¿Cómo actuar con empatía con las persona que vienen a tu país en condiciones de inferioridad?

¿Quién salva a una persona, salva a la humanidad?

¿Hasta dónde asumir el dolor y la injusticia del otro? 

Recuerdo hace muuuuuchos años, en una de las actividades de la asociación de mi César, una chica, socióloga creo recordar, fue a hablarnos de su experiencia en México con mujeres explotadas laboralmente y sobre el mujericidio que siguen sufriendo. E hizo un comentario, así como a toro pasado: "Nosotras no estamos aquí para solucionar vuestros problemas". Lo dijo con la rotundidad de los principios bien instalados. No cabían las dudas. Ellas estaban allí para otra cosa. Para entender qué pasaba. Para hablar con ellas y trasladar otra perspectiva y quizá otras herramientas, para contarlo, para estudiarlo...pero tenían claro que no era su misión, ni su cometido solucionar el problema. Entre otras cosas y bien pensado , ¡¡¡porque estaba fuera de su alcance!!!


¿Se puede contratar a una persona que no tiene papeles y que viene a este país buscando un mundo mejor para sus hijos aunque no puedes pagarle el salario mínimo? 

¿La persona pobre no puede acceder a según que servicios (atención 24 horas, por ejemplo)?

Si nadie contrata a estas personas porque no tienen cualificación ni papeles, ¿cómo comen?

Si contratas a alguien con el salario que puedes permitirte de mutuo acuerdo ¿te estás aprovechando de esa persona porque  no le puedes pagar lo que te gustaría por falta de recursos?

Si decides no involucrarte más en sus problemas porque no tienes fuerzas para afrontar los tuyos y vivir los de los demás te debilita, de hace sufrir y no ayuda a nadie, ¿eres una mala persona?

¿Cómo no endurecerte cuando haces todo lo que puedes (económicamente) y mucho más de lo que puedes y debes emocionalmente y en todos otros sentidos posibles y te fallan, te calumnian, te abandonan, te defraudan? ¿Cómo volver a confiar y cómo volver a cuidar a otra persona en la misma situación?


Cenizas en la boca te enfrenta a la carrera estancada de la gran mayoría de  mujeres emigrantes y de sus descendientes. En las frases de esta novela bregas con la injusticia, el dolor, el abandono, la hijadumbría, el trabajo sísifo, el racismo... en primera línea. Bregas con la desigualdad de la que formas parte y quizá alimentas. Difícil travesía. Imposible para mí. Abandono ceniciento.




El inicio de la civilización : El primer signo de la civilización humana es un fémur roto y sanado, según la famosa reflexión de la antropóloga Margaret Mead. No se trata de una herramienta de piedra o una vasija, sino de la prueba física de la empatía y el cuidado mutuo en los inicios de la prehistoria





¿Qué decir de una sociedad que abandona a los más débiles?
Parece evidente que retrocedemos en esta civilización. 

La sociedad occidental es una sociedad privilegiada, lo somos. Excepto cuando caes en una situación de vulnerabilidad. Enfermedad. Paro. Dependencia...

Entras al hospital con infección muy grave, o con un tumor como una sandía y por falta de recursos te mandan a casa. Hospitalizada en urgencias, vives una especie de aquelarre impúdico donde los buenos cuidados, la intimidad, la compañía... te están vetados.

Te rompes la cadera. No hay nadie que te atienda en la recuperación. Necesitas una residencia. No tienes dinero para pagarla o sí, da igual (no exactamente, pero más o menos). Te derivan a una y empiezas a entender de qué va la historia. Sufres en primera persona "los cuidados" de una residencia.

Te echan de tu trabajo. Con cincuenta años. Entras en un bucle desesperado de búsqueda incansable y esperanzas abortadas. Si no tienes a alguien que te enchufe, te quedas varado.

