Hoy he soñado con ella. Quizá, porque no me la quito de la cabeza ni un segundo desde hace demasiados días, el poco tiempo que he dormido, también mi corazón lo ha querido pasar con ella.
No recuerdo qué hacíamos. No recuerdo el sueño...
Pero sí recuerdo el día que la conocí. Venía de una sesión de quimio a cubrir el voluntariado de la asociación que la lanzó de nuevo a la VIDA( aunque, intuyo que en el último año le ha dejado un regusto amargo, arrebatándole un poquito la ilusión por tirar adelante).
El caso es que no la conozco. No sé su color favorito, ni su comida preferida. No sé cómo se enamoró ni qué estudió ni cómo ha llegado a ser quién es. Sé poco de ella. Es prudente, mesurada, a veces hermética.No sé bien quién es. Y sin embargo, estará conmigo hasta el último de mis días y quiero creer que piensa, como yo, que somos amigas.
¿Se puede querer a alguien sin conocerla y vestir de amistad una relación esporádica y tenue? Porque ahora sé, quizá un poco tarde, que la amistad es compartir y acompañar. Y ella y yo hemos compartido grandes momentos y, sobre todo, ella me acompaña en el más preciados de mis caminos. En el único en el que me siento yo y respiro. El camino que más me hace y deshace y en el que, también, me he encontrado y me encuentro muy sola. Es un camino para la soledad, es verdad. Pero se agradece tanto encontrar un eco que te devuelva el calor de las palabras... Y ella ha sido frecuentemente, la única que ha sentido la necesidad de regalármelo.
Por eso siento tanto no haber estado más ahí en los últimos meses, compañera. Tú me esperabas y aprovechabas cualquier ocasión para decírmelo, para lanzarme al camino. Yo ahogada en mis propias miserias, muda por el estruendo de mi corazón ajironado, no supe escucharte y, de algún modo, te dejé sola en mi camino, esperándome. Ahora lo sé. He perdido la oportunidad de estar contigo de esta otra manera.Y no me lo perdono. Porque no me di cuenta de que era una forma de hacer lo que tanto me gusta: estar contigo, sostenerte un poco, hacer tus horas más placenteras, ayudarte. Era la única forma en la que me dejabas ayudarte y la desperdicié.
Tú, que nunca pides nada, que nunca te quejas, que jamás dejas entrever tu malestar, tu dolor, tu sufrimiento. Tú, que te mantienes firme tras respuestas cortas y precisas, me llamabas y no te escuché. No supe abonar la esterilidad de mi escritura con el empuje de tu entusiasmo. Y te pido perdón.
Hace meses que explotan ante mis ojos evidencias que ni intuía. Me quedó petrificada por dentro, incrédula ante mi ingenuidad y falta de perspectiva veraz. Esta ha sido una bomba de racimo. Se ha extendido por mí para siempre. Como tú. Va a doler cada día. Como tú.
Llevo días hablando contigo en silencio. Aferrada a una prótesis, empujaba contigo para tirar para adelante. Sin querer mirar a los lados. Sin querer creer en estadísticas ni en las clavículas punzantes que me recibían en cada abrazo. Quise creer que sí. Que podías una vez más. Que iba a ser que sí. Porque te he visto en los últimos meses resurgir. Porque te he visto luchar y vencer en batallas imposibles. Cada minuto. Y quise creer, y creí contigo, que esta sería una más.
Hace meses que no te regalo palabras. Esas que tanto te gustan y te acompañan. Yo llevo días instalada en el silencio. Un silencio elocuente que me ha gritado la realidad. Esa que tú has desbaratado durante años. Esa que has esquivado con tu pasión por la VIDA y por sus cosas hermosas. Esa, contra la que, sé , sigues luchando, sin tirar la toalla. Donde quiera que ahora estés.
Ese lugar en el que nunca has querido estar y ante el que sé que, como puedas, te estás rebelando.
