viernes, 18 de septiembre de 2026

La casa de Miguel Hernández 4 de julio de 2026






 ¿Algún día me asaltarán en emboscada las lágrimas de un hombre estremecido por un lugar?  



Con el pudor del corazón desnudo, una mujer y yo nos enjugamos unas lágrimas, libérrimas, entre las palabras de Miguel. No sé si nos sorprenden más las propias que su reflejo en las de la otra.



Se escapan sin pedir permiso. Se rebelan. Y ponen en pie la emoción de la poesía.




Llegamos y estallan las palabras de Miguel por doquier.


Un abrazo de verdad, de tristeza y de emoción me sostiene.










Se escapa por mis ojos anegados esa emoción, como si yo no fuera yo.

Conquistada, invadida, estoy donde quería estar sin saberlo. 

En su casa.


Que también son las palabras.

En la mía, que son sus palabras.

Tristes armas si no son las palabras.



Tristes palabras si no te levantan la piel y muestran la esencia.

Tristes personas si no tiemblan ante el recuerdo de él y el fragor de su poesía.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                  Me llamo barro, aunque Miguel me llame



    



Hablo y el corazón me sale en el aliento



    Llego con tres heridas

       En cuclilla ordeño una cabra y un sueño

    Alto soy de mirar a las palmeras...


Me sumerjo en su mundo: fotos, testimonios...



En una carambola escalofriante me encuentro el homenaje de Eduardo Galeano. Otro templo de sensibilidad, belleza y justicia con la única arma de la palabra. Y el escalofrío llega cuando en el texto de Galeano habla mi corazón estremecido.

Mis ojos, mis palabras, ya preñados por ellos sin saberlo. Miguel-Galeano-Mi alma

"Gracias por esto. Yo siempre quise estar aquí y estando reconozco este lugar donde estuve sin estar estando: las palabras que me hicieron, el barro que soy"




Siempre quise conocer este rincón. Nunca imaginé lo que encontraría.

Miguel, ¿para qué sirve el temblor de la palabra si soy incapaz de comunicar?

¿Pensarías que es una especie de prostitución, de escapismo, de traición?         














                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                    


lunes, 14 de septiembre de 2026

El regazo de una madre

 ¿Cómo acompañar el dolor del doliente?

¿Cómo aliviar su soledad? 

Aliviar, acompañar...quizá nada de esto sea posible. 

¿Podría serlo intentarlo?

¿Sería al menos una tregua?

Entonces, nada podemos. 

Y nada, salvo el refugio en el regazo de una madre para cobijarnos, suplicamos.






miércoles, 9 de septiembre de 2026

Como si hubiera dioses

 "Pisa la tierra como si la besaras con los pies" es una hermosa metáfora atribuida habitualmente al maestro zen Thich Nhat Hanh .

Y eso hacemos. Reverencialmente. Pisamos y besamos esta tierra humilde llena de vida y de belleza: los Carriles de Alcobendas

Crackcrackcrackcrackcrackcrackcrackcrackcrackcrackcrack...

Tristristristristristristristristristristristristristristristristristristristris...

Un sonido seco, rotundo, como un tajo en las entrañas. Y la retama, esplendorosa y digna, desaparece bajo el peso de una máquina que la derriba y la tritura convirtiendo en trizas los años que le ha costado crecer, su contacto con el suelo y el intercambio en el que se sustentaba y el dulce olor que en primavera perfumaba los Carriles acariciando el aire y el respirar en este valle.

Menos de treinta segundos y la retama ya no está. 




Lo que fue y ya no es. Nunca más lo será.
El hogar de miles de animales, arrasado. 
Convertida la dehesa en un desierto de paja y fragmentos de vidas muertas. Asesinadas. 
A esos treinta segundos, les siguen otros treinta. Desfila la muerte en el tiempo y va cercenando vidas, paisajes, verdad.
Implacables, las máquinas continúan su cosecha de muerte. Muerte sobre muerte ,sobre las conciencias que solo huelen dinero.
Muerte sobre muerte, sobre el sustento de la vida. La buena vida, la única buena vida.
Matan los Carriles y nos matan. 
Matan el futuro y la salud de esta ciudad. Nos matan.

