Los magnolios se desperezan tímidamente. Sus espectaculares flores los van moteando como secretos resplandecientes que se abren al sol hermosas, elegantes, voluptuosas.
Cohibidamente unas, como escondiendo un universo al que proteger.
Desvergonzadas y opulentas, otras, descaradamente abiertas en todo su esplendor, se presentan frágiles y efímeras pero dispuestas a expresarse sin pudor.
Con la despedida del sol, volverán a recogerse sobre sí mismas, cubriéndose de la oscuridad que les impide regalarnos su blancura ingenua e indescifrable.
La hermosa fugacidad de lo irrecuperable.
domingo, 23 de junio de 2013
viernes, 21 de junio de 2013
Un presente
Tengo que hacer auténticos esfuerzos, deberes intensivos, para que el presente no se me escape perdida en reflexiones sobre el futuro y el pasado. Me instalo sin darme cuenta en la planificación del futuro inmediato o me deleito en recorrer momentos o conversaciones intensos, felices, emocionantes, del pasado. Y así, de ese modo tan fluido, me pierdo el presente. Completamente. Es decir, ¡¡¡no vivo!!! "Vivo sin vivir aquí".
Hoy he ido a correr a un parque en el que me gusta mucho hacerlo porque es un parque lleno de árboles de muy diferentes tipos. Un parque fresco en el que, en estos momentos, se puede gozar de la fragancia intensa de su rosaleda. Me gusta correr en él porque disfruto, al mismo tiempo, de los colores, sonidos y olores que lo pueblan y nos regala, y porque el camino está flanqueado por chopos que me acompañan en su vaivén diamantino y alegre que no me canso de contemplar cuando el sol les da de frente. He ido con la intención de disfrutar de todo esto porque correr no es, así, un simple ejercicio aeróbico mecánico. Correr se convierte en un deleite renovado a cada zancada.
Pero sólo lo he disfrutado en parte. Me he perdido en mis elucubraciones y con ellas también me he perdido, por momentos, el disfrute de unos árboles
que ahora están hermosos, alegres y exuberantes: las CATALPAS
Con sus flores blancas
que se abren como musicales campanillas , sus vainas y sus enormes y preciosas hojas.
En algún momento, absorta en mis pensamientos, me he perdido
-del mismo modo- el espectáculo del brillo del sol cimbreante en el murmullo de las hojas de los chopos.
Una pena. He perdido el instante, la maravilla del momento que ya nunca será igual porque será otro. Otra la luz, otro el aroma, otra la emoción.
Para resarcirme de aquello que ya no podía recuperar por estar en lo que ya no era y en lo que podrá ser, he buscado mi rosa.
Una rosa violeta, perfecta, con una fragancia penetrante y adictiva que siempre saludo cuando voy. Me he colmado de su belleza impactante y de su aroma único. Me he empachado de ella para recordar, con el polen todavía en mi nariz, que el presente es eso, un presente. Y aún sabiendo que es lo único que tenemos, con frecuencia lo malgastamos en temores o nostalgias, en proyectos o remembranzas que nos impiden retener ese regalo que se nos ofrece a cada segundo, si sabemos mirarlo y vivirlo bien.
Hoy he ido a correr a un parque en el que me gusta mucho hacerlo porque es un parque lleno de árboles de muy diferentes tipos. Un parque fresco en el que, en estos momentos, se puede gozar de la fragancia intensa de su rosaleda. Me gusta correr en él porque disfruto, al mismo tiempo, de los colores, sonidos y olores que lo pueblan y nos regala, y porque el camino está flanqueado por chopos que me acompañan en su vaivén diamantino y alegre que no me canso de contemplar cuando el sol les da de frente. He ido con la intención de disfrutar de todo esto porque correr no es, así, un simple ejercicio aeróbico mecánico. Correr se convierte en un deleite renovado a cada zancada.
Pero sólo lo he disfrutado en parte. Me he perdido en mis elucubraciones y con ellas también me he perdido, por momentos, el disfrute de unos árboles
que ahora están hermosos, alegres y exuberantes: las CATALPAS
Con sus flores blancas
que se abren como musicales campanillas , sus vainas y sus enormes y preciosas hojas.
En algún momento, absorta en mis pensamientos, me he perdido
-del mismo modo- el espectáculo del brillo del sol cimbreante en el murmullo de las hojas de los chopos.
