martes, 17 de noviembre de 2020

Acumpleaños "Violeta"

Recuerdo apenas el lindo restaurante donde te esperamos. Teníamos la tarde por delante. Tú, otra persona y yo a quienes nos corría Música en Vena por las venas. Por las mías también corría la admiración absoluta por ambas y un cariño inmenso por esas dos mujeres que representaban para mí, en aquel momento, lo mejor de la vida.

Esos días hermosos estaban empañados por la muerte de Zerolo. Una muerte que nos impresionaba por la larga sombra que ejercía. Ese mismo día supe que la otra mujer que nos acompañaba no era tan especial como pensaba y exudaba una falta de sensibilidad y tacto absolutamente gratuitos que convirtieron algunos de sus comentarios en infantiles faltas de respeto lacerantes. Así las viví yo y así intenté torearlas ante tu estoica, valiente y siempre mesurada actitud y respuesta.

Comimos. Tomamos un café. Pasamos la tarde juntas. Supe más de ti. De tu inimaginable batalla. De tu coraje más grande que tú y tu enfermedad. Supe del martirio en el que se había convertido tu vida y en cómo lo burlabas día a día con paseos interminables, actividades continuas, noches en vela, pasión por la vida.

Fue un día de terciopelo. Dulce, auténtico y enorme. Enorme porque pude conocerte mejor, estar cerca de ti y sentirte parte para siempre de mi vida. Luego pasaron muchas más cosas que  reafirmaron a mi corazón todo lo que de ti me decía.

Es posible que no haya un solo día desde que te fuiste en el que no te recuerde. 

Hoy te recuerdo inevitablemente. Y recuerdo ese día donde todo era posible todavía desde la fuerza de tu impulso y tus ganas de ganar. Hoy, hermosa mujer, los días se van tiñendo de "Violeta" y tu ausencia es más poderosa bajo ese nombre. Creo que ella te conocerá bien a pesar de todo. Nadie podrá dejar de hablarle de quién fuiste, de cómo fuiste, de todo lo que aquí dejaste y siempre estará presente en todos los que te tuvimos cerca.

Felicidades, amiga. Y gracias. A veces con dos patitas también se puede sujetar una mesa. La mía sigue aquí, en pie, contigo.

domingo, 15 de noviembre de 2020

Barrio

 Es un barrio humilde. De gente trabajadora.

Es un barrio viejo, nacido al frío del boom inmobiliario franquista de los años sesenta y a la medida de la estatura, la moral y la intelectualidad del dictador. Pisos pequeños como espejismos de comodidad y progreso que lo fueron para quienes venían de compartir habitación para sobrevivir.

El barrio es humilde y viejo. Como una gran parte de los habitantes que lo inauguraron. Edificios de ladrillo de cincuenta metros cuadrados donde llegaron a vivir familias numerosas y donde nos reuníamos en celebraciones montones de personas sin entender ahora cómo lo conseguíamos.

Los muros de las calles del barrio, construidos con piedras engarzadas en perfecto equilibrio, como murallas romanas , mantienen y separan calles peatonales donde de niños jugábamos horas y horas sin peligros y como en una prolongación de nuestro propio hogar.

Años más tarde, estas viviendas municipales del régimen se vieron rodeadas de construcciones más modernas, con pisos de más metros, con ascensor y calefacción que, abrazan al barrio inicial como intentando esconder su pobreza.

Ese barrio humilde y viejo, era un barrio lleno de tiendas, bares...de vida. El barrio encerraba todo un mundo del que no era necesario salir para vivir y ser feliz.

Este barrio, humilde y viejo, abandonado por el municipio y demasiado sucio, "hormigueado" por gente trabajadora que sabe lo que es llegar a fin de mes con estrecheces, se desangra hace años. El mundo ha cambiado. Ha cambiado la forma de vida y la forma de vivirlo y, en un goteo incesante, las tiendas han ido cerrando una a una para sobrevivir  alguna sola como un islote en el ártico. Las demás o están cerradas o se han convertido en casas bajas accesibles para aquellos jóvenes que ahora ya no pueden subir las escaleras que los separaba de la vida en su piso sin ascensor.

Este barrio, así, viejo, desangrado, humilde, sucio...se salva. Lo salvan los árboles y los jardines que lo salpican. El barrio sin árboles sería un fantasma, un remedo de hogar. El verdor, sus pájaros, sus colores, sus brisas...hacen de este rincón un paraíso perdido de la mano de dios.

O quizá sea el cariño de mis primeros veintisiete años vividos en él lo que me hace sentirlo así.


Nunca pensé que volvería a vivir en él como lo he hecho durante nueve meses. Meses muy difíciles para todos. En este nuevo tiempo de miedos, confinamientos e infecciones que , como no podría ser de otro modo, lo han asfixiado tenazmente. 

