Me encanta cuando en las novelas algún personaje sabe detectar en el brillo de una mirada el estado de ánimo de otra persona. Daría la impresión, no solo de que nos paramos a mirar a los ojos de los otros, sino de que, además, lo hacemos para intuir qué le pasa, qué tiene adentro que no puede sacar fácilmente y necesita hacerlo, qué está pidiendo a gritos en un mutismo significativo. Porque estas sutiles interpretaciones no las hace un sicólogo sagaz o un sacerdote en activo. No. Un simple mortal observa a otro y llega a profundas conclusiones solo observando el cambiante tono o brillo de la mirada de otro. Supongo que tendría sus riesgos pero sería tan hermoso que el otro simplemente quisiera saber qué hay detrás de una mirada...
Ayer estuve viendo la obra de teatro "Quien teme a Virginia Woolf" y salí enervada. Había visto la película hace siglos y pensé que no la había entendido. ME puso nerviosa la obra en sí. Me enervó el título, su gratuidad y sonoridad vacua. Me hastió su falta de conexión con el mundo. Hasta la interpretación de la Machi me resultó ya vista y reconocida. Sali crispada por haber tenido que sobrevivir a semejante desatino.
Hacer daño al otro para no no perderlo. Revolcarte en la propia deyección para poder seguir viviendo en un ambiente viciado en el que resulta imposible respirar. ME resultó como teatro del absurdo y no me gusta nada el teatro del absurdo. Quizá porque ya vivo yo instalada en algún absurdo que no remonto y no tengo ganas de vérmelas con otros.O tal vez porque al final los personajes son fieras heridas que se condenan a repetir ese infierno cada día. Que no saben cómo vivir de otro modo.Sin salida. Tal vez sea eso, demasiada realidad sin propuestas valientes ni interesantes. Como la vida misma.
domingo, 10 de noviembre de 2013
viernes, 1 de noviembre de 2013
EL OTOÑO
Hace semanas que los chopos se adelgazan anticipándonos la desnudez total que seguirá al otoño.
En el metro, pegados a la pantalla del ordenador, sucumbidos en nuestras propias preocupaciones y prisas, cabe la posibilidad de que nos pase desapercibida la generosidad de este momento luminoso y desprendido. El dulce aprendizaje de desasirse de lo que nos conforma para sobrevivir a tiempos duros y oscuros.
Los árboles,vigías silenciosos, nos dan esta lección cuya pertinencia es, este año, dolorosa y esperanzadora.
Salgo a la calle en estas mañanas frías de otoño. El sol calienta mi agradecido cuerpo y lo despierta. Voy a correr y pierdo el paso embelesada en pinceladas de luz que ninguna paleta podría abarcar. Los árboles se desnudan en tonos variados, intensos y vivos; y ahora puedo identificarlos, significados en ese todo verde que antes componían. Amarillos luz, naranjas terciopelo, rojos insensatos, verdes desleídos...sucesión de colores imposibles.Cada árbol un color y mil tonos.
El arte de perder. La belleza de desposeerse.
Un estallido jubiloso que antecede el vacío de unas ramas que esperarán ateridas el sol persistente que les devuelva de lo que ahora se despojan. Desprenderse de lo que nos habita para sobrevivir.
Parece que es posible aprender a vivir en el vacío y el frío. Tal vez estos árboles pueden soportarlo porque saben que volverá el sol con su abundancia y calor. Tal vez nosotros podamos aprender de ellos y soportarlo sostenidos por la esperanza de aprender a crear otros mundos diferentes a los que ahora nos laceran.
En el metro, pegados a la pantalla del ordenador, sucumbidos en nuestras propias preocupaciones y prisas, cabe la posibilidad de que nos pase desapercibida la generosidad de este momento luminoso y desprendido. El dulce aprendizaje de desasirse de lo que nos conforma para sobrevivir a tiempos duros y oscuros.
Los árboles,vigías silenciosos, nos dan esta lección cuya pertinencia es, este año, dolorosa y esperanzadora.
El arte de perder. La belleza de desposeerse.
Un estallido jubiloso que antecede el vacío de unas ramas que esperarán ateridas el sol persistente que les devuelva de lo que ahora se despojan. Desprenderse de lo que nos habita para sobrevivir.