Duele presenciarlo, pero debemos hacerlo. Acompañar en su aniquilamiento a esta hermosa tierra que tanto nos ha dado.
 Es casi imposible respirar al contemplarlo. Como si todo lo que nos arrebatan se arremolinara enconado de rabia en los pulmones.

Hermosos Carriles, aquí estamos. Seguimos aquí, en medio de esta orgía de codicia ciega. Seguimos abrazando el cadáver que ahora eres con el mismo amor que disfrutamos de tu abundancia y rogamos por las plantas que ya no están y los animales que han perdido su hogar . Y suplicamos a un dios justo y bendecido que pare esta masacre, como si hubiera dioses y quisieran escucharnos. 




miércoles, 26 de agosto de 2026

ESPEJISMOS

 Estos días azules y este sol de la infancia...


Machado, perdido, derrotado,exangüe, se refugia en el único lugar seguro.

Mi tía, también. Vuelve su mente extraviada al único espacio de paz que alguna vez tuvo. Y llora. Desconsoladamente. Como quien sabe lo que ha perdido pero con la emoción de haberlo disfrutado.

Machado se vuelca hacia el recuerdo de la plenitud, la sencilla plenitud de los días seguros, luminosos, limpios.

Cada vez, más espejismos.

Como los mayores tesoros, como los más preciados.

Saborearlos con la inocencia de los milagros y la conmoción de lo imposible pero auténtico.

Caminar sintiendo el sol, el aire en la piel. Sin más urgencia que la de besar la tierra de puro agradecimiento.

Estremecerse con la caricia de la sombra de las nubes. Un viaje luminoso por las nubes desde abajo.

El espejismo de disfrutar de los que toca despedirse.

Mis tías, 98 años, 94 años, se asoman al abismo de un verano más. Un verano más con sus risas, sus cosquillas, sus múltiples miserias de su universo desteñido    que ya solo habitan ellas y al que es imposible acceder si no es por la repetición, el hastío y la confrontación.

Mentes confusas, confundidas, perdidas entre una realidad que se les escapa y que ellas crean falsa, embadurnada de afrentas imposibles.

Triste la ancianidad con sus dolores del cuerpo y el alma.

Triste perder en vida a quien todavía puedes abrazar.

Espejismos: momentos robados a la vejez en la que vuelven a ser las que eran y juegan y ríen y la vida nos abraza con un calor que creíamos perdido.

Espejismos: respirar como si nada nos pudiera volver a cortar el aliento. Jugar a que nada ha cambiado y podemos volver a ser las niñas que fuimos y refugiarnos en el halda de la madre, en el lugar seguro del que nunca querríamos prescindir.


Espejimos: la única obligación de jugar, disfrutar, abandonarse al tiempo, a la compañía de lo que quieres, a estos días azules y este sol de la infancia.


Pisa la tierra como si la besaras con los pies» es una hermosa metáfora atribuida habitualmente al maestro zen Thich Nhat Hanh que invita a caminar con atención plena, respeto y gratitud hacia el planeta. Significa que cada paso que damos debe ser consciente y suave, reconociendo el sostén que la tierra nos brinda en cada instante.


