Llego tarde. Una tormenta de verano que inaugura (como no podría ser de otro modo) la Fería del Libro de Madrid, me retiene bajo un voladizo.
Entro en la sala que ya me resulta dulcemente familiar y allí están. Nueve chicas y un chico, con sus pijamas. Su caritas serias, como cansadas, y sus ojos: expectantes unos, apagados otros. Juan les está presentando a nuestros artistas de hoy. Chicos jóvenes que aman la guitarra y vienen a contárnoslo.
Las cuerdas de la guitarra de Rubén comienza a vibrar. Sus punteos son como gotas cristalinas que van rociando la sala de belleza, de armonía.
Ellos lo miran, serios, tranquilos. No sabemos qué sienten o si están disfrutando, pero no parpadean y aplauden con fuerza.
A Rubén le sigue Omar. Simpático y dicharachero se lanza a interpretar lo que a él más le llega al corazón.
Su primera pieza es preciosa, de esas bellezas simples que llegan a lo más profundo.Nos regala después una creación propia y luego dos más más movidas y alegres. Quizá Omar, tiene la intuición de que estos chicos, que están recluídos en esas habitaciones demasiado tiempo y están entre las cuerdas de una enfermedad que no entienden, necesitan salir de ahí, volar, con ritmos más movidos en los que poder integrarse.
Omar les anima a contar historias y, con ellas, poner letra a la música que ellos toquen.O a pedir canciones y a cantarlas con ellos. Oasis, Green Day, Guns N´ Roses... Algunos chicos reacciona como con un resorte: no quieren contar historias. No quieren hablar. Prefieren cantar. Ruben y Omar improvisan y los chicos despiertan: quieren cantar y cantan.
No quieren hablar, no quieren remover su herida; pero quieren airearla, oxigenarla, cantando con los demás.
Hay una chica en la sala que también toca la guitarra y otra que baila y canta y que quiso empezar los estudios de guitarra con una obra de Paco de Lucía de la que les pide un fragmento: Entre dos aguas. Los chicos se lanzan y nos zambullen en la genialidad del maestro desaparecido. La niña que ha hecho la petición da las gracias y nos explica que era la pieza que ella había elegido para el examen de ingreso en el conservatorio "antes de que pasara esto y otras muchas cosas".
Antes de estar entre las cuerdas. Porque es como ellos se sienten. Enredados en unas cuerdas de las que no pueden desasirse.Por eso están ahí. Porque están entre las cuerdas y no saben salir.
Por un rato comparten otras cuerdas mucho más hermosas y constructivas. Las cuerdas de Rubén y Omar les permiten romper esas otras que también les unen en un camino fatigoso de lentos avances, en los que saben que el retroceso también es parte de ese viaje.
Por un ratito, entre las cuerdas de las guitarras y su música cristalina y dulce como una caricia, han compartido algo más que fobias, rabia y dolor. Y algunos, incluso, has recordado que había vida antes de esas otras cuerdas oscuras que allí les retienen,que les está esperando. Y , quién sabe si no habrán recobrado la ilusión por salir de allí nada más que por volver a puntear una guitarra o cantar a gritos y bailar. Y volver a respirar.
sábado, 30 de mayo de 2015
miércoles, 27 de mayo de 2015
De vuelta a casa
Acostada al lado de la persona con la que ha compartido su vida, gimiendo, agarrada a su brazo inerte, mi tía intenta descansar. Se queda dormida al lado de su marido quien lleva enfermo, semiinconsciente, sin comer y a ratos agitado, tres días. Mi tío lleva muchos años enfermo, impedido y con la cabeza perdida. Ha llegado el momento de descansar. Aunque mi prima le cuida primorosamente, como si hubiera futuro y de algún modo, le retiene y se resiste a verle marchar. En julio cumpliría 90 años.
Mi tía se aferra a su brazo como para no dejarle ir a ninguna parte. No quiere que se lo arrebaten.
