Estamos solos. Tengo esa absoluta certeza. Rodeados de gente, en constante compañía, pero solos.
En los momentos importantes, sustantivos de la vida, estamos completamente solos.
Por la noche, al acostarnos, con nuestros miedos, nuestros temores, nadie puede evitarnos cuarto y mitad para disminuir esa angustia que nos impide dormir.
En la enfermedad propia, "algodonados" de cuidados y muestras de interés, nadie nos puede evitar esa insidiosa compañía del malestar, del dolor opaco y permanente, del terror a la incertidumbre.
En las enfermedades o la muerte de los seres queridos, lloramos de abrazo en abrazo; sentimos la mano cálida de quien nos acompaña en esa oquedad incomprensible que, de repente, se ha instalado en nuestra vida. Pero nadie puede sacarnos de ella, llevarnos a otro lugar diferente al vacío y la tristeza en la que vivimos.
En los grandes problemas, descansamos a ratos en quienes nos escuchan y aconsejan. Pero en la decisión o consecuencia final, estamos solos, completamente solos.
Nacemos solos. Morimos solos. Deberíamos aprender a vivir solos.Sin embargo necesitamos de los demás. Tal vez alguien muy seguro de sí mismo, muy centrado, muy...no sé, no necesite de nadie. Yo sí. Necesito de los demás. Y toda la gente que conozco parece que también.
Y es bueno, creo. Es bueno tener amigos a los que necesitar. Pero cada vez parece más difícil, más complicado tenerlos cerca, cuidarlos, identificarlos.
La amistad se hace día a día, se alimenta compartiendo emociones, planes; momentos mínimos o definitivos. La amistad se riega, se fortalece. De algún modo. Si no, pierde su esencia. Se desdibuja y pasa a ser una convención, un lazo desgastado y marchito que, en ocasiones, duele porque recuerda a aquel que otro día creímos tener.
Es difícil, decía, mantenerlo vigoroso y saludable en este mundo de prisas, individualidad y economía, que nos lleva al cansancio y la desgana. Entono un claro "mea culpa". Pensamos que es suficiente sujetarlo con alfileres, y no lo es. El hilván se desteje lentamente, se deshilacha;
la amistad se diluye en silencios, vacíos y conversaciones triviales que, como ruido, intentan disfrazar esa distancia ya insalvable.
Quizá por eso deberíamos aprender a no necesitar a los otros. A bendecirlos si nos sustentan, pero a no sentir que perdemos pie si no están como los necesitamos. Aprender que, a pesar de todo, estamos solos. Aprender a respirar solos
jueves, 4 de julio de 2013
viernes, 28 de junio de 2013
Fin de curso de " mis niños"
Ayer fue otro día especial.Pasé toda la tarde en una fiesta de fin de curso con muchas actuaciones. Los aplicados participantes estaban radiantes: divertidos y preparados, con ganas de pasarlo bien y de hacer disfrutar al entregado público.
Los familiares esperábamos ilusionados que empezara el espectáculo que tantos esfuerzos, sabíamos, les había costado durante tanto tiempo antes.
Se apagan las luces y ¡¡¡¡empieza el espectáculo!!!!
EMPIEZA LA FIESTA CON LO MEJOR DE MI CASA
LAS CHICAS VUELAN
LALALA Masiel, espectacular
ESTO ES UN ESCÁNDALO
EL TIGRE
Hay que decir que todos los trajes con los que aparecen en escena, han sido realizados por ellas mismas. Es una tarea llena de imaginación y de muchas horas de trabajo compartiendo ideas, risas, ilusiones.Muchas puntadas juntas, mucha creatividad y mucha satisfacción. Posiblemente no hay terapia mejor que ésta para hacer frente a todos los achaques y sinsabores que la vida reserva a esta edad.
Y ahora un regalito de la más mejor amigüita de "mi niña", Toñi. Que nadie diría la edad que tiene de lo guapísima que está.( Ya quisiera yo su piel para mis taitantos años actuales)
Toñi como unas castañuelas
En la fiesta hubo muchas más actuaciones: copla, "performances", teatro, danza del viente... ¡ fue muy completa!