Una pena. He perdido el instante, la maravilla del momento que ya nunca será igual porque será otro. Otra la luz, otro el aroma, otra la emoción.
Para resarcirme de aquello que ya no podía recuperar por estar en lo que ya no era y en lo que podrá ser, he buscado mi rosa.
Una rosa violeta, perfecta, con una fragancia penetrante y adictiva que siempre saludo cuando voy. Me he colmado de su belleza impactante y de su aroma único. Me he empachado de ella para recordar, con el polen todavía en mi nariz, que el presente es eso, un presente. Y aún sabiendo que es lo único que tenemos, con frecuencia lo malgastamos en temores o nostalgias, en proyectos o remembranzas que nos impiden retener ese regalo que se nos ofrece a cada segundo, si sabemos mirarlo y vivirlo bien.
jueves, 20 de junio de 2013
Desarraigo
45,2 millones de refugiados. Para entender este número desmesurado y frío, podríamos pensar en toda España desplazada, fuera de su casa. Sin casa, sin raíces, sin olores, sin paisajes, sin familia, sin amigos...sin la posibilidad de volver a ellos. Con miedo, con rabia, con tristeza, con desesperación. Sin entender, sin saber quiénes son, sin sentirse aceptados, parte de algo. Mutilados,
desarraigados, rotos,convertidos en fantasmas que nadie quiere ver y que a nadie le preocupan. Intentando injertarse en otros mundos, otros olores, otros paisajes, otras lenguas, otros corazones. Pero sabiendo que ya nada será igual y que ellos serán otros.Obligados a ser otros.
Siempre que siento que no tengo fuerzas, que no puedo seguir adelante, vuelvo a mi casa, a mis cosas, a mi refugio. Allí, el calor de todo lo que soy me devuelve la serenidad y la energía para continuar.
No puedo imaginar cómo es una vida en la que te niegan lo que más quieres, lo que te conforma y te sustenta. Sin la esperanza de poder recuperarlo algún día.
miércoles, 19 de junio de 2013
Una pastilla
Hoy en El País aparece una noticia sobre la depresión postparto.
Al parecer ya se van sabiendo las causas que la provocan. Y me he alegrado mucho al pensar que, tal vez ahora, ahora que se saben las causas, inventarán una pastilla que ayude a que las mujeres no sientan esa zozobra en ese momento tan intenso y único.
Horas de absoluto pavor en la más absoluta soledad con la única compañía de la sucesión de ese dolor que me atravesaba antes de que pudiera recuperarme del anterior.Contracciones que se repetían cada 3 minutos, sin descanso y que con nadie pude comentar o gritar o distraer porque aseguraron que llamarían a seguridad si el padre de la criatura se atrevía a colarse otra vez a esa habitación donde yo me hallaba sola sin saber qué hora era, ni cómo iba el proceso, ni cuánto tiempo podría dilatarse ( El parto, me refiero. Porque yo no sabía si estaba dilatada o no porque nadie aparecía ni nadie me informaba).
Recuerdo que, en esos momentos, me acordaba de Miguel Ángel Blanco que había recibido un tiro en la cabeza de ETA y se debatía entre la vida y la muerte para hacerme entender que había situaciones peores que la mía y que la mía pasaría en unas horas.
No sé si esa pastilla podría velar mínimamente el recuerdo de una hora en el paritorio con Joaco, agarrada a su camisa (tuvimos que tirarla porque cada vez que la veía me ponía enferma), queriéndome morir.
Ni si haría algo esa pastilla para poder olvidar la hora en el quirófano; empujando, ya exhausta, entre gritos nerviosos de los médicos porque el niño no salía y no era posible ya una cesárea; con dos médicos encima de mí, presionando sobre mi vientre con sus manos. Y ese dolor ante el que yo ya no era yo (mis gritos ya no eran humanos)y ante el que sólo quería desaparecer y me daba igual el niño,el mundo o yo.