Y al tiempo se acurruca sobre ese brazo como una niña perdida que recupera en esa mano el camino a casa.
Mi tía se duerme así, rodeada de gente y agarrada a la mano de quien ha sido su vida. Y tal vez sueñe con esa vida larga juntos, con los primeros momentos difíciles y todos los demás llenos de vida y de fuerza. Porque mi tío era un persona explosiva, arrasadora. Verle así, como le hemos visto estos años de enfermedad, ha sido difícil. Mucho más lo habrá sido para él.
Hacemos un viaje rápido para despedirnos de él.
El campo está hermoso, como siempre. El calor temprano ha secado las espigas todavía sin cuajar y sus rubios balanceos arremeten contra la tierra rojiza y fértil que recorta un intenso cielo azul luminoso. En un "piazo", las amapolas han inundado la tierra como un manto de sangre.
La vida corriendo por las venas de la naturaleza, recordando lo que somos: un milagro finito.
Hemos de ir despidiéndonos de nuestros seres queridos,
de esa casa encalada y luminosa que era la vida donde nuestros mayores nos guiaban y protegían, donde todo estaba donde debía estar y era el tiempo de la risa y la despreocupación.
Ahora nos toca cuiadarlos, arroparlos en ese momento frío que debe de ser sentir, saber, que los días son ya horas y la vida una pesada carga que se termina.
Nos toca armarnos de coraje y con esa impuesta armadura esperar la muerte como si no fuera una falla que nos parte por la mitad y nos lanza a otra vida más inhóspita y seca. Nunca queremos recibirla, nunca es tiempo para ella. Sin embargo sabemos que el sufrimiento inútil, la agonía sin destino no tiene sentido. Y sabemos que es mucho mejor que descanse en paz. Por más que nos emocione verle abrir los ojos, acompañarnos con su mirada perdida y vaga que ya no sabemos si ve ni está.
Se nos resquebraja la casa y nunca más volveremos a ser los mismos.
La vida es descansar al lado de los que quieres y amarrarte a ellos para recuperar el camino de vuelta a casa, al corazón.
La vida es afrontar la muerte, esperarla amarrados al amor hasta el último aliento. Como conjurándola o al menos haciéndole ver que ella no nos asusta porque estamos de vuelta a casa.Y en casa, en nuestro corazón, ella nunca podrá entrar por mucho que nos lo arrase de tristeza y de vacío.
En ese sueño amarrado de mi tía supe que yo también quiero dormir así y esperar el final anclada a las personas que me han dado tanto y sin las que no puedo pensar la vida.
Mi tía me ha enseñado todas esas cosas este fin de semana y ella, que no lo sabe, así se lo ha dicho también a esa muerte que espera aferrada a la mano de "su vida "que languidece ya para siempre.
Mi tía se aferra a su brazo como para no dejarle ir a ninguna parte. No quiere que se lo arrebaten.
Mi tía se duerme así, rodeada de gente y agarrada a la mano de quien ha sido su vida. Y tal vez sueñe con esa vida larga juntos, con los primeros momentos difíciles y todos los demás llenos de vida y de fuerza. Porque mi tío era un persona explosiva, arrasadora. Verle así, como le hemos visto estos años de enfermedad, ha sido difícil. Mucho más lo habrá sido para él.
Hacemos un viaje rápido para despedirnos de él.
El campo está hermoso, como siempre. El calor temprano ha secado las espigas todavía sin cuajar y sus rubios balanceos arremeten contra la tierra rojiza y fértil que recorta un intenso cielo azul luminoso. En un "piazo", las amapolas han inundado la tierra como un manto de sangre.
La vida corriendo por las venas de la naturaleza, recordando lo que somos: un milagro finito.
Hemos de ir despidiéndonos de nuestros seres queridos,
de esa casa encalada y luminosa que era la vida donde nuestros mayores nos guiaban y protegían, donde todo estaba donde debía estar y era el tiempo de la risa y la despreocupación.