Y en todos estos casos estás solo. Te sientes abandonado por la tribu. Nadie espera a que tu fémur se recupere. Pierdes pie. Te sientes fuera. La fuerza centrifuga de esta sociedad te expulsa. Estás fuera.

¿Se puede ser justo, cuando toque, cuando te quedas en el borde del camino mientras tus compañeros continúan?
¿Puedes salvar de ese abandono tu propio sentido de la empatía?
¿Cómo puedes proteger la confianza en el otro cuando te dejan en la cuneta?

Ser una persona íntegra y buena para mí es conseguir superar esas heridas y lograr tratar a los demás con generosidad y empatía cuando te has sentido a los pies de los caballos sin ayuda de nadie y en la cuneta, al margen del avance de los demás.

No lo soy. Me hace sufrir. Lo intento. No puedo. Cuando la confianza se rompe, nunca más se recupera. Y las cenizas de esas rupturas te impiden transitar con el alma limpia otros recorridos. Se instala en tu boca, en tus pulmones, en tu corazón y embadurna los latidos de otros encuentros y otras aproximaciones.

Ayudar todo lo que pueda, siempre.
Intentar hacer la vida fácil a los demás en todo lo que se pueda.

Con el corazón ceniciento y la boca pastosa de llorar cenizas y tragarlas. 


lunes, 22 de junio de 2026

El barrio. La vida

 El barrio. La vida.

Ajado. Deteriorado. Avejentado.

Luchando.

El barrio. La vida.

Triste. Pulsando la verdad.

El barrio. La vida.

Útero ya yermo, sólo cultivado de recuerdos.

El barrio. La vida

El refugio que fue.

La luz que se va.

El barrio. La vida.

El dolor. El hogar. 

El barrio. La vida.

Perder. Aprender a decir adiós.

Intentarlo. No poder.

El barrio. La vida.

Puro corazón.

Latiendo de nostalgia.

El barrio. La vida.

Intemperie. Orfandad.

El barrio. La vida.

Simple resistencia.

El barrio. La vida.

Olor a lo que fue.

El barrio. La vida.

Se escapa entre las manos.

El barrio. La vida.




Barro

 Barro. Puro barro.

La antesala, quizá, del polvo eres y en polvo te convertirás.

Barro. Asustado.

Ante lo inevitable. Lo único indudable.

Barro que sabe la tormenta. 

Barro que la llora antes de que llegue.

Lágrimas de barro.

Llanto que lo deshace de miedo. De tristeza. 

Antes de la tormenta.

Barro. Puro barro.


jueves, 4 de junio de 2026

Por no querer perder.

 


Hace 40 años que no nos vemos.  Nadie se explica dónde se han metido esos años y mucho menos la sensación de que fue ayer.

Tampoco sé explicarme la alegría infantil de reunirme con ellos. 

Gente que no está en mi vida ni lo estará.                                                   No es necesario para que la ilusión se instale en mi estómago al pensar en pasar un buen rato con ellos.                                                                   Me vuelve la emoción infantil de estar juntos. Ese cosquilleo lleno de futuro, de risas; sin tiempo ni espacio. 

No logro explicar la ilusión de estar con gente con quien no compartí nada personal. Me hace mucha ilusión volver a verla y saber que les va bien y que están bien. Sin más objetivo que estar un ratito cerca.

Quizá Max Aub lo explica de algún modo:



Como tú dices, somos los que éramos. Tal cual. A pesar de esos 40 años y todo lo que pesa y pasa en una vida. Por eso siguen ahí las fobias y las filias; eso sí, con la perspectiva de la madurez y el criterio de saber juzgar con cierta ecuanimidad o de no hacerlo.

Con algunas personas, por muchos momentos vividos, me encanta  compartir ahora nuestras vidas, nuestras alegrías, también las heridas.

Con otras personas, por algunas decepciones vividas, me alegra verlas, estar con ellas. Pero no me interesa profundizar. No quiero profundizar más en esa decepción ya instalada entre nosotras, sin vuelta atrás. Sin necesidad de hacer cuentas, ni poner nada en su sitio. ¡¡¡Qué pereza!!!