No creo que la pastilla pudiera, ni siquiera, suavizar las emociones que sentí cuando el bebé nació y no lo oí llorar. Nada me importaba porque yo sólo quería morirme, y pensé que sería mejor que así fuera si a Raúl le hubiera pasado algo. Lloró mucho más tarde, lo vi un segundo durante el que me lo acercaron completamente morado para que le diera un beso y se lo llevaron rápidamente sin decirme nada sobre él, ni sobre por qué esas escenas idílicas del bebé sobre el vientre de una madre satisfecha y feliz se me negaban por completo. A cambio, me ofrecieron una hora de reloj, cosiéndome. Durante esa labor "de alta costura", mis piernas se me durmieron y empezaron a temblarme y el único contacto humano que tuve fue una frase que tengo clavada y que ninguna pastilla va a hacerme olvidar: "Oye, bonita, ¿puedes dejar de mover la pierna? Así no hay quién trabaje". No fue la única frase "cálida y solidaria" que me obsequiaron a lo largo de esa noche del 13 al 14 de julio de 1997. Otras como "Aquí viene la desequilibrada" me acompañarán para siempre.
He de decir que todas las personas que me atendieron fueron mujeres, posiblemente madres. Mujeres que están cansadas de ver a otras mujeres sufriendo y que no le dan mayor importancia, entiendo. Pero no puedo entender el desdén, el abandono con el que me trataron.
Tampoco puedo entender por qué no me rebelé, por qué no empecé a sacar de mí todo ese dolor y ese menosprecio de cualquier manera, durante aquellas horas tan largas. Por qué me quedé sumisa en mi camilla, llorando desesperada, esperando el milagro de que llegara alguien que me tranquilizara y me llamara por mi nombre. El miedo, supongo. El miedo y la esperanza. Empecé entonces a responderme muchas preguntas que me vengo haciendo sobre los campos de concentración y la sumisión.
Raúl nació con un test de Apgar 6 y no recuperó en la segunda prueba, lo cual era bastante preocupante. Estuvo en la incubadora con medicinas y suero aplicados en su cabecita suave y dolorida, pero salió del trance sin consecuencias. Desde entonces sabemos que es un niño muy fuerte.
Mucho más que su madre, que se pasó un día sin verle (salvo ese minuto horrible) y que el día que lo recibió en su habitación no podía contener las lágrimas que brotaban a borbotones de pura emoción, de miedo, de amor, de tristeza profunda. Su madre que pasó la peor noche de su vida sin casi poder moverse por las heridas pero teniéndolo que hacer durante toda la noche, intentando tranquilizar a Raúl que lloraba desconsolado hora tras hora. Nadie podía quedarse con nosotros porque iba contra las normas.
No sé si esa milagrosa pastilla podrá recomponer a una madre que siente llorar inquieto a su hijo, todo el día, durante los dos primeros meses de su vida y que no logra que duerma si no es en movimiento.(Gracias, Ina)
Es cierto que la química nos ayuda a soportar los dolores y las enfermedades. Pero aquella noche de verano y fin de semana, en la que no había anestesista para mí porque estaba de guardia, sólo habría hecho falta un poco de sentido común y de amabilidad. Un poco de ser más personas y menos funcionarios. Una palabra cariñosa, una caricia a tiempo, una simple frase tranquilizadora. Un poco de humanidad y el calvario inevitable por el que pasamos Raúl y yo se habría convertido en un mal trago lleno de cariño y de emociones.
Así sólo tengo el consuelo de que , finalmente,el sufrimiento fetal de Raúl
no tuvo consecuencias y de que la mala suerte no fue tan mala.Tan sólo fue injustamente fría y gratuitamente humillante, gracias a las profesionales que hicieron que me sintiera culpable de no saber traer a mi hijo al mundo.
Tal vez lo necesario sería inventar una pastilla para que no olvidáramos, en muchas ocasiones, que somos personas y que vivimos entre personas. Que necesitamos ser personas y que nos traten como personas. Nada más. Y en estos tiempos que corren, esa pastilla va resultando tan imprescindible como lo hubiera sido para mí que esas "profesionales" se hubieran tomado su dosis diaria aquel día.
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| La depresión postparto. |
Al parecer ya se van sabiendo las causas que la provocan. Y me he alegrado mucho al pensar que, tal vez ahora, ahora que se saben las causas, inventarán una pastilla que ayude a que las mujeres no sientan esa zozobra en ese momento tan intenso y único.
Horas de absoluto pavor en la más absoluta soledad con la única compañía de la sucesión de ese dolor que me atravesaba antes de que pudiera recuperarme del anterior.Contracciones que se repetían cada 3 minutos, sin descanso y que con nadie pude comentar o gritar o distraer porque aseguraron que llamarían a seguridad si el padre de la criatura se atrevía a colarse otra vez a esa habitación donde yo me hallaba sola sin saber qué hora era, ni cómo iba el proceso, ni cuánto tiempo podría dilatarse ( El parto, me refiero. Porque yo no sabía si estaba dilatada o no porque nadie aparecía ni nadie me informaba).
