No pude desear lo que daba por descontado.
Cómo me gustaría poder envejecer a tu lado...Recorrer el vía crucis sanitario que podría supone envejecer, inevitablemente.
Nunca pensé la vejez a tu lado, quizá porque estarlo, a tu lado, era un aluvión de vida, de la mejor vida, y no había espacio para el final, tampoco para los baches de la vida que son las enfermedades.
No te gustaba hablar mucho de enfermedades. De las tuyas. Creo que sabías que vivías un poco a contracorriente de tu propia salud y no te apetecía mucho enfrentarte con esa contradicción que te ponía en peligro.
Mi confianza en ti era tan absoluta que no sentí la necesidad de insistirte sobre algunos temas mejorables en tu forma de vida. Algunos placeres esclavos (nimios), algunos hábitos poco recomendables. Era tu genética. Luchar contra ella, era también luchar contra ti. Eso parecía.
Comerse la vida a bocanadas como tú vivías, dejaba poco espacio al cuidado melindroso. Alguna vez te pensé como un hipocondriaco que esquivaba su vértigo con la indiferencia.
Nunca me imaginé que pudiera desear envejecer a tu lado porque lo daba por hecho.
Cómo me gustaría poder echarles un mus a tus análisis e incluso ser dos en la sala de espera de cualquier consulta.
Cómo me encantaría poder hacer una pelea de gallos sobre nuestro colesterol, la tensión que se nos escapa de las manos, esa leucopenia estructural que sobrellevar con la mosca detrás de la oreja, el exceso de peso que nunca ayuda, ese bulto tras el que se emboscan todos los miedos irracionales...
Echarte la mantita por encima de las piernas, acercarte una infusión con miel...cogerte de la mano cuando nada hay que decir.
En la salud y la enfermedad...cómo te añoro y te siento indispensable en cada latido de mi pulso.
¿Se puede sentir la ausencia hundirse cada día más en el corazón?
Siempre tú, mi amigo del alma. Siempre tú en todos los nuncas.
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