Por eso escribo, porque es la única manera de estar contigo allí. En ese combate de soledad total y de "sensaciones extrañas". Nadie nos puede acompañar en ese trayecto. No podemos estar ahí, contigo. Nadie puede estar ahí, es un viaje en soledad. Por eso estoy aquí, contigo.
Me quedo con la última vez que nos vimos. Con tu mirada, tu cansancio infinito, tu voz pálida y tu determinación por hacer la maratón hasta el baño. Con la caricia que posé en tu cara.
Me quedo con esa llamada de teléfono que me hiciste hace unos días que para mí fue la alegría de saber que contabas conmigo y que, de algún modo, tu corazón me necesitaba.
Me quedo con todo lo que me has enseñado que nunca más debería mancillar con mi fragilidad y que debería marcarme el camino de la buena vida.
Me quedo con todo lo que hemos compartido y vivido y soñado juntas.
Me quedo contigo.
viernes, 29 de septiembre de 2017
lunes, 19 de junio de 2017
martes, 16 de mayo de 2017
Una habitación propia
Con Virginia Woolf me pasa como con Kafka. Comienzo a leerla y siento un manto viscoso que me cubre y me ahoga.
Descubren el mundo. Ese que no se ve, que se intenta esconder y que es parte de la realidad. De la vida.
Virginia nos avisó muy pronto de lo necesario que es tener una habitación propia.
Una simple frase que abarca la única verdad que no siempre es tan simple.
Si no puedes tener una habitación propia, te has quedado sin vida.
Hoy sé perfectamente que es así.
Por eso entiendo dolorosamente bien las piedras en los bolsillos de Virginia. Cada uno refleja un dolor insoportable que te lleva a querer descansar bajo aguas que fluyen, lejos de la ciénaga en la que se puede convertir la vida.
Descubren el mundo. Ese que no se ve, que se intenta esconder y que es parte de la realidad. De la vida.
Virginia nos avisó muy pronto de lo necesario que es tener una habitación propia.
Una simple frase que abarca la única verdad que no siempre es tan simple.
Si no puedes tener una habitación propia, te has quedado sin vida.
Hoy sé perfectamente que es así.
Por eso entiendo dolorosamente bien las piedras en los bolsillos de Virginia. Cada uno refleja un dolor insoportable que te lleva a querer descansar bajo aguas que fluyen, lejos de la ciénaga en la que se puede convertir la vida.
Invisible
Empieza a sangrarme un oído. No me doy cuenta.
Es un bonito día de primavera.
La gente va y viene a sus quehaceres.
La sangre me mancha el pelo y la ropa. Sigo sin percibirlo.
Alguien, alarmado, me para.
"¿Estás bien? Estás sangrando"
"Sí. Huy es verdad"
Más personas se arremolinan a mi alrededor.
"Siéntate" ¿Quieres un poco de agua"
"Yo cuido de tu mochila. Pesa un montón. Suéltala a ver si te está perjudicando"
"Ya llamo al Samur yo. Túmbate que será mejor"
Entre todos me preparan una cama cómoda con sus jerseys. Alguien me abanica. Hace calor.
"¿No te duele"
"No. Nada"
Escucho que alguien dice susurrando: "Joer es un montón de sangre"
Comienzo a marearme.
La chica con mi mochila me acaricia y me dice que no me preocupe, que no la va a dejar ni a mí tampoco. Que si quiero llamar a alguien. Le digo que no. Que prefiero ver qué dice el médico antes de alarmar a mi familia.
Me desmayo pero lo hago consciente de que se ocupan de mí. De que puedo hacerlo. Puedo desmayarme y sentirme protegida, acompañada, cuidada.
Pero mi herida no sangra, no se ve.
El rojo no empapa mi blusa ni mi pelo.
No puedo desmayarme. Dejarme ir.
Es un bonito día de primavera.
La gente va y viene a sus quehaceres.
La sangre me mancha el pelo y la ropa. Sigo sin percibirlo.
Alguien, alarmado, me para.
"¿Estás bien? Estás sangrando"
"Sí. Huy es verdad"
Más personas se arremolinan a mi alrededor.