martes, 11 de agosto de 2026

EN TODA LA LÍNEA DE FLOTACIÓN LO PEOR EN UNA PAREJA

 EL PAÍSMARTA JIMÉNEZ SERRANO




He defendido a menudo que la infidelidad no es lo peor que se le puede hacer a una pareja. No es bonita, no está bien, no es esto ni mucho menos una apología de la infidelidad. Pero convertirla en el chivo expiatorio de los males conyugales lleva a una trampa mortal, la de concentrar la virtud de la pareja en la fidelidad. Es decir, alegar “mi marido es un buen hombre porque me es fiel”, de modo que mientras te es fiel puede ser en realidad una mierda de persona, pero, eh, es un buen hombre.
He contado esto en tantas conversaciones y sobremesas que una vez me preguntaron de vuelta: entonces, ¿qué es lo peor que se le puede hacer a una pareja? En el momento suspiré y me quedé dándole vueltas a mi bebida con la pajita, pero, en sucesivas observaciones, he llegado al fin a una respuesta: lo peor que se le puede hacer a una pareja es no cuidarla cuando está enferma. Y es que lo peor que se le puede hacer a una pareja es, en realidad, lo peor que se le puede hacer a cualquier ser humano.
Recordé esta, mi gran tesis amorosa, al toparme con un tuit de hace unos meses que decía: “Personas solteras que viven solas, ¿quién te cuida cuando estás enfermo?”. Se lo pregunta @Marcela252016 y, en el momento en que escribo esto, el tuit tiene más de tres millones de visualizaciones. Basta con echar un rápido vistazo a las respuestas y los citados para que se le parta a una el corazón. No sé cuantísimas mujeres relatan cómo pasaron por una operación, un posoperatorio, una cesárea, un posparto, un embarazo de riesgo o sencillamente una santísima gripe, y sus maridos o novios, esos hombres con los que habían firmado un contrato, comprado una casa o procreado, no estuvieron allí para cuidarlas. A ver si la pregunta no ha de ser: “¿Quién cuida a las mujeres casadas cuando están enfermas?”.
El tuit, desgraciadamente, sólo me confirma la magnitud de una realidad que no tengo que imaginarme. Tengo una amiga que, cuando salía del dormitorio tras tres días de gripe, tenía que recoger la batalla campal en que se había convertido su apartamento, todavía moqueando y en pijama. Tengo una amiga cuyo marido le dijo en la sala de espera de un hospital, el día antes de entrar a quirófano, que “dejara de quejarse”, cuando ella expresó su nerviosismo. Tengo una amiga a la que le dio vergüenza preguntarle al médico: “¿Podré conducir yo después de la intervención?”. Tengo una amiga que, ante la necesidad de ir a urgencias en mitad de la noche tuvo que escuchar un “¿Quieres que te acompañe?” (¿Quiero? No sé, José Luis, ¿quieres tú?). Tengo una amiga que, cuando tenía 40° de fiebre, sus días eran exactamente iguales al resto de días, pero con 40° de fiebre. Tengo una amiga cuyo marido salió a comer y cenar por ahí todos los días de la semana de su posoperatorio. Tengo, como veis, muchas amigas.
La perspectiva de género no me la invento yo. Son muchos los estudios (por mencionar uno, el análisis del Fred Hutchinson Cancer Research Center) que señalan que las mujeres tienen hasta seis veces más posibilidades de divorciarse tras un diagnóstico de cáncer que los hombres.
A mí, al lado de esto, que uno se dé un magreo inopinado cuando no procede, porque la vida es ancha y larga y complicada, me parece cuando menos una tontería.
Claro que, así planteado, pareciera que la infidelidad y la falta de cuidados fueran cosas excluyentes. Por supuesto, nada más lejos de la realidad. Hay hombres infieles a los que se puede perdonar o no; hay hombres que no te cuidan, y que son imperdonables; y hay hombres que hacen pleno al 15 y no te preparan la cena porque están cenando con otra: esos son los extraordinarios.

lunes, 27 de julio de 2026

Dagas

 No recuerda nada. Es el caos. 

Mi tristeza y sensación de pérdida y abandono ,camufladas en una rabia indigna ,le escupen verdades como dagas.

Como si ella pudiera hacer algo contra ellas

Como si fuera la responsable...

La hija de puta de su hija, con la amargura de la orfandad, siente que no se merece la vida que tiene y que profana cada día.

¿Para cuándo la ternura?

¿Para cuándo el calor del amor expresado?

Dolor.

O no saber vivir.

viernes, 24 de julio de 2026

CENIZAS EN LA BOCA

 




Es un título brillante. Pastoso. Se atraganta nada más leerlo.

Me lancé a él como lo que es: una declaración de principios: la odisea de la emigración femenina en este país.

ME saltaron todas las alarmas y se despertaron en mí las cenizas en la boca, en los pulmones y en el corazón. 

¿Se puede ser coherente con una pensión de 900 euros? 

¿Se puede ser justo dentro de un sistema que tritura al débil?

¿Cómo actuar con empatía con las persona que vienen a tu país en condiciones de inferioridad?

¿Quién salva a una persona, salva a la humanidad?

¿Hasta dónde asumir el dolor y la injusticia del otro? 

