Me hierve la sangre
y me consumo en ella y siento ganas de vomitar.
Porque, quizá, yo también de pequeña hice algo así. No tan cafre ni inhumano pero similar.
Recuerdo a una niña del barrio que era muy alta y desgarbada y también débil, claro. Y sí, recuerdo verme parte del grupo que la acorralaba solo por ¿¿¿¿el placer???? de verla perdida, de sentirnos superiores, de estar al otro lado de la frontera.
Tengo el recuerdo y también creo conservar la sensación de saber que aquello era una putada. Algo injusto y miserable. Y también creo conservar la sensación de tener la certeza de que haciendo aquello miserable, injusto, yo me ponía a salvo de ser la víctima. Porque yo me sabía también débil y susceptible de burlas y persecuciones. Siendo parte del grupo acosador, diluyéndome en él, en su cobardía, evitaba el foco, lo desviaba hacia ella.
Ella era una persona buena, de esas chicas ingenuas que no veían el mal en nadie y que era generosa y amable por naturaleza. Lo que he dicho: vulnerable. Ante cualquier peligro corría llorando , llamando a su madre y eso nos parecía punible y como la "santainquisición", la juzgábamos sin juicio y la castigábamos a nuestras burlas y acosos.
No era minusválida pero sabíamos que era más débil que los demás. Y los demás, que tampoco éramos "sansones", nos pertrechábamos de la mezquindad de humillarla para sentirnos fuertes, invencibles, unidos en una causa común.
Me está costando escribir esto. Por todo lo que significa.
Nuestros padres eran amigos y por lo tanto yo tenía mucho más contacto con ella y sabía que era una persona estupenda, una buena amiga. Pero nunca la defendí de la jauría. En algún momento dejé de ser activa en ella pero nunca la defendí con fuerza.
Reflexionando sobre los casos de acoso que cada día vemos en los periódicos (y los muchos que no vemos), indignándome como lo hago cada vez que me entero de un abuso así, me vino a la memoria, nítidamente, este recuerdo de mi infancia. Creo que es interesante haberlo conservado tan nítidamente escondido en la retaguardia de lo que soy. Quiero pensar que es así porque siempre supe que obraba mal y que era una cobarde.
Me temo que no fui la única en participar en cosas así. Bueno, sé que no fui la única porque el grupo era numeroso y sé que había grupos así en todas partes.
Tal vez, fue esa rémora latente la que me hizo estar muy alerta con mi hijo. No tanto de que él fuera objeto de ese tipo de abusos -que también- sino de que él no se los infligiera a otros. Siempre he sido excesivamente insistente en ese tema y siempre he sido una pesada advirtiendo a mi hijo que no haga de menos a nadie y que si ve a alguien en inferioridad de condiciones lo apoye e intente integrarlo. Había una chica en su clase que no tenía amigos y que era un poco "friki" como ellos decían y le agotaba con mis requerimientos sobre ella.
Leo la noticia anterior y me hierve la sangre y me entran ganas de vomitar. Tengo la certeza de que mi hijo nunca haría algo así (¿¿¿se pueden tener certezas sobre algo???). Raúl siempre ha sido un niño fuerte, más fuerte y alto que todos los de su edad. Y jamás ha usado esa fuerza para imponerse. Nunca. AL revés. Siempre ha dejado paso a los demás ,hasta el punto de pensar que algo le pasaba porque siempre estaba en último en todo. Nunca empujaba por ser el primero y prefería quedarse sin algo antes que meter codos. Es algo que adoro de mi hijo.
Tengo un recuerdo maravilloso de un día en el patio del cole cuando tenía 3 años. Siempre iba (yo) de incógnito a grabarles en vídeo a la salida, cuando iba a recogerlos. Estaba en ello viéndoles jugar con una casita de plástico desmontable. De repente, el techo que Raúl estaba manipulando se le cayó a Pablo, su mejor amigo, en la cabeza y empezó a llorar. Raúl fue rápidamente a consolarlo, acariciándole la cabeza. Pablo enfadado le echó la culpa y Raúl, acaraciándole todavía, rompió a llorar con él, pidiéndole disculpas y diciendo: "Prrdón "Pabo" ha sido sin querer" Iba detrás de él diciéndole eso, llorando y acariciándole donde se había dado el golpe. Lo tengo grabado y no necesito verlo para conmoverme como aquel día lo hice. Como ahora sólo con recordarlo.
