Sabe que si se para, la para.
Con sus más doscientos puntos de cruz bordando su maltrecho cuerpo, tejiendo las prótesis que la sustentan en preciosas cicatrices que escuecen y duelen como en un diálogo entre la superación y el suplicio, entre el milagro y la resistencia.
Se lanza a la calle. En un carrera contra la adversidad. Y la gana siempre.
La estoy perdiendo.
Se diluye. Su mente pierde pie. A pasos agigantados.
La pierdo.
Abrazo el humo que va dejando cada olvido, cada despiste.
Airada, intento encarrilar su extraviada mente. Con rabia. ¿Airada? ¿Con rabia? Se me va entre los dedos y el puro miedo toma el mando. Impotente. Derrotado. El miedo.
Se me va.
Y solo se me ocurre acompañarla en su vacío. Estar ahí. Ser testigo de su disolución que ella admite con serenidad. De repente es una niña divertida ante sus ausencias.
La pierdo
Y me agarro con uñas y dientes a cada día que paso a su lado, cada vez más desvaída.
Se me diluye, te me diluyes, mamá. Se me diluye la vida sin ti.
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