Recuerdo que, en esos momentos, me acordaba de Miguel Ángel Blanco que había recibido un tiro en la cabeza de ETA y se debatía entre la vida y la muerte para hacerme entender que había situaciones peores que la mía y que la mía pasaría en unas horas.
No sé si esa pastilla podría velar mínimamente el recuerdo de una hora en el paritorio con Joaco, agarrada a su camisa (tuvimos que tirarla porque cada vez que la veía me ponía enferma), queriéndome morir.
Ni si haría algo esa pastilla para poder olvidar la hora en el quirófano; empujando, ya exhausta, entre gritos nerviosos de los médicos porque el niño no salía y no era posible ya una cesárea; con dos médicos encima de mí, presionando sobre mi vientre con sus manos. Y ese dolor ante el que yo ya no era yo (mis gritos ya no eran humanos)y ante el que sólo quería desaparecer y me daba igual el niño,el mundo o yo.
No creo que la pastilla pudiera, ni siquiera, suavizar las emociones que sentí cuando el bebé nació y no lo oí llorar. Nada me importaba porque yo sólo quería morirme, y pensé que sería mejor que así fuera si a Raúl le hubiera pasado algo. Lloró mucho más tarde, lo vi un segundo durante el que me lo acercaron completamente morado para que le diera un beso y se lo llevaron rápidamente sin decirme nada sobre él, ni sobre por qué esas escenas idílicas del bebé sobre el vientre de una madre satisfecha y feliz se me negaban por completo. A cambio, me ofrecieron una hora de reloj, cosiéndome. Durante esa labor "de alta costura", mis piernas se me durmieron y empezaron a temblarme y el único contacto humano que tuve fue una frase que tengo clavada y que ninguna pastilla va a hacerme olvidar: "Oye, bonita, ¿puedes dejar de mover la pierna? Así no hay quién trabaje". No fue la única frase "cálida y solidaria" que me obsequiaron a lo largo de esa noche del 13 al 14 de julio de 1997. Otras como "Aquí viene la desequilibrada" me acompañarán para siempre.
He de decir que todas las personas que me atendieron fueron mujeres, posiblemente madres. Mujeres que están cansadas de ver a otras mujeres sufriendo y que no le dan mayor importancia, entiendo. Pero no puedo entender el desdén, el abandono con el que me trataron.
Tampoco puedo entender por qué no me rebelé, por qué no empecé a sacar de mí todo ese dolor y ese menosprecio de cualquier manera, durante aquellas horas tan largas. Por qué me quedé sumisa en mi camilla, llorando desesperada, esperando el milagro de que llegara alguien que me tranquilizara y me llamara por mi nombre. El miedo, supongo. El miedo y la esperanza. Empecé entonces a responderme muchas preguntas que me vengo haciendo sobre los campos de concentración y la sumisión.
Raúl nació con un test de Apgar 6 y no recuperó en la segunda prueba, lo cual era bastante preocupante. Estuvo en la incubadora con medicinas y suero aplicados en su cabecita suave y dolorida, pero salió del trance sin consecuencias. Desde entonces sabemos que es un niño muy fuerte.
Mucho más que su madre, que se pasó un día sin verle (salvo ese minuto horrible) y que el día que lo recibió en su habitación no podía contener las lágrimas que brotaban a borbotones de pura emoción, de miedo, de amor, de tristeza profunda. Su madre que pasó la peor noche de su vida sin casi poder moverse por las heridas pero teniéndolo que hacer durante toda la noche, intentando tranquilizar a Raúl que lloraba desconsolado hora tras hora. Nadie podía quedarse con nosotros porque iba contra las normas.
No sé si esa milagrosa pastilla podrá recomponer a una madre que siente llorar inquieto a su hijo, todo el día, durante los dos primeros meses de su vida y que no logra que duerma si no es en movimiento.(Gracias, Ina)
Es cierto que la química nos ayuda a soportar los dolores y las enfermedades. Pero aquella noche de verano y fin de semana, en la que no había anestesista para mí porque estaba de guardia, sólo habría hecho falta un poco de sentido común y de amabilidad. Un poco de ser más personas y menos funcionarios. Una palabra cariñosa, una caricia a tiempo, una simple frase tranquilizadora. Un poco de humanidad y el calvario inevitable por el que pasamos Raúl y yo se habría convertido en un mal trago lleno de cariño y de emociones.