Y yo, me descubría entre risas, completamente emocionada. Viendo a mi madre tan guapa y disfrutando tanto, con tanta energía y tanta alegría, a pesar de todos sus achaques. Viendo a mi padre entregado, aplaudiendo, cantando, siempre con una sonrisa, a pesar de su enfermedad que también baila con él. Era la misma emoción que siento con mi hijo, la misma ternura.
Me gustaría parar el tiempo y que este momento durara años. Me gustaría poder disfrutar de ellos así, como en bucle, muchos años más, otros cincuenta.En ese escenario donde solo hay espacio para lo bueno de la vida; donde no caben, las enfermedades, los disgustos, los miedos o preocupaciones.Quiero ese escenario para ellos cada día.Verlos así mucho tiempo más: ilusionados, felices.
Ojalá hubiera una manera de hacer que su vida fuera como esa fiesta: alegría, ilusión, disfrute,emoción. Y que el espectáculo acabara con la misma sensación de plenitud, de vida. Que se apagaran las luces dulcemente, con la sonrisa en los labios.
jueves, 27 de junio de 2013
El vacío
Debería haber un periódico que se encargara de seguir las noticias, de ver cómo terminan, cómo continúa lo que se cuenta si no se trata de un desenlace. Se llamaría el "EL Despuesiódico".
Alguien ha sido el protagonista de un hecho puntual, interesante sólo en ese momento; pero después, no sabemos cómo sigue la vida de esa persona. Ahora hay muchos ejemplos de esto que comento, desafortunadamente. Personas desahuciadas, personas en paro que acuden a los servicios sociales..
Hace ya algún tiempo apareció en los medios esta noticia:
Vídeo de la noticia
Una buena noticia. Heroica. Alguien había perdido los motivos para vivir.Alguien se hallaba tan angustiado, tan desesperado que quería dejar de sentir todo ese dolor, quería ponerle fin.
Un grupo de personas lograron disuadirle, le forzaron a que abandonara su intento. Es cierto que le habría dado tiempo a terminar lo que se había propuesto y no lo hizo. Algo le retenía aquí.O es que hace falta mucho valor para poner fin a lo único que tenemos. O es que las personas que sienten así, están enfermas, mal, y necesitan ayuda.
Muchas personas intentan intentar suicidarse sólo para llamar la atención. Las que están cegadamente desesperadas lo consiguen sin grandes alharacas. En cualquier caso, todas necesitarían ayuda. Eso es seguro. Ayuda para encontrar sentido a la vida, para dejar de sentir esa distorsión que todo nubla y a todo tiñe de sinsentido.
Por eso siempre me pregunto si alguien les habrá salvado de verdad preocupándose por ellos, ocupándose de ellos, después de rescatarlos. Siempre me pregunto si las personas que "salvan" a otros no se sienten en la obligación de darles la vida otra vez, ayudándolos a iluminarla y a que salgan de ese foso en el que se revuelven entre soledad, tristeza y vacío.
El problema es que muchas veces nadie puede ayudar realmente a la otra persona.A veces nada ni nadie puede hacer más que acompañar en la búsqueda y dar mucho cariño. Y eso es tanto...
Y esperar pacientemente a que la persona siga luchando, con terapias o no, y que gane la batalla.
De nada sirve la culpabilidad por no haber sabido anticiparse. Por no haber sido capaz de llenar ese vacío, de iluminarlo.
Alguien ha sido el protagonista de un hecho puntual, interesante sólo en ese momento; pero después, no sabemos cómo sigue la vida de esa persona. Ahora hay muchos ejemplos de esto que comento, desafortunadamente. Personas desahuciadas, personas en paro que acuden a los servicios sociales..
Hace ya algún tiempo apareció en los medios esta noticia:
Vídeo de la noticia
Una buena noticia. Heroica. Alguien había perdido los motivos para vivir.Alguien se hallaba tan angustiado, tan desesperado que quería dejar de sentir todo ese dolor, quería ponerle fin.