He leído esta noticia y aunque no era necesario para indignarme y dolerme, la he leído en un día en el que todo se me enreda y colabora a que se me encoja el corazón.
Sabía al ver la foto que el chaval que lo cuenta era de por aquí, lo he visto alguna vez. Como siempre, pienso en su impotencia y también en el dolor profundo de sus padres, en su rabia. NO hay nada que duela más en este mundo que ver a tu hijo desprotegido, injustamente tratado, vulnerable, sufriendo.
Ya es suficientemente doloroso que la vida lo ponga en esa situación de desventaja como para soportar que las personas privilegiadas que tenemos salud y podemos disfrutar de la vida sin ningún obstáculo, nos mofemos de la mala suerte de los que tienen alguna limitación.
Pero sucede. Nuestros jóvenes lo hacen. Yo lo hice de algún modo. En mi caso por pura cobardía. Lo sé. Pero me pregunto qué lleva a otras personas a hacer algo así. ¿La cobardía sólo?¿El miedo?
¿O genéticamente tenemos inscrita la banalidad del mal y la aplicamos en la menor ocasión? Da pavor y explican, ambas razones, muchas de las barbaries del siglo pasado y de estos momentos.
Hoy mi hijo hace la PAU. Se ha ido nervioso como nunca le he visto. Frágil, desprotegido, vulnerable.
Me hubiera gustado arroparle con una armadura de fuerza y optimismo y no he podido. Se me ha encogido el corazón.
Por eso no puedo ni siquiera imaginar el dolor de esos padres que ven sufrir a sus hijos injustamente, gratuitamente, cruelmente, inhumanamente. Que ven morir a sus hijos por algo así o que los ven vivir con miedo, sin ilusión, sufriendo. Porque sí.
Y me hierve la sangre y siento ganas de vomitar porque siento que no hemos avanzado mucho como personas y que esa parcela brutal, primitiva y sanguinaria de animales que somos se extiende ante nuestras emociones como una plaga que nos convierte en lo más odioso y despreciable.
Sólo me tranquiliza saber en la mirada de mi hijo que es una buena persona que nunca abusaría de otro gratuitamente. Hoy me acompañará todo el día esa mirada para que no se me olvide que da igual el resultado de la PAU si mi hijo es una buena persona que no pisará nunca a otro para ser el primero.
martes, 9 de junio de 2015
viernes, 5 de junio de 2015
Musica movet affectus
Virginia bucea en su bolso. Se ahoga en lágrimas y busca un pañuelo donde sumergirse. Porque Raquel, como una hechicera, nos toca el corazón con su voz cristalina, confesándonos esto:
Así, una vez más, comprobamos que es cierta la frase grabada en en este maravilloso clavicémbalo:
"Musica movet affectus"
Miraba esa pequeña sala, acogedora, miraba a los músicos engarzados en una sola voz, miraba a Raquel, envuelta en terciopelo negro, miraba la tiorba de Jesús tan elegante y dulce, miraba el clavicémbalo de una belleza conmovedora y simple y podía sentir que nada en este mundo me reconcilia más con la vida que la belleza de las cosas simples.
Seis personas, concentradas, mimando su profesión y entregándonos un presente que nos impulsa hacia el futuro con el alma renovada y dispuesta para otras batallas.
La guinda a este pastel tan dulce nos la vuelven a regalar estos músicos maravillosos. Que lo son. Como la copa de un pino. Excepcionales. Y cuesta creer que sea posible que su cercanía, su humanidad, superen a su arte. Quien los conoce, sabe perfectamente de lo que hablo.
Ha sido una tarde intensa para ellos. Una hora y media tocando, con cierto calor. Pero salen a saludar a la gente que los espera y nos acogen con un abrazo y una sonrisa. Como si los contentos y agradecidos debieran ser ellos.
Esta fue la maravilla que disfrutamos ayer
Sin querer importunar más, emocionadas por la experiencia y el achuchón de Raquel y la dulce sonrisa de Jesús, salimos como en volandas. Bajamos la escaleras cantando "sé que me muero, me muero..." Al fondo se escucha la carcajada vital, arrolladora, sincera y expansiva de Raquel. Como es ella y como lo que transmite. Sensibilidad, alegría, emoción y ganas de vivir. Como debería ser la vida y como lo es cerca de ella.
Esponjadas salimos a un Madrid bullicioso, con una tenue luz que se resiste a ocultarse y una brisa que anima a continuar la noche.
