viernes, 23 de agosto de 2013

El pueblo


El pueblo significa muchas cosas. Muchísimas. Más de las que yo pensaba: recuerdos, emociones, olores, nostalgias, tristezas, muchas alegrías.Pienso en el pueblo y  acuden a mí en tropel.




El sabor indescriptible de unas morcillas fritas en un bocadillo de pan todavía caliente del horno mientras me lo como en las escaleras del patio de mi tía Nieves recién levantada.


Las comidas de toda la familia. Familia numerosa alrededor de dos mesas: una para adultos y otra para los niños. El bullicio, la alegría de estar todos juntos.Los que vivimos fuera de Madrid íbamos a pasar allí el verano y nos juntábamos muchos.


Los botijos en las entradas de las casas, atesorando agua fresca para beber a chorro cuando tuvieras sed. Botijos para los adultos y , de nuevo, botijos para los niños (eramos muchos primos).


Las reuniones de la familia bajo la higuera de la casa de mis abuelos en un continuo entrar y salir de gente cada día.


El olor a higuera que es el único olor que me traspasa y me pone en contacto con algo muy íntimo y ya perdido. Quizá porque fue el olor de mi infancia y lo relaciono con el paraíso perdido.


Las excursiones a la piscina de Piqueras,el pueblo de al lado. Con una ilusión incontenible.


La máquina de tricotar de mi prima Herminia con quien me tocaba dormir a veces (Nos repartíamos por las casas de todos los tíos).


Las meriendas de toda la familia en la hoz. Montábamos en un camión de mis tíos toda la familia y nos acompañaban el pan, las chuletas, las patatas, los pepinos, las sandias...que nos comeríamos al arrullo del río que refrescaba las bebidas. La emoción de un viaje ilegal, sentados en sillas de mimbre en la parte de atrás del camión, botando con los baches y sintiendo el aire en la cara con alegría.


Las tortas de manteca, el sopa en vino o el pan con aceite de las meriendas de la abuela.


El acoso y la crítica permanente por ser la "forastera". Por eso nunca logré integrarme del todo y me costaba salir a la calle.


Las horas interminables jugando en el taller de mi abuelo con mis cacharritos. Y el serrín. Y el remolío.


El olor a madera y el ruido de las máquinas de los talleres que salpicaban el pueblo.


El ruído de la fragua del vecino que nos acompañaba cada día como un latido constante.


La incompresión, la diferencia de pensamiento y de forma de entender la vida.


Mis abuelos. Siempre mayores en la memoria y tan diferentes entre si.


Todos mis tíos jóvenes y activos.


El olor a la cueva porque no había nevera.


La belleza de lo sencillo.


Las gallinas, los conejos, los cerdos...hacer mis necesidades en el balaguero con ellos.


Los paseos que no di con mi abuelo a quien cada noche le prometía que le acompañaría por la maña temprano cuando él salía pasear por el campo y por el pueblo cada día. Cuando yo me levantaba muy tarde, él ya llevaba horas de vuelta y me miraba entre decepcionado y divertido dando golpes de cabeza. Sin decir nada como siempre.

Los paseos que no di con él y las conversaciones que no tuve y que sé que me hubieran encantado y me hubieran ayudado a conocerle más. Porque fue un auténtico desconocido que presidía la familia pero que nunca hablaba.

Una paloma de anís fresca y deliciosa.


Ir a la fuente a llenar los botijos de agua.


Mis caídas inevitables en carreras torpes por culpa de mis pies planos y mis rodillas y mis codos malheridos cada verano.


El fresco sentados en la puerta de mi abuela con toda la familia y las vecinas.


La auténtica plenitud de una siesta encalada protegiéndonos del calor sofocante del mediodia. Despertar de la profundidad de un mundo en orden y placentero que me devolvía al silencio adormecido de la casa y al trinar de los pájaros siempre activos en la higuera.


El aburrimiento más absoluto de ver las horas pasar.


El frío inclemente de las camas en invierno. El hueco que hacías en el colchón de lana y del no podías salirte sin sentir que se te congelaba algo.