Recuerdo hace muuuuuchos años, en una de las actividades de la asociación de mi César, una chica, socióloga creo recordar, fue a hablarnos de su experiencia en México con mujeres explotadas laboralmente y sobre el mujericidio que siguen sufriendo. E hizo un comentario, así como a toro pasado: "Nosotras no estamos aquí para solucionar vuestros problemas". Lo dijo con la rotundidad de los principios bien instalados. No cabían las dudas. Ellas estaban allí para otra cosa. Para entender qué pasaba. Para hablar con ellas y trasladar otra perspectiva y quizá otras herramientas, para contarlo, para estudiarlo...pero tenían claro que no era su misión, ni su cometido solucionar el problema. Entre otras cosas y bien pensado , ¡¡¡porque estaba fuera de su alcance!!!


¿Se puede contratar a una persona que no tiene papeles y que viene a este país buscando un mundo mejor para sus hijos aunque no puedes pagarle el salario mínimo? 

¿La persona pobre no puede acceder a según que servicios (atención 24 horas, por ejemplo)?

Si nadie contrata a estas personas porque no tienen cualificación ni papeles, ¿cómo comen?

Si contratas a alguien con el salario que puedes permitirte de mutuo acuerdo ¿te estás aprovechando de esa persona porque  no le puedes pagar lo que te gustaría por falta de recursos?

Si decides no involucrarte más en sus problemas porque no tienes fuerzas para afrontar los tuyos y vivir los de los demás te debilita, de hace sufrir y no ayuda a nadie, ¿eres una mala persona?

¿Cómo no endurecerte cuando haces todo lo que puedes (económicamente) y mucho más de lo que puedes y debes emocionalmente y en todos otros sentidos posibles y te fallan, te calumnian, te abandonan, te defraudan? ¿Cómo volver a confiar y cómo volver a cuidar a otra persona en la misma situación?


Cenizas en la boca te enfrenta a la carrera estancada de la gran mayoría de  mujeres emigrantes y de sus descendientes. En las frases de esta novela bregas con la injusticia, el dolor, el abandono, la hijadumbría, el trabajo sísifo, el racismo... en primera línea. Bregas con la desigualdad de la que formas parte y quizá alimentas. Difícil travesía. Imposible para mí. Abandono ceniciento.




El inicio de la civilización : El primer signo de la civilización humana es un fémur roto y sanado, según la famosa reflexión de la antropóloga Margaret Mead. No se trata de una herramienta de piedra o una vasija, sino de la prueba física de la empatía y el cuidado mutuo en los inicios de la prehistoria





¿Qué decir de una sociedad que abandona a los más débiles?
Parece evidente que retrocedemos en esta civilización. 

La sociedad occidental es una sociedad privilegiada, lo somos. Excepto cuando caes en una situación de vulnerabilidad. Enfermedad. Paro. Dependencia...

Entras al hospital con infección muy grave, o con un tumor como una sandía y por falta de recursos te mandan a casa. Hospitalizada en urgencias, vives una especie de aquelarre impúdico donde los buenos cuidados, la intimidad, la compañía... te están vetados.

Te rompes la cadera. No hay nadie que te atienda en la recuperación. Necesitas una residencia. No tienes dinero para pagarla o sí, da igual (no exactamente, pero más o menos). Te derivan a una y empiezas a entender de qué va la historia. Sufres en primera persona "los cuidados" de una residencia.

Te echan de tu trabajo. Con cincuenta años. Entras en un bucle desesperado de búsqueda incansable y esperanzas abortadas. Si no tienes a alguien que te enchufe, te quedas varado.

Y en todos estos casos estás solo. Te sientes abandonado por la tribu. Nadie espera a que tu fémur se recupere. Pierdes pie. Te sientes fuera. La fuerza centrifuga de esta sociedad te expulsa. Estás fuera.

¿Se puede ser justo, cuando toque, cuando te quedas en el borde del camino mientras tus compañeros continúan?
¿Puedes salvar de ese abandono tu propio sentido de la empatía?
¿Cómo puedes proteger la confianza en el otro cuando te dejan en la cuneta?

Ser una persona íntegra y buena para mí es conseguir superar esas heridas y lograr tratar a los demás con generosidad y empatía cuando te has sentido a los pies de los caballos sin ayuda de nadie y en la cuneta, al margen del avance de los demás.

No lo soy. Me hace sufrir. Lo intento. No puedo. Cuando la confianza se rompe, nunca más se recupera. Y las cenizas de esas rupturas te impiden transitar con el alma limpia otros recorridos. Se instala en tu boca, en tus pulmones, en tu corazón y embadurna los latidos de otros encuentros y otras aproximaciones.

