martes, 7 de noviembre de 2017

Lágrimas en el mar

He visto una frase, en el perfil de una persona muy querida, en una red social que dice: 
"Llora en el mar"
Supongo que quiere decir que seas fuerte y que llores cuando no se note. Cuando tus lágrimas se puedan confundir con las gotas saladas del mar.

Porque llorar no está bien visto. Se soporta mal. Cansa ver llorar a otro. 

Nunca he entendido a la gente que le dice a una persona que llora:"No llores". Es como decirle: "No respires". 

No es fácil llorar. A veces es imposible. 
Cuando más lo necesitas, no puedes. 
Así que, poder hacerlo a pleno pulmón, es un alivio tremendo.

Pero no está bien visto. Es de pusilánimes. Y es tan cansado ver llorar a otro... Qué pesadez...
Por eso es conveniente llorar en el mar. No aventar tus debilidades. No agobiar a los demás con tus pesadumbres. No respirar.

Pienso en la cantidad de personas que lloran en el mar de su almohada. En el mar de la ducha. En el mar de la más absoluta soledad. 

Para no hacer daño preocupando a los que te quieren.
Para no aburrirles.
Para no tener que quedarte con las lágrimas llenas del vacío de la incomprensión, del silencio o la forzada compasión. 

Cuánta gente se acostará con sus lágrimas abortadas...

 Reseca de no poder llorarlas ni compartirlas. 
Ahogada por el miedo que no se puede compartir. Porque si lloras, lo alimentas. Si lo piensas, lo provocas. Si lo dejas descansar en el otro, lo hieres. Y cansa tanto...

Así, las lágrimas se ahogan en sí mismas y la soledad se encharca de ese miedo, de esa oscuridad, de esa pena infinita que no sabes cómo canalizar y por lo que, también, te sientes culpable.


Sonríe: si sonríes, la vida te sonreirá. Si piensas en positivo, todo irá mejor. No es lo que te pasa, sino cómo lo vives. Si la vida te da limones, haz limonada. Me pregunto qué habrá que hacer cuando la vida te da mierda...


Me gustaría susurrarle estas palabras a la gente que no puede llorar. 

Que no sabe cómo compartir sus lágrimas sin sentirlas como un arma contra el otro o como un plomo insoportable. 
Que busca espacios de soledad para dejarse ir.
Que llora en el mar. Naúfraga de su propia tristeza o impotencia o miedo o dolor o sufrimiento.
 Y decirte que yo amo esas lágrimas. 

Que no debes reprimirlas porque no alimentan nada que no te esté carcomiendo ya. 

Que no me cansa verte llorar. Acompañarte en tu llanto.
Que las lágrimas serán el camino donde poder descansar para seguir luchando. 
Que las lágrimas abrirán paso a la fuerza que necesitas para continuar. 
Que las lágrimas regarán la esperanza que nunca hay que sepultar. 
Que en tu mar, iré de tu mano y avanzaremos. 

Porque llorar, a veces, es el único lenguaje que el corazón encuentra para poder seguir palpitando. 


Para todas las personas que están sufriendo y no pueden compartir su sufrimiento y lo lloran en silencio y en soledad.

viernes, 3 de noviembre de 2017

CHECHU

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viernes, 29 de septiembre de 2017

Me quedo contigo

Hoy he soñado con ella. Quizá, porque no me la quito de la cabeza ni un segundo desde hace demasiados días,  el poco tiempo que he dormido, también mi corazón lo ha querido pasar con ella.
No recuerdo qué hacíamos. No recuerdo el sueño...

Pero sí recuerdo el día que la conocí. Venía de una sesión de quimio a cubrir el voluntariado de la asociación que la lanzó de nuevo a la VIDA( aunque, intuyo que en el último año le ha dejado un regusto amargo, arrebatándole un poquito la ilusión por tirar adelante).

El caso es que no la conozco. No sé su color favorito, ni su comida preferida. No sé cómo se enamoró ni qué estudió ni cómo ha llegado a ser quién es. Sé poco de ella. Es prudente, mesurada, a veces hermética.No sé bien quién es. Y sin embargo, estará conmigo hasta el último de mis días y quiero creer que piensa, como yo, que somos amigas.

 ¿Se puede querer a alguien sin conocerla y vestir de amistad una relación esporádica y tenue? Porque ahora sé, quizá un poco tarde, que la amistad es compartir y acompañar. Y ella y yo hemos compartido grandes momentos y, sobre todo, ella me acompaña en el más preciados de mis caminos. En el único en el que me siento yo y respiro. El camino que más me hace y deshace y en el que, también, me he encontrado y me encuentro muy sola. Es un camino para la soledad, es verdad. Pero se agradece tanto encontrar un eco que te devuelva el calor de las palabras... Y ella ha sido frecuentemente, la única que ha sentido la necesidad de regalármelo.

Por eso siento tanto no haber estado más ahí en los últimos meses, compañera. Tú me esperabas y aprovechabas cualquier ocasión para decírmelo, para lanzarme al camino. Yo ahogada en mis propias miserias, muda por el estruendo de mi corazón ajironado, no supe escucharte y, de algún modo, te dejé sola en mi camino, esperándome. Ahora lo sé. He perdido la oportunidad de estar contigo de esta otra manera.Y no me lo perdono. Porque no me di cuenta de que era una forma de hacer lo que tanto me gusta: estar contigo, sostenerte un poco, hacer tus horas más placenteras, ayudarte. Era la única forma en la que me dejabas ayudarte y la desperdicié.

