No recuerdo
cuando los excrementos dejaron de darme asco. Eran algo más. Como los mocos,
los esputos…Quizá los esputos nunca dejaron de darme asco.
La carga
supone resolver y lo demás pasa a ser secundario. Ya no hueles, no sientes los
riñones, no cuentas las lavadoras.
No sé si
todo el mundo entenderá tu película del todo sin haber vivido algo similar.
Lo que más
me ha llegado de tu viaje, sobre todo porque sé que es un viaje personal, es
que sí muere de amor. La protagonista muere de amor: no abandona el barco y
cuando se queda un momento en la orilla, sabe por qué lo hace.
Lo has
abarcado casi todo. A veces con una sola secuencia, una sola frase. Desde
luego, lo más importante:
La
caricia de la madre a su hija en el baño cuando vomita su resaca.
“Es un
sitio horrible”
“Estaremos
papa y yo para que mamá esté bien”
“Somos las
que somos”
“Para lo
de siempre” (el libro de reclamaciones)
El abrazo
inconsciente entre las hermanas en medio del sueño
La falta
de reacción ante la muerte de la madre.
La bofetada
a la madre.
La rabia, el
agotamiento, la resistencia…la pura impotencia y ¡zas! Llegan los malos modos,
las malas palabras, algún zarandeo, esa bofetada… Y luego te quieres morir. Literalmente.
Esa bofetada es la que te gustaría darle a la puta vida que te ha robado a tu
madre. No la tienes, no responde. No está. Y la necesitas tanto…
La
caricia de la madre a su hija en el baño cuando vomita su resaca.
Y de repente
la recuperas. Por un momento. En una caricia. En una mirada. Vuelve a ser tu
madre. Y tú no sabes dónde poner tanto amor y tanta pena.
“Es un
sitio horrible” Lo
son. Todas las que conozco y conozco varias. Algunas son insoportables aparcamientos, simples morideros.
Personas frágiles y demediadas solas, en medio de una multitud ajena y reflejo insoportable de su propia limitación
y soledad.
Es cierto
que en una película, en una imagen, no hay olor. Y hay que conocer el olor de
las residencias para que se instale en el estómago ese horror. El olor de tu
padre, regado en colonia por ti para intentar atajar ese otro que tiene ya
pegado a la piel y que no soportas.
“Estaremos
papa y yo para que mamá esté bien” Y pobre de quien no tenga a nadie para que su ser querido
esté bien. Porque si no hay nadie ahí fiscalizando, no están bien: están maltratados por desatención. Eso es así,
entre otras cosas porque
“Somos las
que somos” y en el caso de las privadas porque el
negocio son ellos y ellos no son lo importante. Los residentes, digo. Y por eso
los familiares tienen que hacer reclamaciones internas y a la CA porque lo que no se nombra no
existe. Aunque no sirva para mucho, aunque cada día sea la misma canción. Falta
personal y los residentes lo pagan. Hay que reclamar incansablemente “Para lo de siempre” (el libro de
reclamaciones)
El abrazo
inconsciente entre las hermanas en medio del sueño
Cuánta
soledad y cuánta necesidad de cariño sufre la cuidadora… Cuánta necesidad de
descansar en el abrazo de otra, de acurrucarse en otro cuerpo para perderse en
él y dejar de sentir tanta intemperie.
La falta
de reacción ante la muerte de la madre.
Creo que
sabemos que hay vidas peor que la muerte. Por eso es tan importante la ley de
Eutanasia que aquí no aparece explícitamente. Aunque pudiera pensar que tuvo
una muerte digna y “rápida”, sin sufrimiento añadido.
Siempre me
pregunto si es puro egoísmo preferir que se vayan a que sufran.
Hay cosas
muy dentro de mí que no están en tu película.
Es cierto
que es difícil fotografiar el desconsuelo de no tener a tu madre o tu padre
nunca más, de no poder buscar respuestas o protección en ellos porque ellos
ahora son tus hijos. No importa tanto tener que cuidarlos como dejar de
tenerlos. Es imposible reflejar ese esguince del alma y da igual a qué edad
llegue.