El olor a las estufas de leña en las calles, en las casas.


Un cielo estrellado irrepetible por el que recorrer el camino de Santiago y descubrir el carro, el oso...


La cal, el blanco azulado de las casas encaladas que te obligaba a cerrar los ojos al reflejo del sol.


El  mundo en orden. El espejismo de la felicidad.



En los últimos años el pueblo también es muchas otras cosas:


La casa de mis abuelos , ahora de mis padres, renovada y en la que mi hijo ha disfrutado mucho cada verano.


Ver envejecer a mis tíos.


El cementerio donde visito a mis abuelos.


Y dos caminos maravillosos que no me canso de recorrer cada día al atardecer o al amanecer.


Un camino por campos de girasoles, cebadas, vides, olivos... campos plagados de hermosos girasoles  que recortan los recolectados campos rubios de cebada.


             
                                                                                                                                                                                                         
                                         
 El silencio, la luz violeta de unos atardeceres espectaculares que siembran el horizontes de tonos rojizos hasta que la luz se va.

 





El camino de la hoz. La hoz del río Gritos que recuerda lo que hace años fue un caudaloso lecho sinuoso y rítmico. y que ahora se ha convertido en un espectáculo de colores ocres, blancos, negros, verdes


   en el que los buitres pasan desapercibidos hasta que despliegan su alas y se deciden a obsequiarnos con su vuelo majestuoso y sereno. 

Rocas altas flanqueadas de chopos, higueras (de nuevo), castaños que se mecen acompasados con el viento de la mañana y nos refrescan con su sombra y su acariciante murmullo. Rocas doradas al recibir el primer sol de la mañana que le devuelve al día una luz embriagadora y mágica.

                                          

 El rocío empapado de olores que  encabalgan unos en otros despertando los sentidos dichosos y abrumados.El viento arrullando las ramas de los árboles, los pájaros despertando cantarines. Música  que brota en el silencio de la mañana.  


lunes, 19 de agosto de 2013

EL PORVENIR

Nada de lo que queda por venir me produce más que inquietud, miedo, desasosiego.

 Nada de lo que aparece en mi horizonte me despierta ilusiones o alegrías.

 El futuro se me aparece como un telón oscuro lleno de miedo y de tristeza. 

Me empeño por eso en vivir el presente, sin querer mirar al fondo. 


No levanto la vista para no ver la inevitable despedida de mis seres queridos que llegará demasiado pronto (nunca es suficientemente tarde). 

No levanto la vista para no ver mi futuro profesional siempre pendiente de un hilo, en este momento más frágil y quebradizo que nunca e hilvanando mi propio  desgaste personal. 
Tampoco me ayuda levantar la vista para mirar atrás porque entonces me pregunto qué he estado haciendo toda mi vida- además de trabajar sin parar- para estar en el mismo sitio de manera más precaria, claro.

No levanto la vista para no ver mi decadencia física también inevitable por mucho que yo luche contra el paso del tiempo y no piense colaborar con él.

No levanto la vista para no ver la situación general de este país, de este mundo, que parece dispuesto a destruirse sin pestañear y en beneficio de unos pocos.

Levanto la vista para ver a mi hijo crecer, hermoso, con fuerza. Y aún eso que me hace levantar la vista y un poco el ánimo, me llena de congoja porque sé que cada vez estará más lejos de mí y cada vez más sentiré que lo he ido perdiendo por no hacerlo demasiado bien. Como me pasa ahora.

No levanto la vista y con los ojos bajos me refugio en el presente que me regala todo eso que algún día echaré dolorosamente de menos.


miércoles, 7 de agosto de 2013

Auschwitz I tiene escalones

Quizá era eso: no entendían nada, había tanta gente a la que seguían sin saber bien dónde iban, que no daba tiempo a reaccionar, a pensar, a sentir nada más que confusión e irrealidad.

En un momento, sentí que no tenía sentido esa visita que tanto había esperado y temido: parecía un parque temático en el que te cruzabas con riadas de personas sin poder interiorizar ni digerir dónde estabas. 




