Nada me sale al encuentro.
A veces, las palabras de otras.
Las mías, ya no.
Nada me sale al encuentro.
A veces, las palabras de otras.
Las mías, ya no.
Invalida, doblegada por el dolor, te vuelcas en tus torrijas.
El olor a miel y a pan frito me arrebata hacia una niñez feliz que no existió, pero que queda en mí.
Las torrijas descansan ya en su baño de vino meloso. Las mías quemadas, como me gustan.
En su bandeja me hablan, me zarandean. Me gritan lo que no entiendo y me subleva.
Fecundada de dolor, te revelas en esos gestos. No parar. Ser la que eras en todo lo que hacías antes, fácilmente, y que ahora te cuesta un mundo. Y a mí un dolor insoportable.
El aroma de la miel deshecha me reconcilia con tanta rabia y desencuentro. Deshecho también se puede ser dulce. Tengo que intentarlo.
Me refugio en mi sueño ligero. El único resorte de vida.
El otro día soñé contigo. Nos abrazamos llorando. Con prisa. Tenías prisa. Te fuiste.
Yo no. Ni tu abrazo tampoco.
Esos abrazos...
Desde aquel día, la pura intemperie.
Te quiero.
No comprendo la vida sin ti.
Es así.
Siempre pienso que me faltan hervores, y que por ellos, por los que me faltan, estoy incompleta, necesitada, enfermamente necesitada y desahuciada.
Vivo mi fragilidad como una condena, una falla, una debilidad que me cuesta cara al perder la esperanza por ausencia de sostén.
Y me encuentro con palabras que me reconcilian, o no, con esas grietas por las que se me escapa la vida
Emil CioranPor eso esta orfandad. Me falta el suelo. Y nunca más lo tendré, Me faltas tú, Cesitar.