Mis primeros meses en el barrio fueron meses ciegos, meses sordos, meses de hojalata con la única premisa de sobrevivir, de cerrar la puerta por la noche, un día más sanos y salvos.

Después, poco a poco, volví a la vida y pude contemplarlo, respirarlo, escucharlo, verlo...y allí estaba él. Viejo, humilde, sucio, cansado, pero verde y tranquilo como el remanso de un torbellino incomprensible.

El barrio. Cada esquina, un recuerdo. Cada acera, una risa. Ventanas con nombres. Huecos, muchos huecos... vacíos, ausencias...Cuánta amarga dulzura punteada de ancianos que conocí vigorosos y que ahora son los mismos pero muy anochecidos.

El barrio. Caras amigas, caras nuevas...gente. Gente...gente del barrio. Buena gente. (La habrá mala también. Como en todas partes)

Papelería Maruja, un viaje a mi niñez. Entro. Está su hijo, amable como ella, que me recibe como si nos conociéramos de siempre. Y de pronto, la voz de Maruja. La misma voz que me regalaba un borrador cada vez que compraba algo. Esa voz amable, cantarina, serena. ¡Maruja! qué maravilla verla! El 1 de octubre hizo cincuenta y cinco años que abrió esa papelería. Y nada ha cambiado en ella. Toda amabilidad y acogida. El mundo recobra cierto equilibrio gracias a ella y ella ni lo imagina

Lupe, la farmacéutica. Una mujer generosa. Una pura terapia con ojos vivarachos, siempre sonriendo. Y Lupe nada sería sin Aldol y sin Inés. 

 Luis Alfonso, que me ha sacado de más de un aprieto con su escáner y  la rapidez con la que me consigue los libros que le encargo.

Los fruteros José y Fernando. Diligentes. Fruta buena, al lado de casa. Siempre con una sonrisa

Mi dentista. Mi argentino favorito. Acunándome con su melodiosa conversación a pesar de mi terror a esos sonidos y prácticas.

Herminio, la seguridad de tener en la puerta de casa "un amigo".

Y toda la gente nueva que he conocido. Gente hispana. Con un viaje lejos de su casa siempre cargado de tristeza y esfuerzo. Es la nueva gente de este barrio que lo hace más vivible. Especialmente para todas las personas mayores que ahora lo van habitando y despidiendo.

Este barrio así, viejo, desangrado, humilde, sucio...se salva. Lo salvan sus gentes. 

Y todos los perros que saludamos cada día y que se han convertido en parte de nuestra rutina y nuestros juegos, ¿verdad, Miko? La panda perruna que nos acompaña en nuestros paseos.


El barrio... Cada uno de los días pasados en él , me ha regalado un destello de belleza. Viejo, desangrado, humilde, sucio...

 Esas hortensias hermosas y exhuberantes con sus colores rosados como intactos. 

Un precioso gato, "malabareando" en una ventana.

 El otoño pintando las hojas , las hojas pintando el suelo...Suelo y cielo reflejando la maravilla de los colores imposibles de esta estación. 


El barrio. Que me vio crecer y que vi envejecer. 

El barrio, viejo, desangrado, humilde, sucio...,como el útero materno, me ha acunado nueve meses en medio de la total oscuridad.

sábado, 19 de septiembre de 2020

Ejército de salvación

 Desde pequeña escuchaba hablar de este peculiar ejército a través de las películas americanas. Era eso: algo de las pelis americanas. En mi ciudad o país nunca había visto a este ejército que, en sí mismo, me sonaba a oxímoron sin yo saberlo.
Ahora me he estado informando y resulta que no tiene nada que ver con lo que mi imaginación había pergeñado a través de la pantalla, nada tiene que ver con la realidad.

Y el caso es que nada de esto tiene importancia.
 Lo que sí la tiene es por qué ha vuelto a mí esta idea, estas dos palabras de las que nada conocía: ejército de salvación.
Cada día cuando abandonan mi casa las personas que vienen a echarme una mano en el cuidado de mis padres, les doy las gracias y les deseo que todo vaya bien, de corazón. Ellas son mi particular ejército de salvación. Es por ellas que me vino a la cabeza esta institución. 

Digo ellas, porque son mujeres en su totalidad. Y son muchas. Casi todas son sudamericanas, con historias personales duras. Todas ellas son amables, generosas, profesionales, eficientes...Y a mí me han salvado. Me han salvado de muchas cosas y sobre todo me han salvado de sentirme sola y agotada en todo este periplo personal.