Así, una vez más, comprobamos que es cierta la frase grabada en en este maravilloso clavicémbalo:
"Musica movet affectus"
Miraba esa pequeña sala, acogedora, miraba a los músicos engarzados en una sola voz, miraba a Raquel, envuelta en terciopelo negro, miraba la tiorba de Jesús tan elegante y dulce, miraba el clavicémbalo de una belleza conmovedora y simple y podía sentir que nada en este mundo me reconcilia más con la vida que la belleza de las cosas simples.
Seis personas, concentradas, mimando su profesión y entregándonos un presente que nos impulsa hacia el futuro con el alma renovada y dispuesta para otras batallas.
La guinda a este pastel tan dulce nos la vuelven a regalar estos músicos maravillosos. Que lo son. Como la copa de un pino. Excepcionales. Y cuesta creer que sea posible que su cercanía, su humanidad, superen a su arte. Quien los conoce, sabe perfectamente de lo que hablo.
Ha sido una tarde intensa para ellos. Una hora y media tocando, con cierto calor. Pero salen a saludar a la gente que los espera y nos acogen con un abrazo y una sonrisa. Como si los contentos y agradecidos debieran ser ellos.
Esta fue la maravilla que disfrutamos ayer
Sin querer importunar más, emocionadas por la experiencia y el achuchón de Raquel y la dulce sonrisa de Jesús, salimos como en volandas. Bajamos la escaleras cantando "sé que me muero, me muero..." Al fondo se escucha la carcajada vital, arrolladora, sincera y expansiva de Raquel. Como es ella y como lo que transmite. Sensibilidad, alegría, emoción y ganas de vivir. Como debería ser la vida y como lo es cerca de ella.
Esponjadas salimos a un Madrid bullicioso, con una tenue luz que se resiste a ocultarse y una brisa que anima a continuar la noche.
Sé que me muero, me muero, me muero de amor, Raquel Andueza y Virginia Castelló. De amor por la música, por la amistad, por la generosidad y por las mujeres valientes.Gracias por esta estupenda tarde.
sábado, 30 de mayo de 2015
Entre las cuerdas
Llego tarde. Una tormenta de verano que inaugura (como no podría ser de otro modo) la Fería del Libro de Madrid, me retiene bajo un voladizo.
Entro en la sala que ya me resulta dulcemente familiar y allí están. Nueve chicas y un chico, con sus pijamas. Su caritas serias, como cansadas, y sus ojos: expectantes unos, apagados otros. Juan les está presentando a nuestros artistas de hoy. Chicos jóvenes que aman la guitarra y vienen a contárnoslo.
Las cuerdas de la guitarra de Rubén comienza a vibrar. Sus punteos son como gotas cristalinas que van rociando la sala de belleza, de armonía.
Ellos lo miran, serios, tranquilos. No sabemos qué sienten o si están disfrutando, pero no parpadean y aplauden con fuerza.
A Rubén le sigue Omar. Simpático y dicharachero se lanza a interpretar lo que a él más le llega al corazón.
Su primera pieza es preciosa, de esas bellezas simples que llegan a lo más profundo.Nos regala después una creación propia y luego dos más más movidas y alegres. Quizá Omar, tiene la intuición de que estos chicos, que están recluídos en esas habitaciones demasiado tiempo y están entre las cuerdas de una enfermedad que no entienden, necesitan salir de ahí, volar, con ritmos más movidos en los que poder integrarse.
Omar les anima a contar historias y, con ellas, poner letra a la música que ellos toquen.O a pedir canciones y a cantarlas con ellos. Oasis, Green Day, Guns N´ Roses... Algunos chicos reacciona como con un resorte: no quieren contar historias. No quieren hablar. Prefieren cantar. Ruben y Omar improvisan y los chicos despiertan: quieren cantar y cantan.
No quieren hablar, no quieren remover su herida; pero quieren airearla, oxigenarla, cantando con los demás.
Hay una chica en la sala que también toca la guitarra y otra que baila y canta y que quiso empezar los estudios de guitarra con una obra de Paco de Lucía de la que les pide un fragmento: Entre dos aguas. Los chicos se lanzan y nos zambullen en la genialidad del maestro desaparecido. La niña que ha hecho la petición da las gracias y nos explica que era la pieza que ella había elegido para el examen de ingreso en el conservatorio "antes de que pasara esto y otras muchas cosas".
Antes de estar entre las cuerdas. Porque es como ellos se sienten. Enredados en unas cuerdas de las que no pueden desasirse.Por eso están ahí. Porque están entre las cuerdas y no saben salir.