"Siéntate" ¿Quieres un poco de agua"
"Yo cuido de tu mochila. Pesa un montón. Suéltala a ver si te está perjudicando"
"Ya llamo al Samur yo. Túmbate que será mejor"
Entre todos me preparan una cama cómoda con sus jerseys. Alguien me abanica. Hace calor.
"¿No te duele"
"No. Nada"
Escucho que alguien dice susurrando: "Joer es un montón de sangre"
Comienzo a marearme.
La chica con mi mochila me acaricia y me dice que no me preocupe, que no la va a dejar ni a mí tampoco. Que si quiero llamar a alguien. Le digo que no. Que prefiero ver qué dice el médico antes de alarmar a mi familia.
Me desmayo pero lo hago consciente de que se ocupan de mí. De que puedo hacerlo. Puedo desmayarme y sentirme protegida, acompañada, cuidada.
Pero mi herida no sangra, no se ve.
El rojo no empapa mi blusa ni mi pelo.
No puedo desmayarme. Dejarme ir.
miércoles, 26 de abril de 2017
Sin descanso
Son las cuatro de la madrugada no puedo dormir sé que no podré si no distraigo de algún modo la angustia que galopa en el traqueteo de mi corazón enciendo la radio casi no tiene pilas la oigo mal
busco un programa donde la gente habla cuenta sus cosas "Hablar por hablar" de pronto una señora comenta que está en contra de las residencias que todos sabemos lo que son pero que claro ella tuvo la suerte de poder dejar de trabajar y poder ocuparse de su padre con Parkinson avanzado me lanzo como un resorte al baño quiero vomitar
busco un programa donde la gente habla cuenta sus cosas "Hablar por hablar" de pronto una señora comenta que está en contra de las residencias que todos sabemos lo que son pero que claro ella tuvo la suerte de poder dejar de trabajar y poder ocuparse de su padre con Parkinson avanzado me lanzo como un resorte al baño quiero vomitar
sábado, 22 de abril de 2017
Un regalo
Ayer me regalaron un cuaderno precioso. Y bolis.
Y me regalaron mucho más sin saberlo.
Ellas me empujan a escribir. Como si fuera su necesidad y no la mía la razón de hacerlo.
Me empujan al mundo en el que logro respirar.
Me empujan a vivir a letras llenas.
Me empujan a realizar lo único hermoso de lo que me veo capaz. Lo único con sentido.
Me empujan a ese universo en el que mi corazón deja de doler para ser y encontrarse con su verdadero latido.
Me empujan y miman mi yo más auténtico y vulnerable.
Las palabras a veces se me atragantan. De pura angustia e impotencia. Hay muchos agujeros con los que no pueden las palabras. Se arremolinan a su alrededor y se agarrotan aterradas ante ese precipicio.
Otras veces me salvan. De mi misma, sobre todo. Y por ello, frecuentemente, son un espejo dolorosísimo. Cuánta emoción encapsulada en palabras cuando en la vida soy incapaz de demostrar cuánto siento y cuánto quiero.
A veces las palabras me señalan como una impostora de la vida o al menos así me siento.
Mis fieles compañeras, las palabras....
Ayer dos personas me hicieron un regalo. Enorme. Me empujaron.
Gracias Boli e Inma por creer en lo único bueno que descubro en mí. Con enormes dudas de que sea realmente bueno.
Gracias Rosa y Viquilandia por empujarme también.
Y me regalaron mucho más sin saberlo.
Ellas me empujan a escribir. Como si fuera su necesidad y no la mía la razón de hacerlo.
Me empujan al mundo en el que logro respirar.
Me empujan a vivir a letras llenas.
Me empujan a realizar lo único hermoso de lo que me veo capaz. Lo único con sentido.
Me empujan a ese universo en el que mi corazón deja de doler para ser y encontrarse con su verdadero latido.
Me empujan y miman mi yo más auténtico y vulnerable.
