Si me paro, me ahogo.
Si me paro, me hundo.
Si me paro, el dolor.
Si me paro, el vacío.
Si me paro, existir.
Si me paro, sentir.
Si me paro, la herida engulle.
Si me paro, la vida descarrila.
No me paro. Sujeta mi latido el puro movimiento.
Si me paro, me ahogo.
Si me paro, me hundo.
Si me paro, el dolor.
Si me paro, el vacío.
Si me paro, existir.
Si me paro, sentir.
Si me paro, la herida engulle.
Si me paro, la vida descarrila.
No me paro. Sujeta mi latido el puro movimiento.
La tristeza me embadurna con sabor a brea.
Me sepulta y no sé donde ser ni qué ponerme.
Me revuelvo en su soledad que me aúlla que huya.
Huyo
Rodeada de otros, caigo.
Caigo en la cuenta y en el precipicio de entender
que solo ellos, las ausencias que nacen mi tristeza,
podrían anegarla de luz y de esperanza.
Este barrio que amabas en mis letras, está ,ahora, salpicado de nueva vida. Morada. Y se me clava con la fuerza de la savia que la empuja. Inmisericorde.
Florecillas moradas, minúsculas crecen entre las piedras de los muros que jalonan el barrio. Cansado, humilde. Como regueros de belleza que impiden que se rinda.
Lilas, simples, fragantes, como milagros encendidos, sorprenden y acicalan las calles ajadas y saludan como banderas blancas, de pactos imposibles con la derrota.
Las veo, tan pequeñas, tan llenas de vida, tan hermosas... y se me clavan como añicos, sin ti.
Todo lo hermoso me lleva a ti, me precipita a tu vacío y emborrona cualquier intento de comprender y seguir adelante.
La naturaleza volviendo a la vida, eres tú y me persigue en su sinrazón y su violencia sin ti. Me rompe de emoción tanta esperanza hecha vida, sin ti.
Todo lo que te recuerda a ti, me condena al sinsentido. Hace palpable tu ausencia y me ciega.
No hay espacio para esto más que todo lo que eres y todo eso, todo lo que inabarcablemente eres, me levanta la piel y me deja abortada en el camino.
Hablan de ti, de tu decencia, de tu docencia, de tu talla moral e intelectual, de tu insobornable compromiso...y sí. Sí, claro que sí. Pero a mí me faltan muchas piezas de tu rompecabezas emocional, del mapa de tu corazón, de tu recorrido vital. Y así, despiezada, descabezada me rindo ante la evidencia de que nadie más que tú podría aliviar mi duelo, mi egoista dolor. Nadie podrá arropar esta debilidad, calmar esta necesidad. Nadie podrá acariciar mis cicatrices ni curarlas. Nadie que no seas tú. Y ahora eres, por siempre, una enorme cicatriz que me recorre el espinazo y que cuando la tocan, me sacude un latigazo de nombre no inventado que desdibuja cualquier intento de respirar y creer que la vida es posible.
¿Cómo podrás acariciar lo que ya eres y yo no puedo sostener?
Te echo, indecentemente, de menos. Hueco y cicatriz. Carne viva. Pura muerte. En vida.
Nada me sale al encuentro.
A veces, las palabras de otras.
Las mías, ya no.
Invalida, doblegada por el dolor, te vuelcas en tus torrijas.
El olor a miel y a pan frito me arrebata hacia una niñez feliz que no existió, pero que queda en mí.
Las torrijas descansan ya en su baño de vino meloso. Las mías quemadas, como me gustan.
En su bandeja me hablan, me zarandean. Me gritan lo que no entiendo y me subleva.
Fecundada de dolor, te revelas en esos gestos. No parar. Ser la que eras en todo lo que hacías antes, fácilmente, y que ahora te cuesta un mundo. Y a mí un dolor insoportable.
El aroma de la miel deshecha me reconcilia con tanta rabia y desencuentro. Deshecho también se puede ser dulce. Tengo que intentarlo.
Me refugio en mi sueño ligero. El único resorte de vida.
El otro día soñé contigo. Nos abrazamos llorando. Con prisa. Tenías prisa. Te fuiste.
Yo no. Ni tu abrazo tampoco.
Esos abrazos...
Desde aquel día, la pura intemperie.
Te quiero.
No comprendo la vida sin ti.
Es así.