Así sólo tengo el consuelo de que , finalmente,el sufrimiento fetal de Raúl
no tuvo consecuencias y de que la mala suerte no fue tan mala.Tan sólo fue injustamente fría y gratuitamente humillante, gracias a las profesionales que hicieron que me sintiera culpable de no saber traer a mi hijo al mundo.
Tal vez lo necesario sería inventar una pastilla para que no olvidáramos, en muchas ocasiones, que somos personas y que vivimos entre personas. Que necesitamos ser personas y que nos traten como personas. Nada más. Y en estos tiempos que corren, esa pastilla va resultando tan imprescindible como lo hubiera sido para mí que esas "profesionales" se hubieran tomado su dosis diaria aquel día.
sábado, 15 de junio de 2013
EL CALLO
El otro día, no sé bien por qué, me acordé de una especie en completa extinción: el callo en el dedo corazón. Ese callo que nos salía a todos de tanto escribir, copiar apuntes, hacer resúmenes...etc. Quizá me lo vi de refilón, porque todavía queda un vestigio del mío casi inapreciable pero que yo todavía siento.
Pensé que nuestros hijos ya nunca lo "sufrirán" y no me pareció un avance. No sé por qué pensé que se perdían algo. Me sorprendió mi propia reflexión, aunque como soy una nostálgica, no le di más vueltas.
Los chavales ahora no escriben a mano mucho. Sólo en matemáticas, física, química, y para hacer algunos resúmenes siguen usando el boli y el papel. Pero para los grandes proyectos o las investigaciones, el ordenador es su instrumento.
Nosotros mismos, yo la primera, uso cada vez menos el papel, con lo que me gusta... Por eso, quizá, pensé que se estaban perdiendo algo. Porque para mí escribir es un placer y ver crecer el texto al deslizarse mi mano sobre el papel me resulta relajante y placentero.
Y esta reflexión que era, más que nada, una intuición, se me ha materializado al encontrarme esta interesante entrada de una página que sigo en Facebook

¿Por qué es importante la escritura a mano?
En Inglaterra se vuelve a usar la estilográfica para que los estudiantes aprendan la grafía. En Francia también se considera que no se debe prescindir de esa habilidad, pero allí el problema reside en que ya no la dominan ni los maestros.
Aunque el mundo adulto no está aún preparado para recibir las nuevas inteligencias de los niños producto de la tecnología, la pérdida de la habilidad de la escritura cursiva explica trastornos del aprendizaje que advierten los maestros e inciden en el desempeño escolar.
En la escritura cursiva, el hecho de que las letras estén unidas una a la otra por trazos permite que el pensamiento fluya con armonía de la mente a la hoja de papel. Al ligar las letras con la línea, quien escribe vincula los pensamientos traduciéndolos en palabras.
Por su parte, el escribir en letra de imprenta implica escindir lo que se piensa en letras, desguazarlo, anular el tiempo de la frase, interrumpir su ritmo y su respiración.
Si bien ya resulta claro que las computadoras son un apéndice de nuestro ser, hay que advertir que favorecen un pensamiento binario, mientras que la escritura a mano es rica, diversa, individual, y nos diferencia a unos de otros.
Habría que educar a los niños desde la infancia en comprender que la escritura responde a su voz interior y representa un ejercicio irrenunciable. Los sistemas de escritura deberían convivir, precisamente por esa calidad que tiene la grafía de ser un lenguaje del alma que hace únicas a las personas. Su abandono convierte al mensaje en frío, casi descarnado, en oposición a la escritura cursiva, que es vehículo y fuente de emociones al revelar la personalidad, el estado de ánimo.
Posiblemente sea esto lo que los jóvenes temen, y optan por esconderse en la homogeneización que posibilita el recurrir a la letra de imprenta. Porque, como lo destaca Umberto Eco, que interviene activamente en este debate, la escritura cursiva exige componer la frase mentalmente antes de escribirla, requisito que la computadora no sugiere.
En todo caso, la resistencia que ofrecen la pluma y el papel impone una lentitud reflexiva.