Ahora nos toca cuiadarlos, arroparlos en ese momento frío que debe de ser sentir, saber, que los días son ya horas y la vida una pesada carga que se termina.
Nos toca armarnos de coraje y con esa impuesta armadura esperar la muerte como si no fuera una falla que nos parte por la mitad y nos lanza a otra vida más inhóspita y seca. Nunca queremos recibirla, nunca es tiempo para ella. Sin embargo sabemos que el sufrimiento inútil, la agonía sin destino no tiene sentido. Y sabemos que es mucho mejor que descanse en paz. Por más que nos emocione verle abrir los ojos, acompañarnos con su mirada perdida y vaga que ya no sabemos si ve ni está.
Se nos resquebraja la casa y nunca más volveremos a ser los mismos.
La vida es descansar al lado de los que quieres y amarrarte a ellos para recuperar el camino de vuelta a casa, al corazón.
La vida es afrontar la muerte, esperarla amarrados al amor hasta el último aliento. Como conjurándola o al menos haciéndole ver que ella no nos asusta porque estamos de vuelta a casa.Y en casa, en nuestro corazón, ella nunca podrá entrar por mucho que nos lo arrase de tristeza y de vacío.
En ese sueño amarrado de mi tía supe que yo también quiero dormir así y esperar el final anclada a las personas que me han dado tanto y sin las que no puedo pensar la vida.
Mi tía me ha enseñado todas esas cosas este fin de semana y ella, que no lo sabe, así se lo ha dicho también a esa muerte que espera aferrada a la mano de "su vida "que languidece ya para siempre.
sábado, 25 de abril de 2015
El cuchillo de lava
¿Lo has sentido alguna vez?
Llega con una mala noticia. Una de esas que resquebraja tu mundo y lo deja huérfano entre el pavor y la impotencia. La pérdida de salud tuya o de un ser querido, la perdida de trabajo, la perdida de un amigo, la perdida de un ser querido... Como un trallazo.
Te atraviesa de arriba abajo, frío y lacerante como la hoja afilada de un cuchillo implacable. Al tiempo que te invade una quemazón que te impide respirar, que te lleva a querer huir corriendo a otro lugar donde puedas esquivar ese golpe que amenaza con desmoronar tu mundo, tu suelo. Huir y al mismo tiempo esconderse. Dormir. Desaparecer. O al menos tu conciencia. Imploras la inconsciencia que te evite ese sinsentido que a partir de ahora será el único sentido de tu existencia. Y no quieres. No puedes aceptarlo ¿Por qué?
Huir y esconderse, en un solo movimiento. Rayano en la locura.
Pero sabes que no es posible. Que ese cuchillo de lava te acompañara adonde vayas, llegará hasta tus sueños.
Y sólo podrás ir amansándolo para poder seguir respirando, para poder seguir viviendo.
Amansarlo, apaciguarlo, para poder pensar y buscar el atajo que te permita continuar, atravesada por ese metal despiadado que ha convertido tu corazón en un páramo arrasado por el dolor y el miedo.
Cuando ese frío llega, nada sirve salvo un abrazo.
Perderse en los brazos mullidos de alguien que te espera para sobrellevar ese peso, que es solo tuyo y nadie puede compartir. Pero sí puede abrazarlo. Domesticarlo. Devolverte con él la certeza de que alguien estará ahí para cuando tú no puedas seguir adelante o tengas la tentación de pensar que no eres capaz, que no tienes fuerzas. Un simple y cálido abrazo donde poder descansar. Un instante. El instante preciso para abandonarte al amor y entender que incluso siendo otra, atravesada por el cuchillo, alguien va contigo y no teme cortarse.
Si lo has sentido alguna vez, mira a tu alrededor y pregúntate si alguien a quien quieres no estará atravesado por ese tormento y estará esperando tu abrazo. Para poder sentir que puede seguir adelante. Sólo con el calor de tu abrazo.