Un grupo de personas lograron disuadirle, le forzaron a que abandonara su intento. Es cierto que le habría dado tiempo a terminar lo que se había propuesto y no lo hizo. Algo le retenía aquí.O es que hace falta mucho valor para poner fin a lo único que tenemos. O es que las personas que sienten así, están enfermas, mal, y necesitan ayuda.
Muchas personas intentan intentar suicidarse sólo para llamar la atención. Las que están cegadamente desesperadas lo consiguen sin grandes alharacas. En cualquier caso, todas necesitarían ayuda. Eso es seguro. Ayuda para encontrar sentido a la vida, para dejar de sentir esa distorsión que todo nubla y a todo tiñe de sinsentido.
Por eso siempre me pregunto si alguien les habrá salvado de verdad preocupándose por ellos, ocupándose de ellos, después de rescatarlos. Siempre me pregunto si las personas que "salvan" a otros no se sienten en la obligación de darles la vida otra vez, ayudándolos a iluminarla y a que salgan de ese foso en el que se revuelven entre soledad, tristeza y vacío.
El problema es que muchas veces nadie puede ayudar realmente a la otra persona.A veces nada ni nadie puede hacer más que acompañar en la búsqueda y dar mucho cariño. Y eso es tanto...
Y esperar pacientemente a que la persona siga luchando, con terapias o no, y que gane la batalla.
De nada sirve la culpabilidad por no haber sabido anticiparse. Por no haber sido capaz de llenar ese vacío, de iluminarlo.
domingo, 23 de junio de 2013
Las magnolias
Los magnolios se desperezan tímidamente. Sus espectaculares flores los van moteando como secretos resplandecientes que se abren al sol hermosas, elegantes, voluptuosas.
Cohibidamente unas, como escondiendo un universo al que proteger.
Desvergonzadas y opulentas, otras, descaradamente abiertas en todo su esplendor, se presentan frágiles y efímeras pero dispuestas a expresarse sin pudor.
Con la despedida del sol, volverán a recogerse sobre sí mismas, cubriéndose de la oscuridad que les impide regalarnos su blancura ingenua e indescifrable.
La hermosa fugacidad de lo irrecuperable.
Cohibidamente unas, como escondiendo un universo al que proteger.
Desvergonzadas y opulentas, otras, descaradamente abiertas en todo su esplendor, se presentan frágiles y efímeras pero dispuestas a expresarse sin pudor.
Con la despedida del sol, volverán a recogerse sobre sí mismas, cubriéndose de la oscuridad que les impide regalarnos su blancura ingenua e indescifrable.
La hermosa fugacidad de lo irrecuperable.
viernes, 21 de junio de 2013
Un presente
Tengo que hacer auténticos esfuerzos, deberes intensivos, para que el presente no se me escape perdida en reflexiones sobre el futuro y el pasado. Me instalo sin darme cuenta en la planificación del futuro inmediato o me deleito en recorrer momentos o conversaciones intensos, felices, emocionantes, del pasado. Y así, de ese modo tan fluido, me pierdo el presente. Completamente. Es decir, ¡¡¡no vivo!!! "Vivo sin vivir aquí".
Hoy he ido a correr a un parque en el que me gusta mucho hacerlo porque es un parque lleno de árboles de muy diferentes tipos. Un parque fresco en el que, en estos momentos, se puede gozar de la fragancia intensa de su rosaleda. Me gusta correr en él porque disfruto, al mismo tiempo, de los colores, sonidos y olores que lo pueblan y nos regala, y porque el camino está flanqueado por chopos que me acompañan en su vaivén diamantino y alegre que no me canso de contemplar cuando el sol les da de frente. He ido con la intención de disfrutar de todo esto porque correr no es, así, un simple ejercicio aeróbico mecánico. Correr se convierte en un deleite renovado a cada zancada.
Pero sólo lo he disfrutado en parte. Me he perdido en mis elucubraciones y con ellas también me he perdido, por momentos, el disfrute de unos árboles
que ahora están hermosos, alegres y exuberantes: las CATALPAS
Con sus flores blancas
que se abren como musicales campanillas , sus vainas y sus enormes y preciosas hojas.