Como en tantos otros aspectos de la sociedad actual, surge aquí la centralidad del tiempo. Un artículo reciente en la revista Time , titulado: Duelo por la muerte de la escritura a mano, señala que es ése un arte perdido, ya que, aunque los chicos lo aprenden con placer porque lo consideran un rito de pasaje, "nuestro objetivo es expresar el pensamiento lo más rápidamente posible. Hemos abandonado la belleza por la velocidad, la artesanía por la eficiencia.
La escritura cursiva parece condenada a seguir el camino del latín: dentro de un tiempo, no la podremos leer". Abriendo una tímida ventana a la individualidad, aún firmamos a mano. Por poco tiempo...
jueves, 13 de junio de 2013
CONTRADICCIONES
Me anticipo ya, de entrada, la frustración total que sentiré al terminar esta necesidad hecha reflexión. Seré incapaz de trasladar aquí todo el cúmulo de emociones que me resulta imposible asimilar y que en este caso tampoco sabré, podré, canalizar a través de la palabra escrita. De poco me servirá en este caso enfrentarme a ello, sacarlo de mí. Pero me resulta absolutamente necesario a pesar de la previsión.
Porque es muy difícil explicar, entender, cómo se puede vivir amando desesperadamente a una personita de dieciseis años y no soportarla al mismo tiempo. Es muy desestabilizador vivir en esta especie de esquizofrenia en la que tienes que compartir la necesidad de abrazar a alguien, de sentir su calor, su compañía, su cariño; con el sentimiento urgente de querer estar a miles de kilómetros de él. Así que paso de la tristeza más profunda, esencial, a la rabia y la indignación más violentas. Mi cara, mi alma, mi corazón, se convierten, así, en una desagradable mueca que intenta conjugar la sonrisa y el afecto con la ira y la exasperación. ¿Se puede vivir así? ¿Se sabe dejar de sentir toda esa deyección que convierte la vida en una batalla sin mapas ni trincheras? Lo llaman inteligencia emocional, creo, y yo soy completamente límite en ese campo.
¿Se puede vivir en la contradicción y sentirse bien? ¿Hay alguien que viva sin contradecirse o que no le afecte saberlo así? ¿Hay diferentes tipos de contradicciones más o menos "vivibles"? ¿Ser feliz es vivir sin contradecirse?
Yo me doy cuenta de que soy una pura contradicción.
Soy agnóstica, por supuesto estoy en contra de la Iglesia católica como institución; no me he casado, por supuesto, pero... me encantan los vestidos de novia.
Estoy a favor de la escuela pública, sin fisuras,pero...mi hijo va a un colegio privado.
Me encanta conocer sitios nuevos, disfruto mucho simplemente paseando por las ciudades, pero...odio viajar: tengo pánico a volar, detesto hacer las maletas, tengo problemas para sentirme a gusto en las habitaciones de los hoteles, me molesta el ruido...
Me aburre la monotonía, me gusta que algo diferente ocurra,pero...los cambios me desestabilizan y los rehuyo en cuanto puedo.
Me gusta ser independiente, que no me encorseten ni me compriman. Hacer las cosas a mi aire, pero... necesito contrastar lo que pienso y hago con los demás; y necesito saber que están ahí.
Y la enumeración continuaría...
Podría intentar justificarlas y explicar que me encantan los vestidos largos, con tejidos vaporosos o bordados con pedrería, los velos... quizá tenga que ver con que me gustan las cosas bellas.
O que el colegio de mi hijo es el que es porque quería una educación bilingüe y solo era posible en la privada.
O que necesito que se invente la teletransportación y que alguien se ocupe de esas menudencias de los viajes que me agotan y deprimen antes de comenzarlos
O que quiero una monotonía aderezada por algunas sorpresillas y que esas sorpresas me digan que las personas que las hacen piensan en mí y me quieren contenta
O que quiero ser libre pero que me acompañen en ese camino para que sea más rico e interesante.
Podría explicarlo, digo, pero no sé si eso haría que la contradicción dejara de serlo y se convirtiera en una paleta de matices con la que pintar una vida mucho más viva y brillante. Es posible que con esas y otra deducciones pudiera llegar a la conclusión de que sí, parece que sí que se puede ser lógico en las propias contradicciones.
Lo que no podrán explicar ni difuminar esas reflexiones es la sensación de fracaso íntimo, vital, cuando siento que nunca más podré recuperar un abrazo sincero de mi hijo que es lo que más necesito cada día.