Son muchas y salvan a mucha gente: son el verdadero ejército de salvación.
Son las trabajadoras de SAD. Seguramente con condiciones laborales no extraordinarias que podrían mejorar . Y ya digo, con historias personales y familiares de migración, duras.Trabajan con alegría, solícitas, sabiendo muy bien lo que hacen y con generosidad.

Quiero hacerles mi pequeño homenaje desde aquí. Quiero que sepan que las estimo y que han sido unos ángeles para mí.Lo son.      Durante el primer mes fueron mi única ayuda y compañía (Ruth y Luz) y creo que sin ellas no lo habría conseguido.

Han estado al pie del cañón cuando muchas otras personas, por miedo al COVID, se quedaban en casa. Ellas tenían que trabajar pero también pensaban en las personas mayores que se quedarían desatendidas si ellas no iban.                                                                               Han arriesgado su salud y la de su familia porque nadie las protegía especialmente ni las hizo la prueba ni nada de nada. Trabajaron a pelo y con la misma dedicación. 

Estas mujeres luchadoras, trabajadoras, a quienes algunos desalmados prepotentes, ignorante y xenófobos se atreven a insultar con ocurrencias como "panchitas", son la sal de la vida para muchos mayores y sus familias cuyas vidas serían  más complicadas y tristes  sin ellas. Y mucho más en estos momentos. 


Ojalá la sociedad sepamos valorar vuestra labor y vuestro sacrificio y os devolvamos, algún día, un poquito de todo lo que vosotras nos estáis dando.

Gracias. Gracias, Ruth . Gracias, Luz. Gracias Marta. Gracias, Gianina. Gracias, Saray. Gracias, Teresa. Gracias, Griselda. Con vuestra ayuda, vuestro cariño y vuestro tierno y musical español me habéis alegrado estos meses tan, tan duros. Me habéis salvado y seguís haciéndolo. Sois mi ejército de salvación.


PD: No sé si será suerte, pero TODAS las personas que han pasado por mi casa para echarme una mano son personas maravillosas.Incluyo también a terapeutas, Fátima y, Eva; fisios, Justo y otras personas que se han acercado a echarme una mano, Sheila. Increíblemente profesionales y generosas.Confío en ellas plenamente y las considero parte, para siempre, de mi paisaje emocional.

 No me olvido de mi asistente social maravillosa, Gema y de la doctora de mis padres, Marta, que no puede ser más solícita y encantadora. Entre tanta podredumbre humana como he descubierto estos meses, estas personas brillan como diamantes bajo el sol. Y lo son.





lunes, 10 de febrero de 2020

Torpeza

Hace tiempo que me paseo poco por aquí. 
Mi necesidad de contarme, de decirme, se agota en la propia vivencia y dudo de la palabra. La anclo en mi interior y me deleito en ella sin pronunciarla, en una narración interior.

A veces recupero algún texto por diferentes motivos en los que me hallo luchando inerme y en ellos me doy de bruces contigo. Tan parca, tan escueta, eras tú una de las poquísimas personas que tuvo la necesidad y la generosidad de descansar conmigo en tus palabras, las mías. 
Eras tú la única que me animaba a seguir este tejido en el que, decías, me esperabas.
Tú, que tan poco prodigabas tus necesidades, me las regalabas en tus comentarios, intuyendo que el recorrido de ida tenía mucho más sentido si se siente al lado el cariño de otras palabras de vuelta.
Siempre tan certera, tan sensible, tan inteligente...

Ahora que ya no estás me pregunto si no podría haber disfrutado más de este viaje en el que me acompañabas tan apasionadamente. Si no podría haberte acompañado yo mucho más en ese otro viaje en el que nadie podía estar contigo y que fue tan duro. 
Me pregunto si no pude darte mucho más de lo que te di haciendo lo que más amo. 
Y la respuesta es que sí.
 Que desaproveché la oportunidad que me regalabas , despilfarré el único espacio que había para compartir emociones, miedos, ilusiones...Me perdí el maravilloso tránsito de cruzar esa pequeña grieta que tu fortaleza se permitió y que yo, torpemente no supe ver. 
No supe verte y te pido perdón aunque ello no me permita cicatrizar la yaga que la torpeza de no verte ¡, ahí, esperándome , me sigue produciendo.
Gracias, amiga, y perdóname. Sé que ya lo has hecho. Yo no podré desasirme de este vacío de torpeza que siento cuando lo percibo como hoy, trajinando por estos renglones.

Quizá sea por eso que no me paseo tanto por aquí.
Porque sé que no podré encontrar nunca más tus comentarios. Porque sé que ya no puedes esperar. 
Porque no hacerlo cuando pude y tenía tanto sentido, le quita valor a todo lo demás que aparece por aquí hilvanado.
 Porque siento que te fallé y me fallé. 
Porque entrar aquí es encontrarme contigo esperándome. Sola.

lunes, 27 de enero de 2020

Sin toalla

Ayer me encontré con mi padre de pie.
Era una foto de no hace mucho tiempo. 
Fue como un tiro al corazón. 