Por un rato comparten otras cuerdas mucho más hermosas y constructivas. Las cuerdas de Rubén y Omar les permiten romper esas otras que también les unen en un camino fatigoso de lentos avances, en los que saben que el retroceso también es parte de ese viaje.
Por un ratito, entre las cuerdas de las guitarras y su música cristalina y dulce como una caricia, han compartido algo más que fobias, rabia y dolor. Y algunos, incluso, has recordado que había vida antes de esas otras cuerdas oscuras que allí les retienen,que les está esperando. Y , quién sabe si no habrán recobrado la ilusión por salir de allí nada más que por volver a puntear una guitarra o cantar a gritos y bailar. Y volver a respirar.
Entro en la sala que ya me resulta dulcemente familiar y allí están. Nueve chicas y un chico, con sus pijamas. Su caritas serias, como cansadas, y sus ojos: expectantes unos, apagados otros. Juan les está presentando a nuestros artistas de hoy. Chicos jóvenes que aman la guitarra y vienen a contárnoslo.
Las cuerdas de la guitarra de Rubén comienza a vibrar. Sus punteos son como gotas cristalinas que van rociando la sala de belleza, de armonía.
Ellos lo miran, serios, tranquilos. No sabemos qué sienten o si están disfrutando, pero no parpadean y aplauden con fuerza.
A Rubén le sigue Omar. Simpático y dicharachero se lanza a interpretar lo que a él más le llega al corazón.
Su primera pieza es preciosa, de esas bellezas simples que llegan a lo más profundo.Nos regala después una creación propia y luego dos más más movidas y alegres. Quizá Omar, tiene la intuición de que estos chicos, que están recluídos en esas habitaciones demasiado tiempo y están entre las cuerdas de una enfermedad que no entienden, necesitan salir de ahí, volar, con ritmos más movidos en los que poder integrarse.
Omar les anima a contar historias y, con ellas, poner letra a la música que ellos toquen.O a pedir canciones y a cantarlas con ellos. Oasis, Green Day, Guns N´ Roses... Algunos chicos reacciona como con un resorte: no quieren contar historias. No quieren hablar. Prefieren cantar. Ruben y Omar improvisan y los chicos despiertan: quieren cantar y cantan.
No quieren hablar, no quieren remover su herida; pero quieren airearla, oxigenarla, cantando con los demás.
Hay una chica en la sala que también toca la guitarra y otra que baila y canta y que quiso empezar los estudios de guitarra con una obra de Paco de Lucía de la que les pide un fragmento: Entre dos aguas. Los chicos se lanzan y nos zambullen en la genialidad del maestro desaparecido. La niña que ha hecho la petición da las gracias y nos explica que era la pieza que ella había elegido para el examen de ingreso en el conservatorio "antes de que pasara esto y otras muchas cosas".
Antes de estar entre las cuerdas. Porque es como ellos se sienten. Enredados en unas cuerdas de las que no pueden desasirse.Por eso están ahí. Porque están entre las cuerdas y no saben salir.
Por un rato comparten otras cuerdas mucho más hermosas y constructivas. Las cuerdas de Rubén y Omar les permiten romper esas otras que también les unen en un camino fatigoso de lentos avances, en los que saben que el retroceso también es parte de ese viaje.
Por un ratito, entre las cuerdas de las guitarras y su música cristalina y dulce como una caricia, han compartido algo más que fobias, rabia y dolor. Y algunos, incluso, has recordado que había vida antes de esas otras cuerdas oscuras que allí les retienen,que les está esperando. Y , quién sabe si no habrán recobrado la ilusión por salir de allí nada más que por volver a puntear una guitarra o cantar a gritos y bailar. Y volver a respirar.
miércoles, 27 de mayo de 2015
De vuelta a casa
Acostada al lado de la persona con la que ha compartido su vida, gimiendo, agarrada a su brazo inerte, mi tía intenta descansar. Se queda dormida al lado de su marido quien lleva enfermo, semiinconsciente, sin comer y a ratos agitado, tres días. Mi tío lleva muchos años enfermo, impedido y con la cabeza perdida. Ha llegado el momento de descansar. Aunque mi prima le cuida primorosamente, como si hubiera futuro y de algún modo, le retiene y se resiste a verle marchar. En julio cumpliría 90 años.
Mi tía se aferra a su brazo como para no dejarle ir a ninguna parte. No quiere que se lo arrebaten.