Porque es muy difícil explicar, entender, cómo se puede vivir amando desesperadamente a una personita de dieciseis años y no soportarla al mismo tiempo. Es muy desestabilizador vivir en esta especie de esquizofrenia en la que tienes que compartir la necesidad de abrazar a alguien, de sentir su calor, su compañía, su cariño; con el sentimiento urgente de querer estar a miles de kilómetros de él. Así que paso de la tristeza más profunda, esencial, a la rabia y la indignación más violentas. Mi cara, mi alma, mi corazón, se convierten, así, en una desagradable mueca que intenta conjugar la sonrisa y el afecto con la ira y la exasperación. ¿Se puede vivir así? ¿Se sabe dejar de sentir toda esa deyección que convierte la vida en una batalla sin mapas ni trincheras? Lo llaman inteligencia emocional, creo, y yo soy completamente límite en ese campo.
¿Se puede vivir en la contradicción y sentirse bien? ¿Hay alguien que viva sin contradecirse o que no le afecte saberlo así? ¿Hay diferentes tipos de contradicciones más o menos "vivibles"? ¿Ser feliz es vivir sin contradecirse?
Yo me doy cuenta de que soy una pura contradicción.
Soy agnóstica, por supuesto estoy en contra de la Iglesia católica como institución; no me he casado, por supuesto, pero... me encantan los vestidos de novia.
Estoy a favor de la escuela pública, sin fisuras,pero...mi hijo va a un colegio privado.
Me encanta conocer sitios nuevos, disfruto mucho simplemente paseando por las ciudades, pero...odio viajar: tengo pánico a volar, detesto hacer las maletas, tengo problemas para sentirme a gusto en las habitaciones de los hoteles, me molesta el ruido...
Me aburre la monotonía, me gusta que algo diferente ocurra,pero...los cambios me desestabilizan y los rehuyo en cuanto puedo.
Me gusta ser independiente, que no me encorseten ni me compriman. Hacer las cosas a mi aire, pero... necesito contrastar lo que pienso y hago con los demás; y necesito saber que están ahí.
Y la enumeración continuaría...
Podría intentar justificarlas y explicar que me encantan los vestidos largos, con tejidos vaporosos o bordados con pedrería, los velos... quizá tenga que ver con que me gustan las cosas bellas.
O que el colegio de mi hijo es el que es porque quería una educación bilingüe y solo era posible en la privada.
O que necesito que se invente la teletransportación y que alguien se ocupe de esas menudencias de los viajes que me agotan y deprimen antes de comenzarlos
O que quiero una monotonía aderezada por algunas sorpresillas y que esas sorpresas me digan que las personas que las hacen piensan en mí y me quieren contenta
O que quiero ser libre pero que me acompañen en ese camino para que sea más rico e interesante.
Podría explicarlo, digo, pero no sé si eso haría que la contradicción dejara de serlo y se convirtiera en una paleta de matices con la que pintar una vida mucho más viva y brillante. Es posible que con esas y otra deducciones pudiera llegar a la conclusión de que sí, parece que sí que se puede ser lógico en las propias contradicciones.
Lo que no podrán explicar ni difuminar esas reflexiones es la sensación de fracaso íntimo, vital, cuando siento que nunca más podré recuperar un abrazo sincero de mi hijo que es lo que más necesito cada día.
sábado, 8 de junio de 2013
UNA MILÉSIMA DE SEGUNDO
Esta semana casi atropello a un ciclista. En un paso de cebra de incorporación, en la M-40.No lo vi, ni siquiera me habría dado cuenta de lo cerca que le pasé si no hubiera sido porque tuve que esperar después un ceda el paso y escuché a mis espaldas unas increpaciones. Empecé a temblar de arriba abajo. Me paré, me disculpé y él, muy enfadado-con razón- me decía que las disculpas no le hubieran evitado el golpe que le podría haber arruinado la vida.
No quiero justificar lo que pasó, ni explicar que esos pasos de cebra tienen mala visibilidad y son peligrosos en sí mismos; ni hablar de que últimamente, estoy tan cansada y mi insomnio me tiene tan aturdida, que la cabeza no me va bien y no sé bien lo que hago ni lo que digo. No quiero hablar de todo lo que sentí, del miedo y la vulnerabilidad que se apoderaron de mí.
Aquel día, a mí se me reveló otra realidad mucho más impactante.