Ayudar todo lo que pueda, siempre.
Intentar hacer la vida fácil a los demás en todo lo que se pueda.

Con el corazón ceniciento y la boca pastosa de llorar cenizas y tragarlas. 


lunes, 22 de junio de 2026

El barrio. La vida

 El barrio. La vida.

Ajado. Deteriorado. Avejentado.

Luchando.

El barrio. La vida.

Triste. Pulsando la verdad.

El barrio. La vida.

Útero ya yermo, sólo cultivado de recuerdos.

El barrio. La vida

El refugio que fue.

La luz que se va.

El barrio. La vida.

El dolor. El hogar. 

El barrio. La vida.

Perder. Aprender a decir adiós.

Intentarlo. No poder.

El barrio. La vida.

Puro corazón.

Latiendo de nostalgia.

El barrio. La vida.

Intemperie. Orfandad.

El barrio. La vida.

Simple resistencia.

El barrio. La vida.

Olor a lo que fue.

El barrio. La vida.

Se escapa entre las manos.

El barrio. La vida.




Barro

 Barro. Puro barro.

La antesala, quizá, del polvo eres y en polvo te convertirás.

Barro. Asustado.

Ante lo inevitable. Lo único indudable.

Barro que sabe la tormenta. 

Barro que la llora antes de que llegue.

Lágrimas de barro.

Llanto que lo deshace de miedo. De tristeza. 

Antes de la tormenta.

Barro. Puro barro.


jueves, 4 de junio de 2026

Por no querer perder.

 


Hace 40 años que no nos vemos.  Nadie se explica dónde se han metido esos años y mucho menos la sensación de que fue ayer.

Tampoco sé explicarme la alegría infantil de reunirme con ellos. 

Gente que no está en mi vida ni lo estará.                                                   No es necesario para que la ilusión se instale en mi estómago al pensar en pasar un buen rato con ellos.                                                                   Me vuelve la emoción infantil de estar juntos. Ese cosquilleo lleno de futuro, de risas; sin tiempo ni espacio. 

No logro explicar la ilusión de estar con gente con quien no compartí nada personal. Me hace mucha ilusión volver a verla y saber que les va bien y que están bien. Sin más objetivo que estar un ratito cerca.

Quizá Max Aub lo explica de algún modo:



Como tú dices, somos los que éramos. Tal cual. A pesar de esos 40 años y todo lo que pesa y pasa en una vida. Por eso siguen ahí las fobias y las filias; eso sí, con la perspectiva de la madurez y el criterio de saber juzgar con cierta ecuanimidad o de no hacerlo.

Con algunas personas, por muchos momentos vividos, me encanta  compartir ahora nuestras vidas, nuestras alegrías, también las heridas.

Con otras personas, por algunas decepciones vividas, me alegra verlas, estar con ellas. Pero no me interesa profundizar. No quiero profundizar más en esa decepción ya instalada entre nosotras, sin vuelta atrás. Sin necesidad de hacer cuentas, ni poner nada en su sitio. ¡¡¡Qué pereza!!!

Con otras muchos, simplemente por ser parte del paisaje emocional de mi adolescencia, de mi instrucción, me encanta recordar momentos y risas. Nada más. Y saber que todo va lo suficientemente bien. 



Debe de ser lo más parecido a viajar en el tiempo y recuperar lo que fuimos y que no volverá. Supongo.

Simplemente estar, abrazar, hablar, mirar...como si fuera ayer...


En algunos casos muy concretos, quizá ,también es una segunda oportunidad para remendar jirones de vida que quedaron abandonados. De manera involuntaria. Por falta de recursos. Por simple cobardía o debilidad. Por no querer perder. Por no saber decir no. Por protegerte haciendo daño a otros. Vaya usté a saber...


Escribo esto pensando en ti. Pensando en otras personas también, pero dirigiéndome a ti.

Siempre me apetece verte. Quiero que estés. Creo que es la necesidad de remendar ese jirón que siempre hubo entre nosotros.                        Siempre te quise. Como una gran persona y amigo. Aunque a veces no te entendí y luego tú te me explicaste y ya supe que siempre había sabido que sabía que eras una gran persona. Cuántas cosas me vienen a la cabeza... cuántas pequeñas grandes cosas...