Parece que es posible aprender a vivir en el vacío y el frío. Tal vez estos árboles pueden soportarlo porque saben que volverá el sol con su abundancia y calor. Tal vez nosotros podamos aprender de ellos y soportarlo sostenidos por la esperanza de aprender a crear otros mundos diferentes a los que ahora nos laceran.
sábado, 12 de octubre de 2013
Paseo por el tiempo
Hace dos días mi padre ha cumplido 77 años. Está envejecido y enfermo pero sigue su vida sin limitaciones.
Hoy he hecho algo que tenía muchas ganas de hacer y que , me temía, nunca haría: me he ido con él a pasear por el barrio en el que creció y que yo no conocía.
Mi padre vivió su infancia y juventud en la calle Áncora
cerca del Paseo de las Delicias, al sur de Atocha. Es una zona que yo no frecuento ni conozco. Algunos edificios se conservan pero la mayoría han sido renovados.
Desafortunadamente, la casa donde vivió mi padre con su familia ha desaparecido y esto es lo que hay en su lugar. Por eso, no pudimos visitarla ni subir a ver cómo era ahora.
"Y este es el pasadizo de Áncora,
este era un edificio de la Guardia Civil.Y aquí, en el pasadizo estaba "la casa el cuatro""
"Aquí,
se ponía el puesto de melones y uno disimuladamente, movía un melón con el pie y como la calle estaba en cuesta, el melón caía y nos lo quedábamos con él. Y siempre había puestos de pipas y caramelos".
"¿Y el Desi? ¿Dónde estaba exactamente? El Desi era una taberna donde íbamos mucho. Muchos días nos decía que hiciéramos unos equipos y jugáramos al fútbol y después nos daba un duro." Hablamos con un camarero de un bar que nos explicó que antes de ese bar, eso era una lechería - de la cual me había hablando antes- y "el Desi era esta bollería".
y la iglesia "Nuestra señora de los desamparados" a la que el cura le llevaba cogido de la oreja desde el colegio para que no se escapara y fuera a misa que nunca iba. "Y en los bautizos, nos poníamos a la salida para que nos dieran dinero y luego íbamos a los puestos a comprar caramelos".
y fuimos a parar al Museo del Ferrocarril para subir después por el Paseo de las Delicias que , en su época, estaba lleno de cines.
Subimos por esa calle a Atocha para tomarnos un bocata de calamares y una cerveza y cerrar ese paseo tan especial con un buen broche.
Sentados en una terraza enfrente del Reina Sofía - que en su día fue el Hospital General de Madrid-, nos contaba (Ina se sumó a la comida castiza) cómo le quitaron las anginas en el hospital San Carlos que ahora es el Conservatorio y otras anécdotas de su vida en ese barrio.
Mi padre habla con cariño, divertido, pero sin nostalgia ni resquemor. Era una época dura, la vida no era sencilla, era muy dura; y sin embargo, él lo recuerda todo con cariño, sin ningún dolor. Tampoco con sentimiento de pérdida o de tristeza.
Yo quería imaginarme a ese niño rubito jugando por estas calles,
de camino al colegio, corriendo hacia el río, feliz.Creo que mi padre siempre ha sido feliz. Con una sabiduría básica de no pedir nada a la vida ni esperarlo.
Aunque también creo que los hijos nunca conocemos bien a nuestros padres. Los recordamos adultos, en un mundo que no es el nuestro ni nos pertenece, sin entender
que ellos también tuvieron ilusiones, deseos, frustraciones, alegrías y desdichas.
Conocemos a unos adultos que creíamos instalados en la certeza y no pensamos que también fueron- si no lo son todavía como muchos de nosotros- unos jóvenes desorientados y vulnerables.
Yo quería caminar al lado de ese niño, de ese joven, por el paisaje de aquellos años y así fue. Con mi padre envejecido, iba de la mano aquel niño que jugaba al balón y el jovencito cuya hambre le hacía ir a abrir los vagones precintados de los trenes para comer las arvejas para el ganado que encerraban. Y con los dos recuperé un tiempo y un espacio que casi no podré imaginar pero que pude sentir con la misma calidez que el sol que nos iba acompañando por esas calles que ya no eran.
Fue un día radiante, fresco pero soleado y diáfano. Lo voy a recordar siempre.
Hoy he hecho algo que tenía muchas ganas de hacer y que , me temía, nunca haría: me he ido con él a pasear por el barrio en el que creció y que yo no conocía.
Mi padre vivió su infancia y juventud en la calle Áncora
cerca del Paseo de las Delicias, al sur de Atocha. Es una zona que yo no frecuento ni conozco. Algunos edificios se conservan pero la mayoría han sido renovados.