Es obsceno
mostrar el sentimiento de culpa muy explícito por el peligro de caer en el
exhibicionismo o el victimismo. Esa delgada línea roja… Tu película lo respeta
al máximo. Tanto que no se percibe incisivamente. Y es una tremenda losa que impide
respirar.
Porque ese sentimiento te sepulta. Nunca más recuperas tu vida como fue. No puedes
darle a tu ser querido la vida que debería, los cuidados que necesita porque no
sabes, porque no tienes los medios, porque no tienes el tiempo ni la vida. Le
das todo lo que puedes, no puedes darle más y la culpa sigue ahí, acosando cada
segundo de tu vida. Incluso cuando ya no están. No sirve de nada haber hecho
más de lo que podías. Lo viste sufrir, lo viste ser desatendido, lo viste
llorar de impotencia…y solo pudiste estar ahí para evitar males mayores, pero
no le pudiste evitar todo eso. Tuvo una vida que no quería y, vaya usted a
saber por qué, tú te sientes responsable. Para siempre.
La culpa. La
culpa de darte una tregua. De querer vivir tu vida, con tu propia familia o tus
amigos. De necesitar otras cosas. De intentar llenar tu vida de lo que te nutre
y te permite seguir adelante. Al margen de ellos y sus cuidados. Imposible
disfrutar nada sabiendo que ellos están donde están contra su voluntad y en condiciones
precarias. Imposible vivir.
Cuánta generosidad
en tu personaje (en ti, supongo). Nunca le pide cuentas al padre, al adulto
que debería tomar las riendas del asunto, tomar decisiones, llenar el vacío inmenso
de una madre que ya no está.
No hablo del
trabajo físico, que también.
Cuánta
generosidad, repito, por no echarle en cara al marido, al padre, al adulto que
se haga cargo. Es cierto que no pide mucho, pero tampoco da. Es cierto que seguro que está bloqueado y
anulado por la situación. Y la hija lo entiende y sigue adelante sin un triste
reproche (solo le reprocha que no se cuide. Quizá teme perderle a él también).
Todavía hoy
sigo enfadada con mis padres. Por no querer ver. Por no querer asumir. Por no
querer prever. Por no querer decidir. Y seguro que debería quitar el verbo “querer”
y sustituirlo por “poder”. Pero ¿no se aprende de la experiencia? Cuando ya te
lo han explicado y lo estás viviendo, ¿no es hora de aprender y de tomar
decisiones que, si no, tendrán que tomar otros por ti?
No es justo tener
que decidir la vida de otros y que, además, te acusen de esa decisión
inevitable. No es justo imponerle un tipo de vida a otra persona que
no quiere aceptar la realidad y sus limitaciones ante las que otra persona
tiene que decidir. Entendiendo todo lo que sé, sabiendo todo lo que entiendo y
he vivido, no dejo de sentir rabia y enfado hacia ellos por no querer afrontar
su situación y tomar sus propias decisiones cuando todavía podían.
¿Sabes? Tengo
62 años. Llevo cuidando a mis padres 10 años. Mi padre con Parkinson (ya
fallecido), mi madre atropellada hace 6 años. No tengo hermanos. Me duele el
alma desde hace 10 años y nada podrá curarme tanto dolor vivido (algunos muy
gratuitos generados por el propio sistema de cuidados tan precario). También siento
que nadie puede entenderme. Es la simple vida. Nada trágico. Hay cosas mucho
peores. Asume y vive, Esther. Pasa página.
Quería ver
tu película para sentirme acompañada en esta herida que es para siempre y
también para hacer lo que estoy haciendo ahora: darte las gracias y decirte que
no estás sola en esa tu herida que te ha llevado a hacer esta película. Para
sanarla y sanar la de otros, supongo. Para iluminarla e iluminar a los que quieres
y son parte de ella.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Gracias por acompañarme.