Y al tiempo se acurruca sobre ese brazo como una niña perdida que recupera en esa mano el camino a casa.
Mi tía se duerme así, rodeada de gente y agarrada a la mano de quien ha sido su vida. Y tal vez sueñe con esa vida larga juntos, con los primeros momentos difíciles y todos los demás llenos de vida y de fuerza. Porque mi tío era un persona explosiva, arrasadora. Verle así, como le hemos visto estos años de enfermedad, ha sido difícil. Mucho más lo habrá sido para él.
Hacemos un viaje rápido para despedirnos de él.
El campo está hermoso, como siempre. El calor temprano ha secado las espigas todavía sin cuajar y sus rubios balanceos arremeten contra la tierra rojiza y fértil que recorta un intenso cielo azul luminoso. En un "piazo", las amapolas han inundado la tierra como un manto de sangre.
La vida corriendo por las venas de la naturaleza, recordando lo que somos: un milagro finito.
Hemos de ir despidiéndonos de nuestros seres queridos,
de esa casa encalada y luminosa que era la vida donde nuestros mayores nos guiaban y protegían, donde todo estaba donde debía estar y era el tiempo de la risa y la despreocupación.
Ahora nos toca cuiadarlos, arroparlos en ese momento frío que debe de ser sentir, saber, que los días son ya horas y la vida una pesada carga que se termina.
Nos toca armarnos de coraje y con esa impuesta armadura esperar la muerte como si no fuera una falla que nos parte por la mitad y nos lanza a otra vida más inhóspita y seca. Nunca queremos recibirla, nunca es tiempo para ella. Sin embargo sabemos que el sufrimiento inútil, la agonía sin destino no tiene sentido. Y sabemos que es mucho mejor que descanse en paz. Por más que nos emocione verle abrir los ojos, acompañarnos con su mirada perdida y vaga que ya no sabemos si ve ni está.
Se nos resquebraja la casa y nunca más volveremos a ser los mismos.
La vida es descansar al lado de los que quieres y amarrarte a ellos para recuperar el camino de vuelta a casa, al corazón.
La vida es afrontar la muerte, esperarla amarrados al amor hasta el último aliento. Como conjurándola o al menos haciéndole ver que ella no nos asusta porque estamos de vuelta a casa.Y en casa, en nuestro corazón, ella nunca podrá entrar por mucho que nos lo arrase de tristeza y de vacío.
En ese sueño amarrado de mi tía supe que yo también quiero dormir así y esperar el final anclada a las personas que me han dado tanto y sin las que no puedo pensar la vida.
Mi tía me ha enseñado todas esas cosas este fin de semana y ella, que no lo sabe, así se lo ha dicho también a esa muerte que espera aferrada a la mano de "su vida "que languidece ya para siempre.
Mi tía se aferra a su brazo como para no dejarle ir a ninguna parte. No quiere que se lo arrebaten.
Mi tía se duerme así, rodeada de gente y agarrada a la mano de quien ha sido su vida. Y tal vez sueñe con esa vida larga juntos, con los primeros momentos difíciles y todos los demás llenos de vida y de fuerza. Porque mi tío era un persona explosiva, arrasadora. Verle así, como le hemos visto estos años de enfermedad, ha sido difícil. Mucho más lo habrá sido para él.
Hacemos un viaje rápido para despedirnos de él.
El campo está hermoso, como siempre. El calor temprano ha secado las espigas todavía sin cuajar y sus rubios balanceos arremeten contra la tierra rojiza y fértil que recorta un intenso cielo azul luminoso. En un "piazo", las amapolas han inundado la tierra como un manto de sangre.
La vida corriendo por las venas de la naturaleza, recordando lo que somos: un milagro finito.
Hemos de ir despidiéndonos de nuestros seres queridos,
de esa casa encalada y luminosa que era la vida donde nuestros mayores nos guiaban y protegían, donde todo estaba donde debía estar y era el tiempo de la risa y la despreocupación.
Ahora nos toca cuiadarlos, arroparlos en ese momento frío que debe de ser sentir, saber, que los días son ya horas y la vida una pesada carga que se termina.
Nos toca armarnos de coraje y con esa impuesta armadura esperar la muerte como si no fuera una falla que nos parte por la mitad y nos lanza a otra vida más inhóspita y seca. Nunca queremos recibirla, nunca es tiempo para ella. Sin embargo sabemos que el sufrimiento inútil, la agonía sin destino no tiene sentido. Y sabemos que es mucho mejor que descanse en paz. Por más que nos emocione verle abrir los ojos, acompañarnos con su mirada perdida y vaga que ya no sabemos si ve ni está.