Tú, que nunca pides nada, que nunca te quejas, que jamás dejas entrever tu malestar, tu dolor, tu sufrimiento. Tú, que te mantienes firme tras respuestas cortas y precisas, me llamabas y no te escuché. No supe abonar la esterilidad de mi escritura con el empuje de tu entusiasmo. Y te pido perdón.

Hace meses que explotan ante mis ojos evidencias que ni intuía. Me quedó petrificada por dentro, incrédula ante mi ingenuidad y falta de perspectiva veraz. Esta ha sido una bomba de racimo. Se ha extendido por mí para siempre. Como tú. Va a doler cada día. Como tú.

Llevo días hablando contigo en silencio. Aferrada a una prótesis, empujaba contigo para tirar para adelante. Sin querer mirar a los lados. Sin querer creer en estadísticas ni en las clavículas punzantes que me recibían en cada abrazo. Quise creer que sí. Que podías una vez más. Que iba a ser que sí. Porque te he visto en los últimos meses resurgir. Porque te he visto luchar y vencer en batallas imposibles. Cada minuto. Y quise creer, y creí contigo, que esta sería una más.

Hace meses que no te regalo palabras. Esas que tanto te gustan y te acompañan. Yo llevo días instalada en el silencio. Un silencio elocuente que me ha gritado la realidad. Esa que tú has desbaratado durante años. Esa que has esquivado con tu pasión por la VIDA y por sus cosas hermosas. Esa, contra la que, sé , sigues luchando, sin tirar la toalla. Donde quiera que ahora estés.
Ese lugar en el que nunca has querido estar y ante el que sé que, como puedas, te estás rebelando.

Por eso escribo, porque es la única manera de estar contigo allí. En ese combate de soledad total y de "sensaciones extrañas". Nadie nos puede acompañar en ese trayecto. No podemos estar ahí, contigo. Nadie puede estar ahí, es un viaje en soledad. Por eso estoy aquí, contigo.


Me quedo con la última vez que nos vimos. Con tu mirada, tu cansancio infinito, tu voz pálida y tu determinación por hacer la maratón hasta el baño. Con la caricia que posé en tu cara. 

Me quedo con esa llamada de teléfono que me hiciste hace unos días que para mí fue la alegría de saber que contabas conmigo y que, de algún modo, tu corazón me necesitaba.

Me quedo con todo lo que me has enseñado que nunca más debería mancillar con mi fragilidad y que debería marcarme el camino de la buena vida.

Me quedo con todo lo que hemos compartido y vivido y soñado juntas. 

Me quedo contigo.

martes, 16 de mayo de 2017

Una habitación propia

Con Virginia Woolf me pasa como con Kafka. Comienzo a leerla y siento un manto viscoso que me cubre y me ahoga.
Descubren el mundo. Ese que no se ve, que se intenta esconder y que es parte de la realidad. De la vida.

Virginia nos avisó muy pronto de lo necesario que es tener una habitación propia.
Una simple frase que abarca la única verdad que no siempre es tan simple.

Si no puedes tener una habitación propia, te has quedado sin vida.

Hoy sé perfectamente que es así.

Por eso entiendo dolorosamente bien las piedras en los bolsillos de Virginia. Cada uno refleja un dolor insoportable que te lleva a querer descansar bajo aguas que fluyen, lejos de la ciénaga en la que se puede convertir la vida.


Invisible

Empieza a sangrarme un oído. No me doy cuenta. 
Es un bonito día de primavera.
La gente va y viene a sus quehaceres.
La sangre me mancha el pelo y la ropa. Sigo sin percibirlo.
Alguien, alarmado, me para. 
"¿Estás bien? Estás sangrando"
"Sí. Huy es verdad"
Más personas se arremolinan a mi alrededor. 
"Siéntate" ¿Quieres un poco de agua"
"Yo cuido de tu mochila. Pesa un montón. Suéltala a ver si te está perjudicando"
"Ya llamo al Samur yo. Túmbate que será mejor"
Entre todos me preparan una cama cómoda con sus jerseys. Alguien me abanica. Hace calor. 
"¿No te duele"
"No. Nada"
Escucho que alguien dice susurrando: "Joer es un montón de sangre"
Comienzo a marearme. 
La chica con mi mochila me acaricia y me dice que no me preocupe, que no la va a dejar ni a mí tampoco. Que si quiero llamar a alguien. Le digo que no. Que prefiero ver qué dice el médico antes de alarmar a mi familia.
Me desmayo pero lo hago consciente de que se ocupan de mí. De que puedo hacerlo. Puedo desmayarme y sentirme protegida, acompañada, cuidada.  

Pero mi herida no sangra, no se ve. 
El rojo no empapa mi blusa ni mi pelo.
No puedo desmayarme. Dejarme ir. 



miércoles, 26 de abril de 2017

Sin descanso

Son las cuatro de la madrugada no puedo dormir sé que no podré si no distraigo de algún modo la angustia que galopa en el traqueteo de mi corazón enciendo la radio casi no tiene pilas la oigo mal
busco un programa donde la gente habla cuenta sus cosas "Hablar por hablar" de pronto una señora comenta que está en contra de las residencias que todos sabemos lo que son pero que claro ella tuvo la suerte de poder dejar de trabajar y poder ocuparse de su padre con Parkinson avanzado me lanzo como un resorte al baño quiero vomitar