Estabas en Auschwitz I.

Atravesé la famosa puerta que en mi imaginario era una enorme boca antesala del infierno

y resultó ser una verja pequeña, con la leyenda ofensiva casi desdibujada que apenas podía leer entre las cabezas que se interponían.




 Estaba en Auschwitz y he pasado tantas horas en este nombre, he sentido tanto horror en ese nombre tantas horas de mi vida, que de repente sentí que estaba traicionando todo eso al no poder sentir más que confusión y necesidad de sentir algo más.Ante esa imposibilidad quise capturarlo todo lo que no podía asimilar
para poder analizarlo después. Y tengo que reconocer, que en la soledad de la noche, horas después, sentí más compasión y piedad viendo esas fotos, que en toda la visita a este primer campo.

Auschwitz es barbarie, brutalidad, crueldad, deshumanización, terror..... y yo me encontré con miles de turistas y con escalones. Auschwitz tenía escalones. Nunca leí nada sobre esos escalones y recorrerlos, subirlos y bajarlos me dio una dimensión diferente. Quizá porque los escalones establecen un orden que es la antítesis del caos de Auschwitz. En el campo no  se sabía a qué normas atenerse, no había normas, ni reglas, ni forma de zafarse de ellas que no existían pero que se imponían cada segundo. Y los escalones establecían una estructura en esa amalgama sin sentido. Quizá los escalones les devolvía a los presos su categoría de humanos que tan eficazmente los nazis se imponían eliminar. Rompían la horizontalidad que los animalizaba. Se cruzaban con otros cuando subían o bajaban. Buscaban una dirección.

Auschwitz tiene escalones




y a mí me desarmaron dentro de la confusión que supuso esa visita "turística" en medio de un bosque precioso,
                                              un 6 de agosto, calurosísimo.

Sólo pude intuir el terror cuando entré en la cámara de gas,
agolpada entre otras muchas personas y pude medio entrever el pavor y la falta de posibilidad de reacción que debían sentir esas miles de personas que en la oscuridad no sabían lo que les esperaba. Ahí, sí me pitaron los oídos al galope de mi corazón. 


Ni siquiera la vista de los hornos crematorios,asépticos, fríos y silenciosos, me hizo estremecerme.












Aliviada salgo al exterior soleado sin poder entender cómo una maquinaria perversa y de dimensiones monstruosas podía consistir en algo tan básico y primitivo.

Reseca, casi enfadada me dirigí a Auschwitz-Birkenau

martes, 6 de agosto de 2013

AUSCHWITZ II BIRKENAU


Llegamos a Auschwitz Birkenau tras un breve trayecto en autobús. Son las 14:30, el calor resulta sorprendente para mí en esas latitudes y
seguimos siendo parte de esa riada humana que avanza en afluentes por el campo.
El campo es enorme y sólo se conservan los barracones de ladrillo.
 La otra parte, la mitad contruída en madera, está prácticamente destruída. 

Veo la vía del tren que muere en el propio campo 
y me pierdo en su longuitud y en la cantidad de trayectos realizados que terminaban en ella. 



Los vagones de ganado



que transportaban como tal a miles de víctimas que llegaban, si llegaban, exhaustas y sin poder imaginar nada peor que ese viaje. Pero ahí estaba. 



Ando al lado de la vía y me pierdo en sensaciones.



Y también me pierdo de esa guía española que nos ha tocado, que nos explica, con una seriedad que podría entenderse como respetuosa ante el lugar que nos recibe, pero que finalmente aparece ante mí como de hastío. 
La guía acaba enervándome por varios motivos.
             Va a un ritmo vertiginoso aunque no lo parezca. Sus pasos son aparentemente candenciosos y sin embargo si me paro a mirar, ya la he perdido y aparece con su sombrero como una mota en el horizonte. 
              No me ha dicho nada que no supiera y me pregunto si no me estaré perdiendo esa información tan valiosa cada vez que dejo de escucharla, que es constantemente. 