Creo que te hice daño. Por simple impericia, ya te digo. Nunca a propósito. No supe decir la verdad por miedo a herirte y , ahora lo sé, por miedo a perderte, cuando era ese el camino más rápido para hacerlo. Eras importante para mí. Hablábamos mucho, reíamos mucho, te quería cerca. Luego, como casi siempre, los sentimientos se confunden, tú interpretaste que esa necesidad podría tener el nombre del "amor" y yo para no perder mi otro amor contigo no supe decirte "no". Era imposible que yo te quisiera de otro modo. Era imposible que mi piel te soñara de otra manera distinta a la necesidad de tu amistad. Pero no quise decepcionarte y perderte. No quise hacerte daño y luego te lo multipliqué por tres. Cuánto daño por egoísmo y falta de valentía y por no querer perder...

Y te perdí, claro. Mucho. 

Años después volvimos a cierta normalidad. Incluso creo que fuiste tan valiente como para retomar un poco el tema y declararme tu deseo de normalidad, después de que todo aquello que tan mal hice, hubiera ya pasado a la historia. Lo recuerdo, pero no mucho. Creo recordar una mini conversación que me alegró tanto como me perturbó (siempre fui cobarde en la expresión de las emociones). No sé bien.

Y ahora, 40, 20 años después, te sigo viendo, y veo al que fuiste. A los que fuimos. Te siento cerca o , al menos, te quiero cerca. Y de algún modo intento- con mi necesidad de ti que de algún modo te hago llegar- pedirte perdón por no haber sabido  hacer las cosas bien y por romper de la peor de las maneras lo que no quise perder.

Me decías que los primeros amores no se olvidan. Es verdad. Te dije que los años sirven para tener criterio, desenmascarar la idealización; y lo creo firmemente. Yo no olvido lo que "no vivimos", lo mal que me porté por cobarde, lo mucho que perdí por no querer perder.

Sé que en cualquier momento podría saltar la conversación entre nosotros. Ninguno la evitaría. Tampoco la vamos a provocar artificiosamente. No hay necesidad. 

Por si eso no surge, me quedo con este reencuentro, con nuestras conversaciones transversales sin saber casi nada de estos 40 años de nuestras vidas. Con la intuición de que sepas leer entre las líneas de nuestros posibles encuentros lo muy importante que fuiste para mí y lo mucho que necesité que me perdonaras como hiciste. Y todo ello se encarama en mi sonrisa y se aferra en mi largo abrazo  cada vez que te veo. Y también el deseo de que sean muchas más veces en que pueda dártelos. La sonrisa. El abrazo.


lunes, 1 de junio de 2026

Para Marta Matute. Yo no moriré de amor

 

 

 

No recuerdo cuando los excrementos dejaron de darme asco. Eran algo más. Como los mocos, los esputos…Quizá los esputos nunca dejaron de darme asco.

La carga supone resolver y lo demás pasa a ser secundario. Ya no hueles, no sientes los riñones, no cuentas las lavadoras.

 

No sé si todo el mundo entenderá tu película del todo sin haber vivido algo similar.

Lo que más me ha llegado de tu viaje, sobre todo porque sé que es un viaje personal, es que sí muere de amor. La protagonista muere de amor: no abandona el barco y cuando se queda un momento en la orilla, sabe por qué lo hace.

 


Lo has abarcado casi todo. A veces con una sola secuencia, una sola frase. Desde luego, lo más importante:

 La bofetada a la madre

La caricia de la madre a su hija en el baño cuando vomita su resaca.

“Es un sitio horrible”

“Estaremos papa y yo para que mamá esté bien”

“Somos las que somos”

“Para lo de siempre” (el libro de reclamaciones)

El abrazo inconsciente entre las hermanas en medio del sueño

La falta de reacción ante la muerte de la madre.

 

 

La bofetada a la madre.

La rabia, el agotamiento, la resistencia…la pura impotencia y ¡zas! Llegan los malos modos, las malas palabras, algún zarandeo, esa bofetada… Y luego te quieres morir. Literalmente. Esa bofetada es la que te gustaría darle a la puta vida que te ha robado a tu madre. No la tienes, no responde. No está. Y la necesitas tanto…

 

La caricia de la madre a su hija en el baño cuando vomita su resaca.

Y de repente la recuperas. Por un momento. En una caricia. En una mirada. Vuelve a ser tu madre. Y tú no sabes dónde poner tanto amor y tanta pena.