 Ayer volví a entender la derrota de mi padre y cuántas veces soñará que camina, que se levanta, que su cuerpo vuelve a ser suyo...
 Ayer la toalla que mi padre ha tirado me golpeó la cara como el guante de un reto sin futuro. 
 Porque sé que mi padre muy tarde y entre tinieblas ha comprendido que nunca más podrá hacerse una foto como esa.

Se siente traicionado no sabe bien por qué o por quién. Como yo. Me tiene a mí, "ángel desleal", y sé que le duelo. Como a mí.

Ya, sin toalla, no hay espacio para la alegría ni la esperanza. 
La luz rehuye. Quizá anhelando la calma total. 
Y no es tan fácil.
Resultado de imagen de tirar la toalla

domingo, 27 de octubre de 2019

Rocío

Siempre lo he sentido como un manto esperanzador. Humilde.Apacible. Dador de vida, de consuelo.
Esa agua que se posa suavemente sobre la tierra reseca y la humedece con cariño y serenidad.La esponja.
Esas gotitas que regalan y riegan la hierba con ternura, dulcemente.

Agua limpia. Agua mansa. Agua curativa. Bendita agua.

El rocío que recibe el día como para lavarlo y llevarse lo sucio, lo tóxico.
El rocío que tornasola el aire cuando el sol lo calienta y se esparce como un arco iris en el suelo que llena de color y alegría lo oculto.
El rocío que huele a mañana y a promesas. 
El rocío que nutre la vida y la preña de razones para querer más.
Esas pequeñas gotas de alegría y aliento que se van sin despedirse porque siempre estarán ahí.

Eso deseo yo, Rocío. Que estés cerquita para sentir todo esto que he recuperado gracias a ti y que no quiero perder.





Como ese agua limpia y alegre, me has hecho escribir aquí, en el cobijo de mis emociones. Hacía un año y medio que, reseca, no paseaba por aquí y tú has mullido mi corazón hasta traerlo hasta aquí de nuevo.¿Puedes imaginar cómo agradezco a la vida que te haya puesto en mi camino? 
Rocío limpia, cálida, hermosa, honesta...


miércoles, 11 de abril de 2018

LO QUE MÁS DUELE ES CÓMO ME MIRAS

LO QUE MÁS DUELE ES CÓMO ME MIRAS
Y yo, papá, ¿cómo te miro?
Te he mirado con estupefacción al ver que no comprendías tu enfermedad ni lo que te iba a suceder.
Te he mirado con indignación al ver el egoísmo y las acusaciones que me has regalado a manos llenas e injustas, me dicen que propias de tu enfermedad.
Te he mirado con enfado y rabia al ver que no asumías tu enfermedad y que nada hacías para combatirla. Casi con odio al ver cómo rechazabas todo lo que te proponía, que era mucho, para luchar y ralentizar lo inevitable .
Te he mirado y te miro con pavor al dejarte en una residencia porque perdiste toda la movilidad y la capacidad de razonar y te ponías en peligro y ponías en peligro a los demás.
Te he mirado, y te miro, con culpa. La culpa que siento por no poderte dar lo que necesitas. La culpa por no poder devolverte lo que necesitas. Devolverte a tu casa, a tu vida. La culpa por no tener en mis manos esa posibilidad. Una culpa absurda y devoradora sobre algo de lo que no soy responsable y con lo que he bregado hasta la extenuación.
Te miro con la tristeza infinita de verte desvalido, todavía sin comprender por qué.
Te miro con cobardía por no ser capaz de alegrar tu vida cada día, anegada la mía de preocupaciones y gestiones que tú ni imaginas. Todas por y para ti.
Te quiero mirar con todo mi cariño ahora que también te has roto la cadera, encerrado de nuevo en tu propio cuerpo y en el miedo a no poder volver a caminar. Y no sé si lo consigo después de tanto desencuentro, tanta amargura.
A mí también lo que más me duele es cómo me miras. Porque no puedes ver todo lo hecho para tu bienestar y tu mejoría. Porque no puedes entender cómo he luchado para que todo fuera lo mejor posible cuando tú decidiste dar muy tarde la batalla.
Lo que más me duele es cómo miras sin ver que la pesadilla que es ahora tu vida, es la mejor de las vidas posibles que te puedo dar sin tener que ser yo quien te la diera.
Lo que más me duele es no saber cómo miras cómo te miro.
Espero que en lo profundo de tu corazón veas cómo te miramos y te cuidamos llenos de ternura y dedicación.
DIAMUNDIALDELPARKINSON.ORG