Ese viaje era tan profundo para mí que acabo enfadándome con ella hasta que intento ponerme en su piel y me pregunto cuántas veces tendrá que repetir la misma historia y en qué condiciones laborales desarrolla su trabajo. 


Pero eso fue después. Durante la visita, la persigo al mismo tiempo que intento abarcar el campo, entenderlo. Sólo es posible visitar algunos barracones. Asomarse a ellos a través de las muchas personas que nos acompañan.

Casi no puedo pensar. No me da tiempo a digerir entre las prisas y la cantidad de gente. Estoy sin estar y al terminar la visita guiada, entre un calor insoportable, decido que ahora yo necesito un tiempo sola, pisando sola esa tierra alimentada de cenizas y de dolor.

Afortunadamente, las visitas ya no llegan en tropel y puedo andar por los barracones yo sola, en silencio.

Entro en uno de ellos y en total silencio, ahora sí, entro en un barracón de Auschwitz. A la luz de ese día radiante, perfumado de bosque y de verano, es difícíl transportarse al infierno que era aquel lugar. 

Porque Auschwitz era gritos, olor a carne quemada, perros ladrando, desconcierto, pavor, un espejismo habitado por cadáveres rapados y andrajosos que intentan  sobrevivir en una lucha de la que desconocían las reglas o el sentido. 

Auschwitz era disparos y golpes, era chimeneas, humo y ceniza. Era dolor, incomprensión y terror. Era hacinamiento, hambre, frío, calor, olores nauseabundos. Era agotamiento, supervivencia. Era  muerte y destrucción.

A mí se me ha instalado todo ese abismo en el estómago cada vez que he leído la experiencia de algún superviviente y me ha costado desprenderme de él una vez cerrado el libro. De hecho me acompaña solo al escuchar ese nombre: Auschwitz.
      Y allí, sola, en aquel barracón, aséptico, vacío, en soledad, pude asomarme al hueco donde hacinados los presos soñaban por unas horas con sus vidas anteriores, con sus seres queridos, con comida.
Para despertarse de golpe y a golpes frecuentemente, a una realidad que los precipitaba de nuevo a eso en lo que que se habían convertido que no sabían bien lo que era, pero que consistía en una mezcla insoportable de terror, irrealidad y necesidad. 

Sola en el barracón  podía notar el latido desbocado de mi corazón y sentí un miedo inexplicable al escuchar a lo lejos el ladrido de unos perros. Porque para mí, en esa visión "literaria" que tengo de ese infierno, la banda sonora de Auschwitz son los ladridos estridentes de perros rabiosos entrenados para matar. 

Ando por el barracón, asustada y respetuosa; buscando , como tantas veces he hecho en mi imaginación, el hueco que me hubiera gustado elegir para no estar demasiado cerca o demasiado lejos de la puerta de entrada,
para no estar demasiado cerca ni demasiado lejos de la ventana, para no estar demasiado cerca ni demasiado lejos del capo que imponía una ley de injusticia en el barracón. Y por un momento puedo sentir la mirada aterrada de los que pasaron por allí y no pudieron elegir.


Salgo al sol y respiro profundamente. Miro a mi alrededor y veo la belleza de una naturaleza
que parece haber sido parte de esa tortura.






El lugar es de una belleza natural tal,
que su elección podría parecer una broma macabra más de las muchas que parecían diseñar los torturadores. 

Al lado de los restos de los crematorios
 y de las cámaras de gas,
 donde hombres mujeres y niños entraban engañados a darse una ducha y donde salían por la chimenea tras una muerte agonica y terrible, se levanta un bosque sereno y límpio donde parece imposible haber instalado esa maquinaria de horror y muerte.








La naturaleza más humana que el hombre y que , por eso, duele más contemplar.






Me agarro a las alambradas electrificadas
que siempre he pensado que hubieran sido mi elección si hubiera podido sobrevivir algún tiempo a ese aquellarre. 





Miro el pequeño estanque donde reposan  las cenizas de tantos asesinados. 



