lunes, 18 de mayo de 2026

Nada nuevo. Residencia

 El olor. ¿Apenas ya no lo recordaba?

Sale a mi encuentro casi antes de traspasar la puerta.

Invasor

Implacable

Se pega en los ojos y los ciega. Ya solo pueden ver miserias

Se pega sobre los hombros. Clavando los pies en pesados pasos 

Se pega en el corazón. Lo zarandea. Sin respeto. Desaforadamente.

Se pega en los pulmones. Los ahoga. Inclemente.

Se pega en el paladar. Lo anestesia. No quiere ser ni estar.

Se pega en la garganta. La cierra. Imposible tragar.

Se pega en los pies. Quieren huir pesadamente.

Se pega en la conciencia. Cómo un fardo. Hundiéndose.

Brea. Pura Brea. Como un manto mojado. Encima de ti.

Los ojos no pueden ver nada más. Solo ese olor y todo lo que significa.

Los hombros no pueden cargar nada más. Solo ese paso fúnebre en el fango.

El corazón  no puede latir nada más. Solo la tristeza y la soledad que lo desbocan.

Los pulmones no pueden respirar nada más. Ahogados en el abandono que respiran.

El paladar no puede saborear nada más. EL asco lo neutraliza. Lo seca.

La garganta no puede tragar nada más. Cerrada ante la vejez desvalida, ¿Se puede comer?

Los pies no pueden andar nada más. Clavados en ese olor quisieran volarlo, desaparecerlo. ¿Cómo querer transitar tanta soledad?

La conciencia no puede sentirse nada más. Cómo existir si existen ellos. Cómo mirarse con dignidad si ellos no la tienen.

Horas después el olor, ese cieno colonizador, sigue ahí mismo, muy lejos de allí sigue aquí. Con ellos. Con los que no pueden salir, ni tener otra vida, ni más horizonte que sus últimos años preñados tan solo de soledad, tristeza y ese olor...