Llega con una mala noticia. Una de esas que resquebraja tu mundo y lo deja huérfano entre el pavor y la impotencia. La pérdida de salud tuya o de un ser querido, la perdida de trabajo, la perdida de un amigo, la perdida de un ser querido... Como un trallazo.
Te atraviesa de arriba abajo, frío y lacerante como la hoja afilada de un cuchillo implacable. Al tiempo que te invade una quemazón que te impide respirar, que te lleva a querer huir corriendo a otro lugar donde puedas esquivar ese golpe que amenaza con desmoronar tu mundo, tu suelo. Huir y al mismo tiempo esconderse. Dormir. Desaparecer. O al menos tu conciencia. Imploras la inconsciencia que te evite ese sinsentido que a partir de ahora será el único sentido de tu existencia. Y no quieres. No puedes aceptarlo ¿Por qué?
Huir y esconderse, en un solo movimiento. Rayano en la locura.
Pero sabes que no es posible. Que ese cuchillo de lava te acompañara adonde vayas, llegará hasta tus sueños.
Y sólo podrás ir amansándolo para poder seguir respirando, para poder seguir viviendo.
Amansarlo, apaciguarlo, para poder pensar y buscar el atajo que te permita continuar, atravesada por ese metal despiadado que ha convertido tu corazón en un páramo arrasado por el dolor y el miedo.
Cuando ese frío llega, nada sirve salvo un abrazo.
Perderse en los brazos mullidos de alguien que te espera para sobrellevar ese peso, que es solo tuyo y nadie puede compartir. Pero sí puede abrazarlo. Domesticarlo. Devolverte con él la certeza de que alguien estará ahí para cuando tú no puedas seguir adelante o tengas la tentación de pensar que no eres capaz, que no tienes fuerzas. Un simple y cálido abrazo donde poder descansar. Un instante. El instante preciso para abandonarte al amor y entender que incluso siendo otra, atravesada por el cuchillo, alguien va contigo y no teme cortarse.
Si lo has sentido alguna vez, mira a tu alrededor y pregúntate si alguien a quien quieres no estará atravesado por ese tormento y estará esperando tu abrazo. Para poder sentir que puede seguir adelante. Sólo con el calor de tu abrazo.
miércoles, 15 de abril de 2015
Raíces
Algunos días , pequeños acontecimientos colocan las cosas en su sitio. Al menos momentáneamente. Gracias a ellos aparece clara la diferencia entre lo importante y lo urgente. Se impone la verdad de la realidad de una manera ineludible y radical.
Esos pequeños acontecimientos son las raíces de la vida, las que nos conectan con la esencia de vivir. Raíces aparentemente frágiles, ocultas en su oscura presencia, pero que sostienen el trayecto no siempre fácil que supone vivir.
El domingo 12 de abril, en el salón de actos del centro cultural Pablo Iglesias de Alcobendas un pequeño acontecimiento, y no nuevo para mí, me llevó a un lugar cálido en cuyo trayecto me había extraviado. Y allí, lo encontré. Un espacio dulce, algodonado, donde el aire entra en los pulmones con intensidad y de donde no quisiera moverme nunca más.
(Está tan guapo que hasta se sale la foto del encuadre...jajajaja No sé por qué)
Las raíces son mi hijo, mi hijo en estado puro. Mi hijo al que he extraviado por el camino espinoso de la adolescencia.
Las raíces son la sonrisa de mi hijo que también he extraviado en ese trayecto oscuro de la incomunicación y los desencuentros.
Las raíces son su concentración, su responsabilidad, la admiración de sus superiores y su relación con los compañeros.
Las raíces son verle disfrutar, ser él mismo, el que siempre ha sido y que yo he perdido. Generoso, amable, sereno, inocente.