Se nos resquebraja la casa y nunca más volveremos a ser los mismos.
La vida es descansar al lado de los que quieres y amarrarte a ellos para recuperar el camino de vuelta a casa, al corazón.
La vida es afrontar la muerte, esperarla amarrados al amor hasta el último aliento. Como conjurándola o al menos haciéndole ver que ella no nos asusta porque estamos de vuelta a casa.Y en casa, en nuestro corazón, ella nunca podrá entrar por mucho que nos lo arrase de tristeza y de vacío.
En ese sueño amarrado de mi tía supe que yo también quiero dormir así y esperar el final anclada a las personas que me han dado tanto y sin las que no puedo pensar la vida.
Mi tía me ha enseñado todas esas cosas este fin de semana y ella, que no lo sabe, así se lo ha dicho también a esa muerte que espera aferrada a la mano de "su vida "que languidece ya para siempre.
sábado, 25 de abril de 2015
El cuchillo de lava
¿Lo has sentido alguna vez?
Llega con una mala noticia. Una de esas que resquebraja tu mundo y lo deja huérfano entre el pavor y la impotencia. La pérdida de salud tuya o de un ser querido, la perdida de trabajo, la perdida de un amigo, la perdida de un ser querido... Como un trallazo.
Te atraviesa de arriba abajo, frío y lacerante como la hoja afilada de un cuchillo implacable. Al tiempo que te invade una quemazón que te impide respirar, que te lleva a querer huir corriendo a otro lugar donde puedas esquivar ese golpe que amenaza con desmoronar tu mundo, tu suelo. Huir y al mismo tiempo esconderse. Dormir. Desaparecer. O al menos tu conciencia. Imploras la inconsciencia que te evite ese sinsentido que a partir de ahora será el único sentido de tu existencia. Y no quieres. No puedes aceptarlo ¿Por qué?
Huir y esconderse, en un solo movimiento. Rayano en la locura.
Pero sabes que no es posible. Que ese cuchillo de lava te acompañara adonde vayas, llegará hasta tus sueños.
Y sólo podrás ir amansándolo para poder seguir respirando, para poder seguir viviendo.
Amansarlo, apaciguarlo, para poder pensar y buscar el atajo que te permita continuar, atravesada por ese metal despiadado que ha convertido tu corazón en un páramo arrasado por el dolor y el miedo.
Cuando ese frío llega, nada sirve salvo un abrazo.
Perderse en los brazos mullidos de alguien que te espera para sobrellevar ese peso, que es solo tuyo y nadie puede compartir. Pero sí puede abrazarlo. Domesticarlo. Devolverte con él la certeza de que alguien estará ahí para cuando tú no puedas seguir adelante o tengas la tentación de pensar que no eres capaz, que no tienes fuerzas. Un simple y cálido abrazo donde poder descansar. Un instante. El instante preciso para abandonarte al amor y entender que incluso siendo otra, atravesada por el cuchillo, alguien va contigo y no teme cortarse.
Si lo has sentido alguna vez, mira a tu alrededor y pregúntate si alguien a quien quieres no estará atravesado por ese tormento y estará esperando tu abrazo. Para poder sentir que puede seguir adelante. Sólo con el calor de tu abrazo.
Llega con una mala noticia. Una de esas que resquebraja tu mundo y lo deja huérfano entre el pavor y la impotencia. La pérdida de salud tuya o de un ser querido, la perdida de trabajo, la perdida de un amigo, la perdida de un ser querido... Como un trallazo.
Te atraviesa de arriba abajo, frío y lacerante como la hoja afilada de un cuchillo implacable. Al tiempo que te invade una quemazón que te impide respirar, que te lleva a querer huir corriendo a otro lugar donde puedas esquivar ese golpe que amenaza con desmoronar tu mundo, tu suelo. Huir y al mismo tiempo esconderse. Dormir. Desaparecer. O al menos tu conciencia. Imploras la inconsciencia que te evite ese sinsentido que a partir de ahora será el único sentido de tu existencia. Y no quieres. No puedes aceptarlo ¿Por qué?
Huir y esconderse, en un solo movimiento. Rayano en la locura.
Pero sabes que no es posible. Que ese cuchillo de lava te acompañara adonde vayas, llegará hasta tus sueños.