Piso la hierba
que constituye en sí misma un enorme cementerio.


 Me doy cuenta de que el horror de visitar Auschwitz no consiste en recordar a través de sus restos todo lo que allí sucedió. 
         Consiste en constatar que aquella máquina de destrucción sistematizada no es la consecuencia de la locura de dos descerebrados. Para llevar adelante aquella pesadilla fue necesaria la participación voluntaria de mucha gente (44.000 personas llegaron a trabajar en los campos) y la colaboración de países, fuerzas y empresas con poder que se beneficiaron de toda esa matanza.

          Y sobre todo el horror de Auschwitz, de visitar Auschwitz, consiste en constatar que no ha servido para nada tanto dolor y tanto desatino,


                           que hoy continúa.
         Quizá sea el momento de afrontar el holocausto desde la responsabilidad del presente y del futuro y no escudándose en él para repetirlo.


Salgo de Auschwitz Birkenau sintiendo que no es posible la poesía después de Auschwitz. Es necesaria. Para soportar la vida y, tal vez, mejorarla. 


Aunque la poesía que me acompaña en los últimos minutos en el campo sea un poco más de vacío.

Después de todo, todo ha sido nada,
a pesar de que un día lo fue todo.
Después de nada, o después de todo
supe que todo no era más que nada.

Grito ¡Todo!, y el eco dice ¡Nada!
Grito ¡Nada!, y el eco dice ¡Todo!
Ahora sé que la nada lo era todo.
y todo era ceniza de la nada.

No queda nada de lo que fue nada.
(Era ilusión lo que creía todo
y que, en definitiva, era la nada.)

Qué más da que la nada fuera nada
si más nada será, después de todo,
después de tanto todo para nada.


José Hierro 

domingo, 28 de julio de 2013

TICS

Llevo cuatro meses haciendo un curso on line sobre nuevas tecnologías aplicadas a la educación, TICS,
y no sé si me ha costado caro. Vamos a averiguarlo. 


El curso no es barato pero ha sido amortizado con creces. He aprendido mucho, ha tenido un componente práctico muy interesante y muy intenso.
Le he echado
muchas horas y me ha supuesto una tensión extra que es la que me ha pasado factura. Han sido muchas horas de ordenador, sacando tiempo de dónde no lo tenía y en un estado de alerta y de atención permanente que me ha llevado a cierto agotamiento físico y mental.

Pero he aprendido mucho, haciendo cosas que me gustan mucho y que me han dado muchas ideas para mi trabajo que ahora tendré que ir implementando.(Necesitaría un par de vidas más, pero bueno)

He extraído varias conclusiones con este trabajo. Conclusiones en lo personal y en general sobre Internet.

En lo personal me he dado cuenta de que yo puedo llegar a ser tremendamente eficaz pero no soy nada eficiente y creo que lo interesante en todos los aspectos de la vida es ser eficiente y conseguir objetivos a largo plazo. No creo que cambie mucho porque mi manera de funcionar va en dirección contraria, pero al menos me alegro de ser consciente de ello y de haber podido analizar más en profundidad lo que antes era una simple intuición.

Por otro lado, creo que no me gusta este mundo 2.0 y que me apasiona. 
      No me gusta porque tiene un componente adictivo que no se maneja del todo bien y porque el tiempo tiene otra dimensión cuando estás en el ordenador. He llegado a tener ansiedad y a aborrecer un poco todo esto por la tensión que me ha supuesto. 

    Me apasiona por la cantidad de puertas, de mundos que te abre. Es un universo de posibilidades en las que, como con todo, puedes enriquecerte o perder el tiempo. Depende del uso que hagas de ello.

    No me gusta porque es inabarcable y mi tendencia a la dispersión, a querer abarcar mucho, me lleva a perderme, a crearme expectativas irreales, a no saber gestionar mi tiempo y mis posibilidades. A perderme y a apretar poco finalmente. Me ha creado una gran confusión mental y la sensación de estar en muchos sitios y en ninguno.