Las palabras a veces se me atragantan. De pura angustia e impotencia. Hay muchos agujeros con los que no pueden las palabras. Se arremolinan a su alrededor y se agarrotan aterradas ante ese precipicio.
Otras veces me salvan. De mi misma, sobre todo. Y por ello, frecuentemente, son un espejo dolorosísimo. Cuánta emoción encapsulada en palabras cuando en la vida soy incapaz de demostrar cuánto siento y cuánto quiero.
A veces las palabras me señalan como una impostora de la vida o al menos así me siento.
Mis fieles compañeras, las palabras....
Ayer dos personas me hicieron un regalo. Enorme. Me empujaron.
Gracias Boli e Inma por creer en lo único bueno que descubro en mí. Con enormes dudas de que sea realmente bueno.
Gracias Rosa y Viquilandia por empujarme también.
miércoles, 19 de abril de 2017
Marco su ropa
Marco su ropa. Para que no se pierda. La ropa. Él.
Marco su ropa y recuerdo el gozo de marcar la ropa de tu niño cuando salía de excursión o iba al cole.
La amargura de esta tinta no responde al contento de una excursión. Sello con su nombre la expulsión de su propia vida. Firmo su sentencia.
La vida me aplasta como su propia ley marca.
Llega de improviso la losa que incrustada en mí, sepulta mi respiración, mi mente, mi corazón. Llega porque tiene que llegar. Siempre llega. Muy pocos logran esquivarla. Quizá los generosos saben vivirla sin esta angustia extrema.
La vida me aplasta y yo marco su ropa. Y apenas soporto pensar en lo que va a venir.
Hay heridas peores que la muerte. Umbral intentó decir lo contrario con esta frase infinita. Inabarcable:
"También el horror puede llegar a ser de alguna manera confortable"
Aplastada, me levanto.
Camino, aplastada.
Hablo, aplastada.
Se puede vivir aplastada.
Parece que no y tienes la tentación de buscar alguna salida fácil a esa brea por la que intentas desplazarte.
Su peso y su oscuridad no te lo permiten.
Levantas la cabeza. Intentas salir de ti. Un momento. Olvidarte de ti. De ese cansancio infinito que eres. De esa mezcla de emociones en las que se ha convertido tu estómago y que eres incapaz de digerir.Miedo, tristeza, culpa, rabia, ternura, dudas, desvalidez,traición, cariño, angustia, más tristeza, más miedo....dolor.
Quieres desenredarte un poco, poder mirar hacia fuera. Ver además de mirar. Desplazar tus párpados lejos de tu corazón y de tanta, tanta confusión. Y no puedes.
Sin embargo tres luces rojas cálidas, hermosas, sabias, atraviesan esas membranas y la brea y tu propia incapacidad de saber vivir. Y así, no sabes cómo, te hacen ver un destello.
Tres luces rojas cargadas de vida y de heridas te sostienen y te acunan y te hacen querer aferrarte a todo lo que amas y que tienes y no puedes disfrutar. Todas esas pequeñas cosas que hacen de la vida un milagro y que tú, ahora, no puedes evitar perderte.
Esas tres luces vestidas de serenidad, de fuerza y de alegría logran que quieras quererte. Están ahí cada día para que no olvides que si ellas te quieren es que tú eres amable y puedes remontar.
La diferencia, a veces, entre estar viva y sentir que lo estás, es una cálida luz roja en tu camino. Yo he tenido tres. Las tengo. Soy afortunada.
Marco su ropa y tatúo una cicatriz en mi corazón.
No sé qué haría sin Joaco y sin mi hijo en estos momentos. No sé qué haría sin saber que tengo a algunas personas cerca. Supongo que sobrevivir a la losa, con ella a cuesta. Vendrán y las hay, lo sé, otras peores.
No es lo mismo querer estar que estarlo.
Sé que tengo a gente a mi lado. Aunque sólo sea para saber que están ahí.
Mis tres luces han estado y han sabido estarlo.