La parte última de la calle Áncora, donde vivía mi padre, ha sido la parte que menos ha cambiado, si obviamos los coches que en aquella época no existían y cuya ausencia les permitía jugar al fútbol en la misma calle sin problemas.
Desafortunadamente, la casa donde vivió mi padre con su familia ha desaparecido y esto es lo que hay en su lugar. Por eso, no pudimos visitarla ni subir a ver cómo era ahora.
Dimos un paseo por el barrio y mi padre me iba contando: "Allí había una carbonería" "Allí estaba el lavadero" "Y la abuela ¿iba frecuentemente? No, la abuela lavaba en casa en un barreño" "Allí había una panadería donde la abuela compraba el pan. Allí estaba el mercado donde comprábamos todos los días"
"Y este es el pasadizo de Áncora,
este era un edificio de la Guardia Civil.Y aquí, en el pasadizo estaba "la casa el cuatro""
"Aquí,
se ponía el puesto de melones y uno disimuladamente, movía un melón con el pie y como la calle estaba en cuesta, el melón caía y nos lo quedábamos con él. Y siempre había puestos de pipas y caramelos".
"¿Y el Desi? ¿Dónde estaba exactamente? El Desi era una taberna donde íbamos mucho. Muchos días nos decía que hiciéramos unos equipos y jugáramos al fútbol y después nos daba un duro." Hablamos con un camarero de un bar que nos explicó que antes de ese bar, eso era una lechería - de la cual me había hablando antes- y "el Desi era esta bollería".
Dimos un paseo por las calles colindantes y pudimos ver el colegio al que fueron él y mis tíos
y la iglesia "Nuestra señora de los desamparados" a la que el cura le llevaba cogido de la oreja desde el colegio para que no se escapara y fuera a misa que nunca iba. "Y en los bautizos, nos poníamos a la salida para que nos dieran dinero y luego íbamos a los puestos a comprar caramelos".
Bajando un poquito por la calle que hacía esquina con su casa- "aquí estaba la única pastelería de la zona, "La Piña de oro" que ahora es un bar"-, hablamos con una señor mayor por si era de la época de mi padre.Mi padre, muy gracioso, se presentó al señor diciendo: "Yo era infante aquí en este barrio". El señor hacía 40 años que vivía allí, o sea que no coincidieron, y ahora despotricaba contra los emigrantes y los problemas que dan al barrio.
Más abajo vimos dónde estuvo la fábrica de El Águila y vimos lo que quedaba de ella
y fuimos a parar al Museo del Ferrocarril para subir después por el Paseo de las Delicias que , en su época, estaba lleno de cines.
Subimos por esa calle a Atocha para tomarnos un bocata de calamares y una cerveza y cerrar ese paseo tan especial con un buen broche.
Sentados en una terraza enfrente del Reina Sofía - que en su día fue el Hospital General de Madrid-, nos contaba (Ina se sumó a la comida castiza) cómo le quitaron las anginas en el hospital San Carlos que ahora es el Conservatorio y otras anécdotas de su vida en ese barrio.
Mi padre habla con cariño, divertido, pero sin nostalgia ni resquemor. Era una época dura, la vida no era sencilla, era muy dura; y sin embargo, él lo recuerda todo con cariño, sin ningún dolor. Tampoco con sentimiento de pérdida o de tristeza.
Yo quería imaginarme a ese niño rubito jugando por estas calles,
de camino al colegio, corriendo hacia el río, feliz.Creo que mi padre siempre ha sido feliz. Con una sabiduría básica de no pedir nada a la vida ni esperarlo.
Aunque también creo que los hijos nunca conocemos bien a nuestros padres. Los recordamos adultos, en un mundo que no es el nuestro ni nos pertenece, sin entender que ellos también tuvieron ilusiones, deseos, frustraciones, alegrías y desdichas.
Yo quería caminar al lado de ese niño, de ese joven, por el paisaje de aquellos años y así fue. Con mi padre envejecido, iba de la mano aquel niño que jugaba al balón y el jovencito cuya hambre le hacía ir a abrir los vagones precintados de los trenes para comer las arvejas para el ganado que encerraban. Y con los dos recuperé un tiempo y un espacio que casi no podré imaginar pero que pude sentir con la misma calidez que el sol que nos iba acompañando por esas calles que ya no eran.