 

“Es un sitio horrible” Lo son. Todas las que conozco y conozco varias. Algunas son insoportables aparcamientos, simples morideros. Personas frágiles y demediadas solas, en medio de una multitud ajena  y reflejo insoportable de su propia limitación y soledad.

Es cierto que en una película, en una imagen, no hay olor. Y hay que conocer el olor de las residencias para que se instale en el estómago ese horror. El olor de tu padre, regado en colonia por ti para intentar atajar ese otro que tiene ya pegado a la piel y que no soportas.

“Estaremos papa y yo para que mamá esté bien” Y pobre de quien no tenga a nadie para que su ser querido esté bien. Porque si no hay nadie ahí fiscalizando, no están bien: están maltratados por desatención. Eso es así, entre otras cosas porque

“Somos las que somos”  y en el caso de las privadas porque el negocio son ellos y ellos no son lo importante. Los residentes, digo. Y por eso los familiares tienen que hacer reclamaciones internas  y a la CA porque lo que no se nombra no existe. Aunque no sirva para mucho, aunque cada día sea la misma canción. Falta personal y los residentes lo pagan. Hay que reclamar incansablemente  “Para lo de siempre” (el libro de reclamaciones)

 

El abrazo inconsciente entre las hermanas en medio del sueño

Cuánta soledad y cuánta necesidad de cariño sufre la cuidadora… Cuánta necesidad de descansar en el abrazo de otra, de acurrucarse en otro cuerpo para perderse en él y dejar de sentir tanta intemperie.

 

 

La falta de reacción ante la muerte de la madre.

Creo que sabemos que hay vidas peor que la muerte. Por eso es tan importante la ley de Eutanasia que aquí no aparece explícitamente. Aunque pudiera pensar que tuvo una muerte digna y “rápida”, sin sufrimiento añadido.

Siempre me pregunto si es puro egoísmo preferir que se vayan a que sufran.

 

 

 

 

Hay cosas muy dentro de mí que no están en tu película.

Es cierto que es difícil fotografiar el desconsuelo de no tener a tu madre o tu padre nunca más, de no poder buscar respuestas o protección en ellos porque ellos ahora son tus hijos. No importa tanto tener que cuidarlos como dejar de tenerlos. Es imposible reflejar ese esguince del alma y da igual a qué edad llegue.

 

Es obsceno mostrar el sentimiento de culpa muy explícito por el peligro de caer en el exhibicionismo o el victimismo. Esa delgada línea roja… Tu película lo respeta al máximo. Tanto que no se percibe incisivamente. Y es una tremenda losa que impide respirar.

Porque  ese sentimiento te sepulta. Nunca más recuperas tu vida como fue. No puedes darle a tu ser querido la vida que debería, los cuidados que necesita porque no sabes, porque no tienes los medios, porque no tienes el tiempo ni la vida. Le das todo lo que puedes, no puedes darle más y la culpa sigue ahí, acosando cada segundo de tu vida. Incluso cuando ya no están. No sirve de nada haber hecho más de lo que podías. Lo viste sufrir, lo viste ser desatendido, lo viste llorar de impotencia…y solo pudiste estar ahí para evitar males mayores, pero no le pudiste evitar todo eso. Tuvo una vida que no quería y, vaya usted a saber por qué, tú te sientes responsable. Para siempre.

La culpa. La culpa de darte una tregua. De querer vivir tu vida, con tu propia familia o tus amigos. De necesitar otras cosas. De intentar llenar tu vida de lo que te nutre y te permite seguir adelante. Al margen de ellos y sus cuidados. Imposible disfrutar nada sabiendo que ellos están donde están contra su voluntad y en condiciones precarias. Imposible vivir.

 

Cuánta generosidad en tu personaje (en ti, supongo). Nunca le pide cuentas al padre, al adulto que debería tomar las riendas del asunto, tomar decisiones, llenar el vacío inmenso de una madre que ya no está.

No hablo del trabajo físico, que también.

Cuánta generosidad, repito, por no echarle en cara al marido, al padre, al adulto que se haga cargo. Es cierto que no pide mucho, pero tampoco da.  Es cierto que seguro que está bloqueado y anulado por la situación. Y la hija lo entiende y sigue adelante sin un triste reproche (solo le reprocha que no se cuide. Quizá teme perderle a él también).