    Me apasiona porque he disfrutado, y disfruto mucho haciendo según qué cosas. Creando material, videos, escribiendo este blog, pensando mi blog profesional... y tiene tantas posibilidades que es apasionante. Además, las fuentes de información son espectaculares. Solo necesitariamos un par de vidas más para poder filtrar, ver y leer todo lo interesante.

     No me gusta porque crea frustración y sensación de vértigo.

    Me apasiona por los canales de comunicación directa con otras personas que tienen los mismos intereses que tú y andan en las mismas batallas. Lo cual ayuda mucho a resolver problemas y a canalizar la información.


En el curso se planteaba la pregunta de si es posible vivir sin identidad digital. La pregunta se refiere a la vertiente profesional. La conclusión a la que llegamos es que una vez que te inicias y ves las posibilidades que brinda, y dados los derroteros que la sociedad está tomando, es prácticamente imposible. 
Sin embargo, yo he terminado pensando  que si se puede vivir sin entrar en este mundo, es mejor no entrar. Quizá depende de la personalidad de cada uno. Yo soy apasionada y un pelín exagerada y cuando entro en algo -lo que sea- me entrego y necesito dedicación total.
Lo cual , aplicado a Internet, es un agobio nada recomendable. Es como querer barrer el desierto.




En general, yo he tenido muy buenas experiencias de "relaciones personales" a través de Internet. Entrecomillo porque no soy tan ingenua como para creer que son relaciones sólidas o equiparables a las "físicas!
Otra vez, hay que tener cierta precaución, claro. Y yo, como en todo soy apasionada y me considero muy leal, he tenido mis "decepciones". Vuelvo a entrecomillar porque ninguna me ha quitado el sueño y simplemente me ha corroborado algo que ya llevo tiempo pensando: no todo el mundo interpreta las cosas de la misma manera, el compromiso no está de moda y es mejor no esperar nada de nadie a pesar de necesitarlo. 

En el curso, me lo he pasado en grande con el grupo del  Libro facial.
Ha sido un asidero continuo, me he reído hasta llorar de ataques de risa y sin esas personas yo no sé si habría acabado el curso. Sé que no lo habría acabado igual de bien y de rápido, eso seguro. Y si he pasado auténticos malos momentos, gracias a ellos los he superado con alegría y muchas ayuda. He sido la payasa del grupo y eso ha hecho que tuviera y tenga contacto individual con algunos de ellos. Contacto que sigo teniendo y espero mantener porque es muy enriquecedor y divertido.

El problema sería entender que estas relaciones constituirán parte de tu bagaje emocional y asidero personal. Nadie te dará un abrazo cuando lo necesites ni te hará una manzanilla si te encuentras mal. Lo virtual está en otra dimensión y no hay que confundirla. No niego que se pueda superar esa barrera que supone la pantalla y saltarla al conocer a la otra persona directamente, y crear- a partir de ahí- una relación solida.



No me gusta este nuevo mundo. No me gusta la conexión permanente, la gente con las pantallitas a todas partes, los niños juntos y cada uno con su aparato.
 No me gustan las reuniones
en las que cada uno "desenfunda su arma" y la deja sobre la mesa, con el peligro de que "dispare" en cualquier momento e interrumpa la charla o el intento de ella.

No me gusta saberlo todo en el acto para olvidarlo en el mismo momento, probablemente. Y estoy en esa vorágine y no me gusta. 
             El otro día pensaba que mirar el teléfono para comprobar si has recibido mensajes del facebook o de tuiter o de correo o de lo que sea, será equiparable a lo que antes era el gesto de atusarse el flequillo o pasarse la mano por el pelo.Algo natural, casi involuntario que nadie considerará inadecuado en ningún momento Y lo que nos espera que yo ni puedo imaginar.