Y sólo podrás ir amansándolo para poder seguir respirando, para poder seguir viviendo.
Amansarlo, apaciguarlo, para poder pensar y buscar el atajo que te permita continuar, atravesada por ese metal despiadado que ha convertido tu corazón en un páramo arrasado por el dolor y el miedo.
Cuando ese frío llega, nada sirve salvo un abrazo.
Perderse en los brazos mullidos de alguien que te espera para sobrellevar ese peso, que es solo tuyo y nadie puede compartir. Pero sí puede abrazarlo. Domesticarlo. Devolverte con él la certeza de que alguien estará ahí para cuando tú no puedas seguir adelante o tengas la tentación de pensar que no eres capaz, que no tienes fuerzas. Un simple y cálido abrazo donde poder descansar. Un instante. El instante preciso para abandonarte al amor y entender que incluso siendo otra, atravesada por el cuchillo, alguien va contigo y no teme cortarse.
Si lo has sentido alguna vez, mira a tu alrededor y pregúntate si alguien a quien quieres no estará atravesado por ese tormento y estará esperando tu abrazo. Para poder sentir que puede seguir adelante. Sólo con el calor de tu abrazo.
miércoles, 15 de abril de 2015
Raíces
Algunos días , pequeños acontecimientos colocan las cosas en su sitio. Al menos momentáneamente. Gracias a ellos aparece clara la diferencia entre lo importante y lo urgente. Se impone la verdad de la realidad de una manera ineludible y radical.
Esos pequeños acontecimientos son las raíces de la vida, las que nos conectan con la esencia de vivir. Raíces aparentemente frágiles, ocultas en su oscura presencia, pero que sostienen el trayecto no siempre fácil que supone vivir.
El domingo 12 de abril, en el salón de actos del centro cultural Pablo Iglesias de Alcobendas un pequeño acontecimiento, y no nuevo para mí, me llevó a un lugar cálido en cuyo trayecto me había extraviado. Y allí, lo encontré. Un espacio dulce, algodonado, donde el aire entra en los pulmones con intensidad y de donde no quisiera moverme nunca más.
(Está tan guapo que hasta se sale la foto del encuadre...jajajaja No sé por qué)
Las raíces son mi hijo, mi hijo en estado puro. Mi hijo al que he extraviado por el camino espinoso de la adolescencia.
Las raíces son la sonrisa de mi hijo que también he extraviado en ese trayecto oscuro de la incomunicación y los desencuentros.
Las raíces son su concentración, su responsabilidad, la admiración de sus superiores y su relación con los compañeros.
Las raíces son verle disfrutar, ser él mismo, el que siempre ha sido y que yo he perdido. Generoso, amable, sereno, inocente.
Las raíces son todo el amor y la admiración que siento por él y se me van quedando por el camino, sin darme cuenta. Sin darme cuenta de que me quedo yo también, por el camino, porque pierdo lo más importante, mis raíces, Las que me atan a lo único importante de la vida: compartir emociones con los que amas.
Raúl tú eres lo que amo y la única emoción que llena mi vida. Que ahora está muy vacía porque estamos muy lejos.
Te quiero, Raúl.
Esos pequeños acontecimientos son las raíces de la vida, las que nos conectan con la esencia de vivir. Raíces aparentemente frágiles, ocultas en su oscura presencia, pero que sostienen el trayecto no siempre fácil que supone vivir.
El domingo 12 de abril, en el salón de actos del centro cultural Pablo Iglesias de Alcobendas un pequeño acontecimiento, y no nuevo para mí, me llevó a un lugar cálido en cuyo trayecto me había extraviado. Y allí, lo encontré. Un espacio dulce, algodonado, donde el aire entra en los pulmones con intensidad y de donde no quisiera moverme nunca más.
(Está tan guapo que hasta se sale la foto del encuadre...jajajaja No sé por qué)
Las raíces son la sonrisa de mi hijo que también he extraviado en ese trayecto oscuro de la incomunicación y los desencuentros.
Las raíces son su concentración, su responsabilidad, la admiración de sus superiores y su relación con los compañeros.
Las raíces son verle disfrutar, ser él mismo, el que siempre ha sido y que yo he perdido. Generoso, amable, sereno, inocente.
Las raíces son todo el amor y la admiración que siento por él y se me van quedando por el camino, sin darme cuenta. Sin darme cuenta de que me quedo yo también, por el camino, porque pierdo lo más importante, mis raíces, Las que me atan a lo único importante de la vida: compartir emociones con los que amas.