Las raíces son todo el amor y la admiración que siento por él y se me van quedando por el camino, sin darme cuenta. Sin darme cuenta de que me quedo yo también, por el camino, porque pierdo lo más importante, mis raíces, Las que me atan a lo único importante de la vida: compartir emociones con los que amas.
Raúl tú eres lo que amo y la única emoción que llena mi vida. Que ahora está muy vacía porque estamos muy lejos.
Te quiero, Raúl.
Esos pequeños acontecimientos son las raíces de la vida, las que nos conectan con la esencia de vivir. Raíces aparentemente frágiles, ocultas en su oscura presencia, pero que sostienen el trayecto no siempre fácil que supone vivir.
El domingo 12 de abril, en el salón de actos del centro cultural Pablo Iglesias de Alcobendas un pequeño acontecimiento, y no nuevo para mí, me llevó a un lugar cálido en cuyo trayecto me había extraviado. Y allí, lo encontré. Un espacio dulce, algodonado, donde el aire entra en los pulmones con intensidad y de donde no quisiera moverme nunca más.
(Está tan guapo que hasta se sale la foto del encuadre...jajajaja No sé por qué)
Las raíces son la sonrisa de mi hijo que también he extraviado en ese trayecto oscuro de la incomunicación y los desencuentros.
Las raíces son su concentración, su responsabilidad, la admiración de sus superiores y su relación con los compañeros.
Las raíces son verle disfrutar, ser él mismo, el que siempre ha sido y que yo he perdido. Generoso, amable, sereno, inocente.
Las raíces son todo el amor y la admiración que siento por él y se me van quedando por el camino, sin darme cuenta. Sin darme cuenta de que me quedo yo también, por el camino, porque pierdo lo más importante, mis raíces, Las que me atan a lo único importante de la vida: compartir emociones con los que amas.
Raúl tú eres lo que amo y la única emoción que llena mi vida. Que ahora está muy vacía porque estamos muy lejos.
Te quiero, Raúl.
martes, 14 de abril de 2015
Hebras
6: 20 de la mañana. El tableteo de mi corazón me dice que no me esfuerce ni dé más vueltas: no voy a dormir más por hoy. Cinco horas y veinte han sido suficientes para mantener a raya a las emociones que me tienen en vilo.
Hoy es un día especial para un amigo especial y para todos los que le queremos. Por eso ayer me acosté con el calendario palpitándome y hoy ya es complicado recuperar el sueño perdido.
El calendario palpitante también me sacudió ayer por la noche, a bocajarro. Contenta y entusiasmada acudí con Virginia, Gaby y Juan a la entrega de unos premios bien interesantes: Premios a los Optimistas Solidarios que entrega la revista Anoche tuve un sueño.
Su fundadora nos explicaba que se han creado para celebrar y felicitar a las personas que dedican su vida a hacer pequeñas cosas que cambian el mundo y lo mejoran. Su fundadora estaba definiendo así a Música en Vena.
En medio de esta entrega de premios- y como no podía ser menos porque él fue un luchador que con su ejemplo, su poesía y su trabajo diario cambió el mundo y lo mejoró- se "lloró" la muerte de Eduardo Galeano. No sabía nada y fue como un mazazo.
Hay personas que no deberían desaparecer nunca. Son la voz de los silenciados y las manos que sostienen la esperanza y el mundo. El mundo, la verdad, ayer se quedaron más desarropados sin los ojos azules de Galeano
destapando la realidad para cobijar a los oprimidos y expoliados en una lucha por la justicia y la igualdad apuntalada por la poesía y la dulzura de su voz.