Además, pienso que esta posibilidad, convertida en muchos casos en necesidad, de estar permanentemente conectado crea una dependencia y una dinámica de aprendizaje que dificulta la concentración
en actividades que no proporcionen un resultado inmediato por lo que todo aquello que requiera esfuerzo, tiempo, paciencia y dedicación se desecha rápidamente y se considera aburrido y nada interesante.Además, te crea un estado de alerta permanente que te dificulta
disfrutar del simple relax o de actividades que no sean "estimulantes"



 Por otro lado, también está creando nuevas formas de relacionarse - sobre todo entre los jóvenes- de manera que si no participas de esos círculos sociales,
estarás fuera del grupo o al menos marginado, si no considerado un bicho raro.


Y sí, internet supone una fuente de inagotable de información y, parece, de comunicación. Sin embargo, yo tengo la impresión de que las prisas de esta sociedad imponen la información al segundo lo cual impide un buen filtrado de fuentes y un análisis en profundidad. Se impone el copia y pega sin más. Prueba de ello serían las erratas de los periódicos y las lagunas de información que nos ofrecen en los últimos tiempos. Así que, la información ha perdido calidad,claramente.

Y la comunicación...Me temo que cada vez nos olvidamos más de la comunicación real, de las personas a las que podemos mirar a los ojos, atrincherados tras nuestras pantallas que muchas veces nos evitan las incomodidades - y el compromiso también, por qué no decirlo- que las relaciones personales reales nos crean.Un ejemplo extremo de esto y que me parece espeluznante son los hikikimoris ,
recluidos completamente en una habitación con su ordenador


La intuición más inquietante que he tenido después de hacer el curso es que todo este esfuerzo y todas estas "habilidades" son  tan efímeros y se quedarán tan obsoletas en breve- sustituidas por otras herramientas más versátiles o eso dirán- que no merece mucho la pena dejarse la piel en ello. De nuevo la sensación de querer vaciar el océano a bocanadas. La sensación de que esta es una trampa en la que, si te dejas atrapar, serás un ratón girando una rueda que te dejará siempre en el mismo sitio.
 O peor aún, querrás ser parte de los que la hacen girar para que otros vayan cayendo.





Llevo semanas enclaustrada, con la urgencia de
acabar cosas, sin despegarme del ordenador
y echo de menos a la gente, pasear, tomarme algo tranquilamente, hablar... Aire, olvidarme de esta pantalla.


sábado, 27 de julio de 2013

EL ÁRBOL


Siempre que veo este árbol me quedo clavada mirándolo.
 Me impacta y me emociona sin saber muy bien por qué. Seguro que después de esta entrada lo entenderé mejor.


Su forma ya llama la atención, de entrada. El árbol ha ido buscando su camino, empeñado en perder la horizontalidad, como queriendo curiosear qué pasa por ahí debajo; qué tipo de vida llevan esos seres que lo rodean, lo cuidan o maltratan a veces. Como queriendo jugar con esos niños que se cuelgan de él y lo disfrutan.

Cuando lo veo solo, me parece una metáfora de lo que es este barrio. Un barrio en el que nací y he vivido la parte más importante de mi vida. Como al árbol, he visto a este barrio encogerse, envejecer. Como a sus propios habitantes. Paseo este barrio con ternura, como recorriendo un hermoso pasado del que ya va quedando poco. Veo a las personas que forman parte del barrio, encorvadas, resistentes;
como el árbol. Cercanos ya  a la tierra,  sosteniéndose con un bastón.


Me emociona, porque veo en él la generosa decisión de ser diferente sin dejar de ser él, para ser parte de la gente y del paisaje que lo conforma.

Me emociona porque veo en esa transformación tan drástica, tan radical, dolor. El dolor propio de ser diferente, de forzar su naturaleza; y el dolor ante la cruel indiferencia de los demás.

Me emociona porque me enternece al recordarme a todas esas personas que han sido parte de mi vida y de este barrio y ya han desaparecido o envejecido inevitablemente.

Me emociona porque es una belleza y un símbolo de resistencia. Muy cerquita del suelo, no lo toca ni pierde del todo su fortaleza, su vigor.

Se acerca a nosotros , "nos mira a los ojos" y nos recuerda que estamos aquí para ser lo que queramos ser, pero cerca de los que nos rodean, siendo parte de ellos.