En algún momento, absorta en mis pensamientos, me he perdido
-del mismo modo- el espectáculo del brillo del sol cimbreante en el murmullo de las hojas de los chopos.
Una pena. He perdido el instante, la maravilla del momento que ya nunca será igual porque será otro. Otra la luz, otro el aroma, otra la emoción.
Para resarcirme de aquello que ya no podía recuperar por estar en lo que ya no era y en lo que podrá ser, he buscado mi rosa.
Una rosa violeta, perfecta, con una fragancia penetrante y adictiva que siempre saludo cuando voy. Me he colmado de su belleza impactante y de su aroma único. Me he empachado de ella para recordar, con el polen todavía en mi nariz, que el presente es eso, un presente. Y aún sabiendo que es lo único que tenemos, con frecuencia lo malgastamos en temores o nostalgias, en proyectos o remembranzas que nos impiden retener ese regalo que se nos ofrece a cada segundo, si sabemos mirarlo y vivirlo bien.
Hoy he ido a correr a un parque en el que me gusta mucho hacerlo porque es un parque lleno de árboles de muy diferentes tipos. Un parque fresco en el que, en estos momentos, se puede gozar de la fragancia intensa de su rosaleda. Me gusta correr en él porque disfruto, al mismo tiempo, de los colores, sonidos y olores que lo pueblan y nos regala, y porque el camino está flanqueado por chopos que me acompañan en su vaivén diamantino y alegre que no me canso de contemplar cuando el sol les da de frente. He ido con la intención de disfrutar de todo esto porque correr no es, así, un simple ejercicio aeróbico mecánico. Correr se convierte en un deleite renovado a cada zancada.
Pero sólo lo he disfrutado en parte. Me he perdido en mis elucubraciones y con ellas también me he perdido, por momentos, el disfrute de unos árboles
que ahora están hermosos, alegres y exuberantes: las CATALPAS
Con sus flores blancas
que se abren como musicales campanillas , sus vainas y sus enormes y preciosas hojas.
En algún momento, absorta en mis pensamientos, me he perdido
-del mismo modo- el espectáculo del brillo del sol cimbreante en el murmullo de las hojas de los chopos.
Una pena. He perdido el instante, la maravilla del momento que ya nunca será igual porque será otro. Otra la luz, otro el aroma, otra la emoción.
Para resarcirme de aquello que ya no podía recuperar por estar en lo que ya no era y en lo que podrá ser, he buscado mi rosa.
Una rosa violeta, perfecta, con una fragancia penetrante y adictiva que siempre saludo cuando voy. Me he colmado de su belleza impactante y de su aroma único. Me he empachado de ella para recordar, con el polen todavía en mi nariz, que el presente es eso, un presente. Y aún sabiendo que es lo único que tenemos, con frecuencia lo malgastamos en temores o nostalgias, en proyectos o remembranzas que nos impiden retener ese regalo que se nos ofrece a cada segundo, si sabemos mirarlo y vivirlo bien.
jueves, 20 de junio de 2013
Desarraigo
45,2 millones de refugiados. Para entender este número desmesurado y frío, podríamos pensar en toda España desplazada, fuera de su casa. Sin casa, sin raíces, sin olores, sin paisajes, sin familia, sin amigos...sin la posibilidad de volver a ellos. Con miedo, con rabia, con tristeza, con desesperación. Sin entender, sin saber quiénes son, sin sentirse aceptados, parte de algo. Mutilados,
desarraigados, rotos,convertidos en fantasmas que nadie quiere ver y que a nadie le preocupan. Intentando injertarse en otros mundos, otros olores, otros paisajes, otras lenguas, otros corazones. Pero sabiendo que ya nada será igual y que ellos serán otros.Obligados a ser otros.
Siempre que siento que no tengo fuerzas, que no puedo seguir adelante, vuelvo a mi casa, a mis cosas, a mi refugio. Allí, el calor de todo lo que soy me devuelve la serenidad y la energía para continuar.