Me fui del evento conmocionada, olvidando una lección que me dio mi amigo Juan hace poco. Me fui corriendo tras lo urgente , olvidando lo importante. Aunque lo que mi amigo Juan no me ha enseñado todavía (¿O sí, Juan?) es cómo diferenciar ambas cosas, cómo saber dirimir qué es qué. Por eso ayer salí a de esta entrega de premios a una hora razonable que me hiciera llegar a casa con el margen suficiente para poder completar las obligaciones de una jornada de de 15 horas sin parar. Y me perdí algo importante, claro. Lo urgente - confabularme contra el cansancio y cumplir mi obligación-se llevó por medio a lo importante: ver el homenaje que recibió Música en Vena.
Todavía no distingo bien lo importante de lo urgente, pero lo medio intuyo. No sabíamos si Música en Vena iba a aparecer en la ceremonia, no había noticias al respecto. Yo tenía la mosca detrás de la oreja. Por eso no me pude acostar sin preguntarle a Virginia qué había pasado y así me enteré de que me había perdido algo importante.
Me enteré a las 00:30 y, así me fui a la cama, sumándose esta alegría a las otras hebras, bullendo en mi cabeza, tableteando mi corazón.
Por eso hoy, a las 6: 20 sabía que no podría descansar más, como también sabía que no podría tener un buen día hasta que no estuviera aquí, "tableteando" las teclas al ritmo de mis latidos para dejar descansar o al menos para dar una tregua a la montaña rusa en la que, desde hace unos días, se deslizan mis emociones.
Y aquí estoy, sobre todo por ti. Porque los dos sabemos de hilos, de hilos mágicos, invisibles que tiran y sujetan fuertes como el acero. Y aturdida me doy cuenta de que todo esto que me impide dormir y me tiene emocionalmente despierta y viva es parte del mismo hilo. Hebras de un hilo en el que descansa mi ilusión y mi fuerza.
Con un escalofrío me he dado cuenta de que fue Galeano, quizá, quien enhebró la aguja con la que hemos tejido nuestra amistad (¿recuerdas?) y MeV el trampolín que me animó lanzarme a invadirte con mensajes más personales e íntimos. Iniciando así y gracias a tu generosa escucha y tu increíble respuesta este lazo que ahora tira de mi corazón y me sitúa cerquita de ti en este día especial en el que lo importante se alía con lo urgente y juntos, de la mano, me dicen que no hay nada hoy que no sea estar a tu lado y tirar juntos de este hilo tan hermoso. Y en eso estamos, Juan. ¡Vamos allá!
lunes, 13 de abril de 2015
Eduardo Galeano.El hombre que escribía los abrazos
Me acabo de enterar de la muerte de Galeano. A bocajarro.
Es como si algunas persona no fueran, no tuvieran que desaparecer. He sentido un sentimiento de orfandad tremendo. Como si el mundo, sin sus manos,se viniera mucho más abajo, en caída libre.
Me pasó con Sampedro y con Saramago.
Hoy he pensado algo absurdo cuando me he enterado Sabía lo de Gunter Grass y ha sido como pensar que el cupo de hoy ya había sido cubierto:" ¿A santo de qué tambien Galeano?"
Era mayor ya pero esos ojos azules no parecían envejecer así cómo su visión del mundo y su defensa de los desfavorecidos con esa palabra tan cargada de poesía y emoción.
Palabras

Nos ha dejado una persona que hacía libros con abrazos, que nos enseñaba las
venas abiertas de los desfavorecidos y las injusticias por las que habría que
poner el mundo patas arriba. La realidad se queda huérfana. La poesía también.
Esos ojos azules que parecían no envejecer ya no iluminarán la verdad
silenciada. Nos queda la luz de su palabra cargada de lucha y dolor,
denunciando, acariciando.El mundo se ha oscurecido un poquito más hoy.
Más sobre Galeano
Es como si algunas persona no fueran, no tuvieran que desaparecer. He sentido un sentimiento de orfandad tremendo. Como si el mundo, sin sus manos,se viniera mucho más abajo, en caída libre.
Me pasó con Sampedro y con Saramago.