Fue un día radiante, fresco pero soleado y diáfano. Lo voy a recordar siempre.
jueves, 3 de octubre de 2013
La piedra de la paciencia
Transcurre principalmente en la asfixiante atmósfera de la habitación de una casa pobre en medio de un conflicto bélico que la atraviesa, literalmente. Ese contexto enmarca perfectamente la opresión que vive la protagonista en Afganistán. Sin embargo, encerrada en esa habitación sola, abandonada al cuidado de su marido- un combatiente relevante de una de las dos facciones, en coma por una bala nada heroica- atada al suero que le mantiene vivo y que ella custodia;
allí, desesperada por la suerte de él que es la suya y la de sus hijos; encontrará un camino de liberación, de ser ella misma por primera vez, de desenterrar todo lo que la está ahogando, sepultando su vida.
Necesita que su marido vuelva a la vida para tener un futuro, para poder sobrevivir; y con este fin comienza a hablarle, intentando devolverle a este lado de la consciencia. Y con un monólogo insistente se sincera, se abre como si le estuviera hablando a un amigo y le va contando todos sus sueños, sus frustraciones, sus deseos. Le confiesa lo que casi ha tenido miedo de pensar y ahora sale de ella casi contra su voluntad, descubriendo ante ella una mujer que la asusta por su atrevimiento.
Se libera como mujer y como persona y busca ese encuentro con su esposo como una catarsis transgresora y reivindicativa, sabiendo que es una locura y que nada cambiará, excepto, quizá, dentro de ella.
En ese monologo liberador sabemos de una vida en la que nunca ha habido elección ni amor, una vida injusta
de precariedades materiales pero sobre todo de carencia total, injusta e irremediable de emociones y afectos.
Ante mí, sin embargo, estalló una revelación en la que nunca había pensado y que me sobrecogió y me pilló desprevenida. Me di cuenta de que en ese desierto emocional injusto, desigual y cruelmente machista la mujer podía hallar, probablemente, algún oasis en amigas o hijos
; pero el hombre jamás sabría lo que es una caricia ni el sabor dulce de un beso sincero.
viernes, 6 de septiembre de 2013
Sequía
Algo me niega lo único que me reconforta. Ya de poco me ayudan las palabras, y las lágrimas se enquistan dentro de mí como si supieran que de nada sirven.
A veces siento que me ahogo, que no entra el aire en mis pulmones. Como una tierra reseca, baldía y sin futuro.
A veces siento que me ahogo, que no entra el aire en mis pulmones. Como una tierra reseca, baldía y sin futuro.
Vuelta a empezar
Empieza el curso. Nos despedimos de no madrugar, de la pausada sucesión de tiempo, de dejarlo pasar sin medirlo, sin que nos paute la vida. Empieza el ritmo normal de cada día.
Estoy activada e inevitablemente el sueño me abandona. Hoy he dormido cuatro horas. Me he despertado empapada en sudor y sin posibilidad de reincorporarme a ese descanso que tanto necesito. Doy la luz, leo. Intento dormir de nuevo. Imposible. A las seis me levanto a trabajar, a desarrollar eso que me ronda en la cabeza y me impide sumergirme en esa otra vida que es dormir. Veo amanecer. Los ocres, dorados, rojos, anaranjados se suceden y van alumbrando la mañana.
Me reconforta el espectáculo que me temo será frecuente a partir de ahora.
Echo de menos las mañanas indolentes. Dormir y mi mente despejada.
Estoy activada e inevitablemente el sueño me abandona. Hoy he dormido cuatro horas. Me he despertado empapada en sudor y sin posibilidad de reincorporarme a ese descanso que tanto necesito. Doy la luz, leo. Intento dormir de nuevo. Imposible. A las seis me levanto a trabajar, a desarrollar eso que me ronda en la cabeza y me impide sumergirme en esa otra vida que es dormir. Veo amanecer. Los ocres, dorados, rojos, anaranjados se suceden y van alumbrando la mañana.
Me reconforta el espectáculo que me temo será frecuente a partir de ahora.
Echo de menos las mañanas indolentes. Dormir y mi mente despejada.
miércoles, 4 de septiembre de 2013
La vida es sueño
Algunas noches sueño con mi hijo. Nunca se me aparece con la edad actual, siempre es el niño de seis o siete años que fue, con su carita de buena persona y su sonrisa generosa y constante. Me abrazo a él que me recibe alegre y agradecido y no quiero soltarme. Como tampoco quiero despertarme de ese sueño que me aferra a lo que tanto necesito.
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