Salvaba a mis padres de Auchswitz. De una muerte segura, indigna, con gran sufrimiento. Del infierno.
Yo conocía a alguien. Una enfermera.
Mis padres estaban condenados.
Yo no.
Pero corría el riesgo de verme arrasada en esa locura al intentar sacarlos de allí.
Había que pagar también.
Se demoraban.
Podíamos irnos, pero no nos daban la salida.
A unos pasos de la vida, pero sin poder darlos.
Angustia.
Mis padres esperaban. Esperábamos.
La maquinaria revoloteaba a nuestro alrededor.
Mucha mujer cruel la engrasaba.
Como personajes kafkianos esperábamos no sabíamos qué. Teníamos la certeza de que alguien velaba por nosotros, tanta como el desprecio con que lo certificaban las guardianas depredadoras.
Podíamos irnos, comentaban con la incredulidad de quien sabe que no es posible volver del averno.
Conocen a una enfermera, dicho con tanto asco como displicencia.
Cancerberas del horror, nos sabían ya muertos, irrecuperables.
Nosotros, pavor.
Simplemente pavor.
La libertad a unos pasos.
El pavor, inundándolo todo.
Íbamos a salir pero sabíamos que nadie sale del todo de un sitio así.
Se te queda adentro el absurdo, la inequidad, la falta de recursos y de reglas.
Se te instala el miedo impregnado de una culpa mortifera y de una insignificancia vírica.
Nadie ha vuelto de la muerte y nosotros lo íbamos a hacer.
Salvaba a mis padres de la injusticia y el sufrimiento.
Es lo único que me importaba. Nada, el destino de las demás personas que poblaban el horror.
Sacarlos de allí.
Sacudirnos aquel aire impregnado de injusticia, arbitrariedad y dolor.
Huir.
Vivir de prestado. Cualquier cosa antes que seguir ahí.
Mehedespertadosudandomiedo,respirandomiedo,conlabocapastosa demiedo.
Cuando las pesadillas son un remedo de la vida que te persigue