Hoy he pensado algo absurdo cuando me he enterado Sabía lo de Gunter Grass y ha sido como pensar que el cupo de hoy ya había sido cubierto:" ¿A santo de qué tambien Galeano?"
Era mayor ya pero esos ojos azules no parecían envejecer así cómo su visión del mundo y su defensa de los desfavorecidos con esa palabra tan cargada de poesía y emoción.
Palabras
Nos ha dejado una persona que hacía libros con abrazos, que nos enseñaba las
venas abiertas de los desfavorecidos y las injusticias por las que habría que
poner el mundo patas arriba. La realidad se queda huérfana. La poesía también.
Esos ojos azules que parecían no envejecer ya no iluminarán la verdad
silenciada. Nos queda la luz de su palabra cargada de lucha y dolor,
denunciando, acariciando.El mundo se ha oscurecido un poquito más hoy.
Más sobre Galeano
sábado, 11 de abril de 2015
Una hechicera
Llegó como me gusta que lleguen las bondades de la vida, por sorpresa, sin buscarlas. Joaco me propuso ir a un concierto y yo, admirada y sorprendida, no dudé en aceptar.
El concierto era de ella y de un quinteto de cuerda.
Ella llenó la sala con su voz y conectó con algo profundo y esencial dentro de nosotros. Su voz es un torrente que te lleva por cauces sorprendentes, recorriendo todos los paisajes, haciéndolos nuevos y ancestrales al mismo tiempo.
Después de escucharla estoy segura que los hechiceros de la tribu en los originarios poblados de seres humanos primitivos lo fueron por su forma de conectar con los demás a través de la voz. Como ella.
La escuchas y el mundo se para. No existe. Solo existe ella y a veces hasta te gustaría acallar a los instrumentos que la acompañan para solo perderte en ese prodigio.
Yo, que necesito de la palabra para todo, sé de su impotencia para expresar algunas experiencias. Sé que no pueden llegar donde he estado, y no pueden comunicar lo que he sentido. Y su impotencia es la mía. Como ahora. Que no puedo expresar lo que vivimos esta tarde en la que Silvia Pérez Cruz, una desconocida para mí, se instaló dentro de mí para quedarse para siempre. Removiendo lo que soy y lo que puedo ser al sentir y estremecerme con una voz bella, profunda,maravillosa. Al dejarme mecer por su canto limpio y creador de un mundo perfecto y feliz donde solo hace falta cerrar los ojos y escuchar. Escucharla. Sentir.
Cerremos los ojos, pues. Aquí la tenemos.
El concierto era de ella y de un quinteto de cuerda.
Ella llenó la sala con su voz y conectó con algo profundo y esencial dentro de nosotros. Su voz es un torrente que te lleva por cauces sorprendentes, recorriendo todos los paisajes, haciéndolos nuevos y ancestrales al mismo tiempo.
Después de escucharla estoy segura que los hechiceros de la tribu en los originarios poblados de seres humanos primitivos lo fueron por su forma de conectar con los demás a través de la voz. Como ella.
La escuchas y el mundo se para. No existe. Solo existe ella y a veces hasta te gustaría acallar a los instrumentos que la acompañan para solo perderte en ese prodigio.
Yo, que necesito de la palabra para todo, sé de su impotencia para expresar algunas experiencias. Sé que no pueden llegar donde he estado, y no pueden comunicar lo que he sentido. Y su impotencia es la mía. Como ahora. Que no puedo expresar lo que vivimos esta tarde en la que Silvia Pérez Cruz, una desconocida para mí, se instaló dentro de mí para quedarse para siempre. Removiendo lo que soy y lo que puedo ser al sentir y estremecerme con una voz bella, profunda,maravillosa. Al dejarme mecer por su canto limpio y creador de un mundo perfecto y feliz donde solo hace falta cerrar los ojos y escuchar. Escucharla. Sentir.
Cerremos los ojos, pues. Aquí la tenemos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)