Todavía hoy sigo enfadada con mis padres. Por no querer ver. Por no querer asumir. Por no querer prever. Por no querer decidir. Y seguro que debería quitar el verbo “querer” y sustituirlo por “poder”. Pero ¿no se aprende de la experiencia? Cuando ya te lo han explicado y lo estás viviendo, ¿no es hora de aprender y de tomar decisiones que, si no, tendrán que tomar otros por ti?

No es justo tener que decidir la vida de otros y que, además, te acusen de esa decisión inevitable. No es justo imponerle un tipo de vida  a otra persona que no quiere aceptar la realidad y sus limitaciones ante las que otra persona tiene que decidir. Entendiendo todo lo que sé, sabiendo todo lo que entiendo y he vivido, no dejo de sentir rabia y enfado hacia ellos por no querer afrontar su situación y tomar sus propias decisiones cuando todavía podían.

 

¿Sabes? Tengo 62 años. Llevo cuidando a mis padres 10 años. Mi padre con Parkinson (ya fallecido), mi madre atropellada hace 6 años. No tengo hermanos. Me duele el alma desde hace 10 años y nada podrá curarme tanto dolor vivido (algunos muy gratuitos generados por el propio sistema de cuidados tan precario). También siento que nadie puede entenderme. Es la simple vida. Nada trágico. Hay cosas mucho peores. Asume y vive, Esther. Pasa página.

Quería ver tu película para sentirme acompañada en esta herida que es para siempre y también para hacer lo que estoy haciendo ahora: darte las gracias y decirte que no estás sola en esa tu herida que te ha llevado a hacer esta película. Para sanarla y sanar la de otros, supongo. Para iluminarla e iluminar a los que quieres y son parte de ella.

jueves, 21 de mayo de 2026

Mi perro...

 


    La puerta se abre.

    Algo se mueve entre mis piernas.

    Siento calor cerca de mí.

    No puedo atender esa presencia. Ando ocupada y no puedo mirar.

    No lo necesito. Sé quién es.

    Este ser maravilloso ha tomado la decisión de que quiere estar conmigo.

    La puerta ha cedido a sus patitas y ha entrado.

    Para estar conmigo.

    Para ponerse a mis pies y recordarme que la vida es un regalo.

    Como ser el final de sus deseos.

    Como saber que está ahí, simplemente dando calor.

    Como tener su presencia tan simple y tan auténtica.

    Te quiero, Miko. Me emocionas cada hora.

   Le doy gracias a la vida cada día por tenerte.

    La vida es más y mejor gracias a ti

   Mi perro...   








miércoles, 20 de mayo de 2026

PIMIENTOS FRITOS

 Cuánto mundo puede desencadenar un olor...

El pie cambia de paso en cuanto me envuelve.

Mi infancia se encarama a ese aroma y me envuelve completa.

Un simple olor y estoy a 50 años atrás.

En las mismas calles, con la vida y el miedo por delante.

En las mismas calles, con la alegría y la ilusión de mi mano.

En las mismas calles, con la pura ingenuidad de la plenitud en un bocadillo de pimientos fritos.

Mi madre todavía los hace así: en una enorme barra de pan, empapada del aceite que impregna los pimientos; para ir comiéndolos cuando te apetezca.

Los pimientos y los juegos

Los pimientos, los vecinos, la colectividad que era el útero diario.

Los pimientos y la vuelta del cole, hambrienta.

Los pimientos y el abrazo de mi madre al llegar a casa.

Los pimientos y ¿la felicidad?




Hace muchos años leí el libro que escribió Waris Dirie. Una experiencia dura de superación. La vida en dos extremos. En ese libro ella recordaba su infancia feliz en un desierto sin nada. Después volvió, adulta. Necesitaba volver a ese espacio donde fue feliz y sufrió mucho. SU lugar. Donde no tenía nada más que su familia, sus animales. Nada era su todo.

He leído otras experiencias similares. Las personas necesitan sus raíces. Incluso cuando nada hay en ellas más que los recuerdos tejidos de amor en medio de la violencia y la miseria.

Mi barrio viejo, descolorido, maltratado, me acoge como un refugio.

Mi barrio viejo, asediado, me acoge- como si no me hubiera ido-

con la fragancia de unos pimientos fritos.