Es algo por lo que siempre lucho. A veces no vale con un "no estás sola". "Si necesitas algo, aquí estoy". Nunca valen esas frases solas. Yo siempre intento llenarlas de recursos, de ayudas reales aunque solo sea una melodía o una recomendación de un libro o una película o un texto o una asociación. Quizá no llegue como una ayuda real pero yo así me esfuerzo en lanzarlas. No sé resignarme a las simples palabras.
No vale querer estar. Hay que saber abrir veredas cuando la otra persona no puede. No todo el mundo sabe hacerlo. Ni lo intenta.
Marco su ropa y recuerdo el gozo de marcar la ropa de tu niño cuando salía de excursión o iba al cole.
La amargura de esta tinta no responde al contento de una excursión. Sello con su nombre la expulsión de su propia vida. Firmo su sentencia.
La vida me aplasta como su propia ley marca.
Llega de improviso la losa que incrustada en mí, sepulta mi respiración, mi mente, mi corazón. Llega porque tiene que llegar. Siempre llega. Muy pocos logran esquivarla. Quizá los generosos saben vivirla sin esta angustia extrema.
La vida me aplasta y yo marco su ropa. Y apenas soporto pensar en lo que va a venir.
Hay heridas peores que la muerte. Umbral intentó decir lo contrario con esta frase infinita. Inabarcable:
"También el horror puede llegar a ser de alguna manera confortable"
Aplastada, me levanto.
Camino, aplastada.
Hablo, aplastada.
Se puede vivir aplastada.
Parece que no y tienes la tentación de buscar alguna salida fácil a esa brea por la que intentas desplazarte.
Su peso y su oscuridad no te lo permiten.
Levantas la cabeza. Intentas salir de ti. Un momento. Olvidarte de ti. De ese cansancio infinito que eres. De esa mezcla de emociones en las que se ha convertido tu estómago y que eres incapaz de digerir.Miedo, tristeza, culpa, rabia, ternura, dudas, desvalidez,traición, cariño, angustia, más tristeza, más miedo....dolor.
Quieres desenredarte un poco, poder mirar hacia fuera. Ver además de mirar. Desplazar tus párpados lejos de tu corazón y de tanta, tanta confusión. Y no puedes.
Sin embargo tres luces rojas cálidas, hermosas, sabias, atraviesan esas membranas y la brea y tu propia incapacidad de saber vivir. Y así, no sabes cómo, te hacen ver un destello.
Tres luces rojas cargadas de vida y de heridas te sostienen y te acunan y te hacen querer aferrarte a todo lo que amas y que tienes y no puedes disfrutar. Todas esas pequeñas cosas que hacen de la vida un milagro y que tú, ahora, no puedes evitar perderte.
Esas tres luces vestidas de serenidad, de fuerza y de alegría logran que quieras quererte. Están ahí cada día para que no olvides que si ellas te quieren es que tú eres amable y puedes remontar.
La diferencia, a veces, entre estar viva y sentir que lo estás, es una cálida luz roja en tu camino. Yo he tenido tres. Las tengo. Soy afortunada.
Marco su ropa y tatúo una cicatriz en mi corazón.
No sé qué haría sin Joaco y sin mi hijo en estos momentos. No sé qué haría sin saber que tengo a algunas personas cerca. Supongo que sobrevivir a la losa, con ella a cuesta. Vendrán y las hay, lo sé, otras peores.
No es lo mismo querer estar que estarlo.
Sé que tengo a gente a mi lado. Aunque sólo sea para saber que están ahí.
Mis tres luces han estado y han sabido estarlo.
Es algo por lo que siempre lucho. A veces no vale con un "no estás sola". "Si necesitas algo, aquí estoy". Nunca valen esas frases solas. Yo siempre intento llenarlas de recursos, de ayudas reales aunque solo sea una melodía o una recomendación de un libro o una película o un texto o una asociación. Quizá no llegue como una ayuda real pero yo así me esfuerzo en lanzarlas. No sé resignarme a las simples palabras.
No vale querer estar. Hay que saber abrir veredas cuando la otra persona no puede. No todo el mundo sabe hacerlo. Ni lo intenta.
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