Con otras muchos, simplemente por ser parte del paisaje emocional de mi adolescencia, de mi instrucción, me encanta recordar momentos y risas. Nada más. Y saber que todo va lo suficientemente bien. 



Debe de ser lo más parecido a viajar en el tiempo y recuperar lo que fuimos y que no volverá. Supongo.

Simplemente estar, abrazar, hablar, mirar...como si fuera ayer...


En algunos casos muy concretos, quizá ,también es una segunda oportunidad para remendar jirones de vida que quedaron abandonados. De manera involuntaria. Por falta de recursos. Por simple cobardía o debilidad. Por no querer perder. Por no saber decir no. Por protegerte haciendo daño a otros. Vaya usté a saber...


Escribo esto pensando en ti. Pensando en otras personas también, pero dirigiéndome a ti.

Siempre me apetece verte. Quiero que estés. Creo que es la necesidad de remendar ese jirón que siempre hubo entre nosotros.                        Siempre te quise. Como una gran persona y amigo. Aunque a veces no te entendí y luego tú te me explicaste y ya supe que siempre había sabido que sabía que eras una gran persona. Cuántas cosas me vienen a la cabeza... cuántas pequeñas grandes cosas...

Creo que te hice daño. Por simple impericia, ya te digo. Nunca a propósito. No supe decir la verdad por miedo a herirte y , ahora lo sé, por miedo a perderte, cuando era ese el camino más rápido para hacerlo. Eras importante para mí. Hablábamos mucho, reíamos mucho, te quería cerca. Luego, como casi siempre, los sentimientos se confunden, tú interpretaste que esa necesidad podría tener el nombre del "amor" y yo para no perder mi otro amor contigo no supe decirte "no". Era imposible que yo te quisiera de otro modo. Era imposible que mi piel te soñara de otra manera distinta a la necesidad de tu amistad. Pero no quise decepcionarte y perderte. No quise hacerte daño y luego te lo multipliqué por tres. Cuánto daño por egoísmo y falta de valentía y por no querer perder...

Y te perdí, claro. Mucho. 

Años después volvimos a cierta normalidad. Incluso creo que fuiste tan valiente como para retomar un poco el tema y declararme tu deseo de normalidad, después de que todo aquello que tan mal hice, hubiera ya pasado a la historia. Lo recuerdo, pero no mucho. Creo recordar una mini conversación que me alegró tanto como me perturbó (siempre fui cobarde en la expresión de las emociones). No sé bien.

Y ahora, 40, 20 años después, te sigo viendo, y veo al que fuiste. A los que fuimos. Te siento cerca o , al menos, te quiero cerca. Y de algún modo intento- con mi necesidad de ti que de algún modo te hago llegar- pedirte perdón por no haber sabido  hacer las cosas bien y por romper de la peor de las maneras lo que no quise perder.

Me decías que los primeros amores no se olvidan. Es verdad. Te dije que los años sirven para tener criterio, desenmascarar la idealización; y lo creo firmemente. Yo no olvido lo que "no vivimos", lo mal que me porté por cobarde, lo mucho que perdí por no querer perder.

Sé que en cualquier momento podría saltar la conversación entre nosotros. Ninguno la evitaría. Tampoco la vamos a provocar artificiosamente. No hay necesidad. 

Por si eso no surge, me quedo con este reencuentro, con nuestras conversaciones transversales sin saber casi nada de estos 40 años de nuestras vidas. Con la intuición de que sepas leer entre las líneas de nuestros posibles encuentros lo muy importante que fuiste para mí y lo mucho que necesité que me perdonaras como hiciste. Y todo ello se encarama en mi sonrisa y se aferra en mi largo abrazo  cada vez que te veo. Y también el deseo de que sean muchas más veces en que pueda dártelos. La sonrisa. El abrazo.