No hace mucho incluía en mi blog esta frase:
"Un golpe que me ha recordado algo que sé muy bien: la vida puede cambiar en un segundo y podemos perder lo que casi no apreciamos cada día y que es lo más valioso que tenemos"
Sin embargo,nunca me había planteado, hasta ese momento, cuántas veces rozamos la tragedia sin darnos cuenta. Cuántas veces podría cambiar nuestra vida de golpe de forma dramática, y lo esquivamos sin ser conscientes. Qué decisiones tomamos que nos evitan desastres impensables.Con qué frecuencia jugamos con fuego sin saberlo y salimos indemnes en la más absoluta ignorancia.
La vida es una lotería y frecuentemente los mazazos nos la desbaratan para siempre y la transforman en algo opaco, doloroso.
Pero esa lotería también nos regala con sombras que, aunque están muy cerca, pasan livianamente de largo y nos permiten seguir con nuestra denostada cotidianeidad.
Mi vida pudo cambiar en una milésima de segundo para nunca ser igual. La vida del ciclista peligró, algo mucho más importante. Ambos nos salvamos por milésimas de segundo de vivir,de algún modo, una pesadilla. Mínima o inmensa, pero pesadilla. Una milésima de segundo habría sido suficiente.
No pasó nada pero fui consciente de lo que podría haberse desencadenado y esa consciencia me alertó y me asustó en partes iguales.Y volvió a corroborar algo que sé y que se me olvida con frecuencia, perdida en decepciones o malestares que me llevan a la queja y al descontento infantiles: soy una privilegiada. Por muchas cosas. Por todas.
Después de aquello sólo una palabra y una sensación me acompañaron ese día. Todavía me acompaña: gracias. Gracias al destino, a la vida, a la providencia, a la simple casualidad.A la vida.
Gracias a la vida
Ahora me toca a mí corresponder y cuidar más y mejor cada milésima de segundo. Porque cualquiera de ellas es la más importante, la definitiva; y porque todas son, por igual, primordiales y únicas.
No quiero justificar lo que pasó, ni explicar que esos pasos de cebra tienen mala visibilidad y son peligrosos en sí mismos; ni hablar de que últimamente, estoy tan cansada y mi insomnio me tiene tan aturdida, que la cabeza no me va bien y no sé bien lo que hago ni lo que digo. No quiero hablar de todo lo que sentí, del miedo y la vulnerabilidad que se apoderaron de mí.
Aquel día, a mí se me reveló otra realidad mucho más impactante.
No hace mucho incluía en mi blog esta frase:
"Un golpe que me ha recordado algo que sé muy bien: la vida puede cambiar en un segundo y podemos perder lo que casi no apreciamos cada día y que es lo más valioso que tenemos"
Sin embargo,nunca me había planteado, hasta ese momento, cuántas veces rozamos la tragedia sin darnos cuenta. Cuántas veces podría cambiar nuestra vida de golpe de forma dramática, y lo esquivamos sin ser conscientes. Qué decisiones tomamos que nos evitan desastres impensables.Con qué frecuencia jugamos con fuego sin saberlo y salimos indemnes en la más absoluta ignorancia.
La vida es una lotería y frecuentemente los mazazos nos la desbaratan para siempre y la transforman en algo opaco, doloroso.
Pero esa lotería también nos regala con sombras que, aunque están muy cerca, pasan livianamente de largo y nos permiten seguir con nuestra denostada cotidianeidad.
Mi vida pudo cambiar en una milésima de segundo para nunca ser igual. La vida del ciclista peligró, algo mucho más importante. Ambos nos salvamos por milésimas de segundo de vivir,de algún modo, una pesadilla. Mínima o inmensa, pero pesadilla. Una milésima de segundo habría sido suficiente.
No pasó nada pero fui consciente de lo que podría haberse desencadenado y esa consciencia me alertó y me asustó en partes iguales.Y volvió a corroborar algo que sé y que se me olvida con frecuencia, perdida en decepciones o malestares que me llevan a la queja y al descontento infantiles: soy una privilegiada. Por muchas cosas. Por todas.
Después de aquello sólo una palabra y una sensación me acompañaron ese día. Todavía me acompaña: gracias. Gracias al destino, a la vida, a la providencia, a la simple casualidad.A la vida.
Gracias a la vida
Ahora me toca a mí corresponder y cuidar más y mejor cada milésima de segundo. Porque cualquiera de ellas es la más importante, la definitiva; y porque todas son, por igual, primordiales y únicas.
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