Raúl tú eres lo que amo y la única emoción que llena mi vida. Que ahora está muy vacía porque estamos muy lejos.
Te quiero, Raúl.
martes, 14 de abril de 2015
Hebras
6: 20 de la mañana. El tableteo de mi corazón me dice que no me esfuerce ni dé más vueltas: no voy a dormir más por hoy. Cinco horas y veinte han sido suficientes para mantener a raya a las emociones que me tienen en vilo.
Hoy es un día especial para un amigo especial y para todos los que le queremos. Por eso ayer me acosté con el calendario palpitándome y hoy ya es complicado recuperar el sueño perdido.
El calendario palpitante también me sacudió ayer por la noche, a bocajarro. Contenta y entusiasmada acudí con Virginia, Gaby y Juan a la entrega de unos premios bien interesantes: Premios a los Optimistas Solidarios que entrega la revista Anoche tuve un sueño.
Su fundadora nos explicaba que se han creado para celebrar y felicitar a las personas que dedican su vida a hacer pequeñas cosas que cambian el mundo y lo mejoran. Su fundadora estaba definiendo así a Música en Vena.
En medio de esta entrega de premios- y como no podía ser menos porque él fue un luchador que con su ejemplo, su poesía y su trabajo diario cambió el mundo y lo mejoró- se "lloró" la muerte de Eduardo Galeano. No sabía nada y fue como un mazazo.
Hay personas que no deberían desaparecer nunca. Son la voz de los silenciados y las manos que sostienen la esperanza y el mundo. El mundo, la verdad, ayer se quedaron más desarropados sin los ojos azules de Galeano
destapando la realidad para cobijar a los oprimidos y expoliados en una lucha por la justicia y la igualdad apuntalada por la poesía y la dulzura de su voz.
Me fui del evento conmocionada, olvidando una lección que me dio mi amigo Juan hace poco. Me fui corriendo tras lo urgente , olvidando lo importante. Aunque lo que mi amigo Juan no me ha enseñado todavía (¿O sí, Juan?) es cómo diferenciar ambas cosas, cómo saber dirimir qué es qué. Por eso ayer salí a de esta entrega de premios a una hora razonable que me hiciera llegar a casa con el margen suficiente para poder completar las obligaciones de una jornada de de 15 horas sin parar. Y me perdí algo importante, claro. Lo urgente - confabularme contra el cansancio y cumplir mi obligación-se llevó por medio a lo importante: ver el homenaje que recibió Música en Vena.
Todavía no distingo bien lo importante de lo urgente, pero lo medio intuyo. No sabíamos si Música en Vena iba a aparecer en la ceremonia, no había noticias al respecto. Yo tenía la mosca detrás de la oreja. Por eso no me pude acostar sin preguntarle a Virginia qué había pasado y así me enteré de que me había perdido algo importante.
Me enteré a las 00:30 y, así me fui a la cama, sumándose esta alegría a las otras hebras, bullendo en mi cabeza, tableteando mi corazón.
Por eso hoy, a las 6: 20 sabía que no podría descansar más, como también sabía que no podría tener un buen día hasta que no estuviera aquí, "tableteando" las teclas al ritmo de mis latidos para dejar descansar o al menos para dar una tregua a la montaña rusa en la que, desde hace unos días, se deslizan mis emociones.
Y aquí estoy, sobre todo por ti. Porque los dos sabemos de hilos, de hilos mágicos, invisibles que tiran y sujetan fuertes como el acero. Y aturdida me doy cuenta de que todo esto que me impide dormir y me tiene emocionalmente despierta y viva es parte del mismo hilo. Hebras de un hilo en el que descansa mi ilusión y mi fuerza.
Con un escalofrío me he dado cuenta de que fue Galeano, quizá, quien enhebró la aguja con la que hemos tejido nuestra amistad (¿recuerdas?) y MeV el trampolín que me animó lanzarme a invadirte con mensajes más personales e íntimos. Iniciando así y gracias a tu generosa escucha y tu increíble respuesta este lazo que ahora tira de mi corazón y me sitúa cerquita de ti en este día especial en el que lo importante se alía con lo urgente y juntos, de la mano, me dicen que no hay nada hoy que no sea estar a tu lado y tirar juntos de este hilo tan hermoso. Y en eso estamos, Juan. ¡Vamos allá!
Suscribirse a:
Entradas (Atom)