No puedo imaginar cómo es una vida en la que te niegan lo que más quieres, lo que te conforma y te sustenta. Sin la esperanza de poder recuperarlo algún día.
miércoles, 19 de junio de 2013
Una pastilla
Hoy en El País aparece una noticia sobre la depresión postparto.
Al parecer ya se van sabiendo las causas que la provocan. Y me he alegrado mucho al pensar que, tal vez ahora, ahora que se saben las causas, inventarán una pastilla que ayude a que las mujeres no sientan esa zozobra en ese momento tan intenso y único.
Horas de absoluto pavor en la más absoluta soledad con la única compañía de la sucesión de ese dolor que me atravesaba antes de que pudiera recuperarme del anterior.Contracciones que se repetían cada 3 minutos, sin descanso y que con nadie pude comentar o gritar o distraer porque aseguraron que llamarían a seguridad si el padre de la criatura se atrevía a colarse otra vez a esa habitación donde yo me hallaba sola sin saber qué hora era, ni cómo iba el proceso, ni cuánto tiempo podría dilatarse ( El parto, me refiero. Porque yo no sabía si estaba dilatada o no porque nadie aparecía ni nadie me informaba).
Recuerdo que, en esos momentos, me acordaba de Miguel Ángel Blanco que había recibido un tiro en la cabeza de ETA y se debatía entre la vida y la muerte para hacerme entender que había situaciones peores que la mía y que la mía pasaría en unas horas.
No sé si esa pastilla podría velar mínimamente el recuerdo de una hora en el paritorio con Joaco, agarrada a su camisa (tuvimos que tirarla porque cada vez que la veía me ponía enferma), queriéndome morir.
Ni si haría algo esa pastilla para poder olvidar la hora en el quirófano; empujando, ya exhausta, entre gritos nerviosos de los médicos porque el niño no salía y no era posible ya una cesárea; con dos médicos encima de mí, presionando sobre mi vientre con sus manos. Y ese dolor ante el que yo ya no era yo (mis gritos ya no eran humanos)y ante el que sólo quería desaparecer y me daba igual el niño,el mundo o yo.
No creo que la pastilla pudiera, ni siquiera, suavizar las emociones que sentí cuando el bebé nació y no lo oí llorar. Nada me importaba porque yo sólo quería morirme, y pensé que sería mejor que así fuera si a Raúl le hubiera pasado algo. Lloró mucho más tarde, lo vi un segundo durante el que me lo acercaron completamente morado para que le diera un beso y se lo llevaron rápidamente sin decirme nada sobre él, ni sobre por qué esas escenas idílicas del bebé sobre el vientre de una madre satisfecha y feliz se me negaban por completo. A cambio, me ofrecieron una hora de reloj, cosiéndome. Durante esa labor "de alta costura", mis piernas se me durmieron y empezaron a temblarme y el único contacto humano que tuve fue una frase que tengo clavada y que ninguna pastilla va a hacerme olvidar: "Oye, bonita, ¿puedes dejar de mover la pierna? Así no hay quién trabaje". No fue la única frase "cálida y solidaria" que me obsequiaron a lo largo de esa noche del 13 al 14 de julio de 1997. Otras como "Aquí viene la desequilibrada" me acompañarán para siempre.
He de decir que todas las personas que me atendieron fueron mujeres, posiblemente madres. Mujeres que están cansadas de ver a otras mujeres sufriendo y que no le dan mayor importancia, entiendo. Pero no puedo entender el desdén, el abandono con el que me trataron.
Tampoco puedo entender por qué no me rebelé, por qué no empecé a sacar de mí todo ese dolor y ese menosprecio de cualquier manera, durante aquellas horas tan largas. Por qué me quedé sumisa en mi camilla, llorando desesperada, esperando el milagro de que llegara alguien que me tranquilizara y me llamara por mi nombre. El miedo, supongo. El miedo y la esperanza. Empecé entonces a responderme muchas preguntas que me vengo haciendo sobre los campos de concentración y la sumisión.
Raúl nació con un test de Apgar 6 y no recuperó en la segunda prueba, lo cual era bastante preocupante. Estuvo en la incubadora con medicinas y suero aplicados en su cabecita suave y dolorida, pero salió del trance sin consecuencias. Desde entonces sabemos que es un niño muy fuerte.
Mucho más que su madre, que se pasó un día sin verle (salvo ese minuto horrible) y que el día que lo recibió en su habitación no podía contener las lágrimas que brotaban a borbotones de pura emoción, de miedo, de amor, de tristeza profunda. Su madre que pasó la peor noche de su vida sin casi poder moverse por las heridas pero teniéndolo que hacer durante toda la noche, intentando tranquilizar a Raúl que lloraba desconsolado hora tras hora. Nadie podía quedarse con nosotros porque iba contra las normas.
No sé si esa milagrosa pastilla podrá recomponer a una madre que siente llorar inquieto a su hijo, todo el día, durante los dos primeros meses de su vida y que no logra que duerma si no es en movimiento.(Gracias, Ina)
Es cierto que la química nos ayuda a soportar los dolores y las enfermedades. Pero aquella noche de verano y fin de semana, en la que no había anestesista para mí porque estaba de guardia, sólo habría hecho falta un poco de sentido común y de amabilidad. Un poco de ser más personas y menos funcionarios. Una palabra cariñosa, una caricia a tiempo, una simple frase tranquilizadora. Un poco de humanidad y el calvario inevitable por el que pasamos Raúl y yo se habría convertido en un mal trago lleno de cariño y de emociones.
Así sólo tengo el consuelo de que , finalmente,el sufrimiento fetal de Raúl
no tuvo consecuencias y de que la mala suerte no fue tan mala.Tan sólo fue injustamente fría y gratuitamente humillante, gracias a las profesionales que hicieron que me sintiera culpable de no saber traer a mi hijo al mundo.
Tal vez lo necesario sería inventar una pastilla para que no olvidáramos, en muchas ocasiones, que somos personas y que vivimos entre personas. Que necesitamos ser personas y que nos traten como personas. Nada más. Y en estos tiempos que corren, esa pastilla va resultando tan imprescindible como lo hubiera sido para mí que esas "profesionales" se hubieran tomado su dosis diaria aquel día.
![]() |
| La depresión postparto. |
Al parecer ya se van sabiendo las causas que la provocan. Y me he alegrado mucho al pensar que, tal vez ahora, ahora que se saben las causas, inventarán una pastilla que ayude a que las mujeres no sientan esa zozobra en ese momento tan intenso y único.
Horas de absoluto pavor en la más absoluta soledad con la única compañía de la sucesión de ese dolor que me atravesaba antes de que pudiera recuperarme del anterior.Contracciones que se repetían cada 3 minutos, sin descanso y que con nadie pude comentar o gritar o distraer porque aseguraron que llamarían a seguridad si el padre de la criatura se atrevía a colarse otra vez a esa habitación donde yo me hallaba sola sin saber qué hora era, ni cómo iba el proceso, ni cuánto tiempo podría dilatarse ( El parto, me refiero. Porque yo no sabía si estaba dilatada o no porque nadie aparecía ni nadie me informaba).
Recuerdo que, en esos momentos, me acordaba de Miguel Ángel Blanco que había recibido un tiro en la cabeza de ETA y se debatía entre la vida y la muerte para hacerme entender que había situaciones peores que la mía y que la mía pasaría en unas horas.
No sé si esa pastilla podría velar mínimamente el recuerdo de una hora en el paritorio con Joaco, agarrada a su camisa (tuvimos que tirarla porque cada vez que la veía me ponía enferma), queriéndome morir.
Ni si haría algo esa pastilla para poder olvidar la hora en el quirófano; empujando, ya exhausta, entre gritos nerviosos de los médicos porque el niño no salía y no era posible ya una cesárea; con dos médicos encima de mí, presionando sobre mi vientre con sus manos. Y ese dolor ante el que yo ya no era yo (mis gritos ya no eran humanos)y ante el que sólo quería desaparecer y me daba igual el niño,el mundo o yo.
No creo que la pastilla pudiera, ni siquiera, suavizar las emociones que sentí cuando el bebé nació y no lo oí llorar. Nada me importaba porque yo sólo quería morirme, y pensé que sería mejor que así fuera si a Raúl le hubiera pasado algo. Lloró mucho más tarde, lo vi un segundo durante el que me lo acercaron completamente morado para que le diera un beso y se lo llevaron rápidamente sin decirme nada sobre él, ni sobre por qué esas escenas idílicas del bebé sobre el vientre de una madre satisfecha y feliz se me negaban por completo. A cambio, me ofrecieron una hora de reloj, cosiéndome. Durante esa labor "de alta costura", mis piernas se me durmieron y empezaron a temblarme y el único contacto humano que tuve fue una frase que tengo clavada y que ninguna pastilla va a hacerme olvidar: "Oye, bonita, ¿puedes dejar de mover la pierna? Así no hay quién trabaje". No fue la única frase "cálida y solidaria" que me obsequiaron a lo largo de esa noche del 13 al 14 de julio de 1997. Otras como "Aquí viene la desequilibrada" me acompañarán para siempre.
He de decir que todas las personas que me atendieron fueron mujeres, posiblemente madres. Mujeres que están cansadas de ver a otras mujeres sufriendo y que no le dan mayor importancia, entiendo. Pero no puedo entender el desdén, el abandono con el que me trataron.
Tampoco puedo entender por qué no me rebelé, por qué no empecé a sacar de mí todo ese dolor y ese menosprecio de cualquier manera, durante aquellas horas tan largas. Por qué me quedé sumisa en mi camilla, llorando desesperada, esperando el milagro de que llegara alguien que me tranquilizara y me llamara por mi nombre. El miedo, supongo. El miedo y la esperanza. Empecé entonces a responderme muchas preguntas que me vengo haciendo sobre los campos de concentración y la sumisión.
Raúl nació con un test de Apgar 6 y no recuperó en la segunda prueba, lo cual era bastante preocupante. Estuvo en la incubadora con medicinas y suero aplicados en su cabecita suave y dolorida, pero salió del trance sin consecuencias. Desde entonces sabemos que es un niño muy fuerte.
Mucho más que su madre, que se pasó un día sin verle (salvo ese minuto horrible) y que el día que lo recibió en su habitación no podía contener las lágrimas que brotaban a borbotones de pura emoción, de miedo, de amor, de tristeza profunda. Su madre que pasó la peor noche de su vida sin casi poder moverse por las heridas pero teniéndolo que hacer durante toda la noche, intentando tranquilizar a Raúl que lloraba desconsolado hora tras hora. Nadie podía quedarse con nosotros porque iba contra las normas.
No sé si esa milagrosa pastilla podrá recomponer a una madre que siente llorar inquieto a su hijo, todo el día, durante los dos primeros meses de su vida y que no logra que duerma si no es en movimiento.(Gracias, Ina)
Es cierto que la química nos ayuda a soportar los dolores y las enfermedades. Pero aquella noche de verano y fin de semana, en la que no había anestesista para mí porque estaba de guardia, sólo habría hecho falta un poco de sentido común y de amabilidad. Un poco de ser más personas y menos funcionarios. Una palabra cariñosa, una caricia a tiempo, una simple frase tranquilizadora. Un poco de humanidad y el calvario inevitable por el que pasamos Raúl y yo se habría convertido en un mal trago lleno de cariño y de emociones.
Así sólo tengo el consuelo de que , finalmente,el sufrimiento fetal de Raúl
no tuvo consecuencias y de que la mala suerte no fue tan mala.Tan sólo fue injustamente fría y gratuitamente humillante, gracias a las profesionales que hicieron que me sintiera culpable de no saber traer a mi hijo al mundo.
Tal vez lo necesario sería inventar una pastilla para que no olvidáramos, en muchas ocasiones, que somos personas y que vivimos entre personas. Que necesitamos ser personas y que nos traten como personas. Nada más. Y en estos tiempos que corren, esa pastilla va resultando tan imprescindible como lo hubiera sido para mí que esas "profesionales" se hubieran tomado su dosis diaria aquel día.
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