miércoles, 1 de marzo de 2017

Agua entre las manos

Hace tiempo que reflexiono sobre "las últimas veces". Supongo que denota mi edad porque cuando eres joven no piensas que existan. 
Ya escribí sobre esto en otra entrada Las últimas veces.
Es muy curioso porque casi siempre las vivimos sin saber que lo son, afortunadamente. Pero eso le resta, ya lo decía en esa entrada,intensidad de disfrute, la emoción de saborear lo ya perdido para siempre. 
Yo llevo viviendo varios años muchas últimas veces. Es un contrasentido, claro. Pero es así.  Y de este modo, he vivido la última partida de cartas de mis padres y de mis suegros. Mi último cumpleaños con todos juntos y bien. La última navidad con todos juntos y bien. El último verano, los últimos paseos todos juntos y bien. Los he vivido. Los he disfrutado con una plenitud imposible si no se viven como los últimos.

 Ya han llegado esas últimas veces. No por haberlas anticipado y disfrutado a pleno corazón, las hace menos dolorosas y tristes. Son igual de demoledoras pero tengo la dicha de haberlas disfrutado, de haberlas sabido hacer únicas y muy especiales, de haberlas gozado con plena consciencia como regalos irrepetibles.

Han llegado y casi no puedo con ellas pero al menos sé que son las mejores últimas veces que pude vivir porque las esperaba, les hice frente y supe adornarlas de amor y cultivarlas como un hermoso y efímero jardín que perfuma toda la pena que ahora lo abona.

martes, 20 de diciembre de 2016

Escalofrío en vena


Muchos de mis trayectos diarios están jalonados por dos hospitales: La Paz y el Ramón y Cajal.
Resultado de imagen de ramon y cajal hospital Cada vez que paso,cargada con mis preocupaciones y mis sinsabores, miro hacia arriba, hacia esas ventanas que son como párpados heridos. Y agradezco a la vida no tener a nadie querido tras ellos, envueltos en un manto de olores, de sensaciones; extranjeros de nuestra vida. Y sé que la carga que a veces me resulta insoportable no es nada comparado con el dolor del dolor de mis seres queridos. 


Sin embargo, ayer, en un hospital, estalló la vida en toda su plenitud.
 Hasta ese espacio de sufrimiento salpicado de esperanza llegó la emoción engalanada de alegría y de fuerza. 
Casi 300 personas abrazaron el salón de actos del Hospital 12 de Octubre 

Y en esa abrazo se cobijaron los goteros que pitaban ajenos a la clave y al tempo...
Respiradores artificiales que ensancharon sus pulmones con tanta belleza y armonía...

Y como siempre, el milagro. Siempre repetido y nunca suficientemente asombroso: la música curando lo que ninguna medicina puede curar.

Las manos en alto de un señor atrapado por una sonda nasogástrica. Manos,saltando por él. Brincando emocionadas, esas manos.

Un superman,enorme, con el cuello cosido de grapas, avanzaba sonriente, cubierto por una chaqueta del pijama atada como una capa con superpoderes. Los de la sonrisa tibia, casi incrédula, con la que abandonaba la sala tras el concierto.

Enfermos, muy pachuchos, abandonados al goce de sentir. Sentir que la música empujaba la vida y traía tantas emociones purificadoras...

Miraba a mi alrededor y sabía que estaba viviendo algo único. 
Hendel y 300 personas llenando todos nuestros pulmones con esa música excepcional, hecha para hacer sentir. Sentir que todo es posible, que ese abrazo de voces nos impulsaba por encima de nuestros miedos y por un momento podíamos volar y conseguir lo imposible.

Casi 300 voces abrazando nuestros embobados ojos acuosos, traspasados por el mismo escalofrío. Ojos de ilusión emocionada como ojos infantiles en la mañana de Reyes.
La imagen puede contener: una o varias personas

Un regalo. Un abrazo de voces como hermoso regalo de Navidad y de vida para quien sólo espera el regalo de la recuperación y la vuelta a casa. 

Aleluya.


Gracias, MeV, por darme la oportunidad de vivir momentos así. Por permitirme ser acariciada por la auténtica vida y recibir lecciones cada día. Gracias.






martes, 13 de diciembre de 2016

Briznas de felicidad

Mi hijo baila salsa con Miko.
Mi suegra me ayuda a desenredar un ovillo que estoy tejiendo.
Mi madre mide un paño tejido en un maravilloso ganchillo que ha hecho para mí.
Miko se acurruca en mi regazo y me regala su mirada serena e incondicional.
...


Hoy la niebla nos impide ver.
Densa, fantasmagórica, distorsiona la realidad, amplía los sonidos y tiñe todo de una gelatina amenazante. Sus dedos fríos te recorren a través de las capas de abrigo que no logran protegerte de su humedad. Una especie de útero dentellado.

A mí me parece hermoso. Vagar entre esa fría bruma. Expuesta a su intemperie. 
Quizá porque la vida - y mi vida- se me parece mucho a un páramo inhóspito y se siente acompañada en ese helor.

Por eso siento el regusto de cierta felicidad al recordar instantes que colecciono como maravillosas vivencias únicas. Como cuando te llevas una brizna de hierba a la boca y acaricias en su sabor todo el esplendor de las pequeñas cosas. 

martes, 6 de diciembre de 2016

La manta azul

Tiendo la manta. La manta azul. Pequeña, suave. Una manta vieja y antigua. Un trozo de tela. Nada.
La manta de planchar cuando no había tablas y mi madre planchaba sobre su mesa camilla y su manta. Mi manta azul. Ella me la debió de dar cuando me fui de su casa. Para que cubriera la mesa y me ayudara a planchar.
Y esa manta ha sobrevivido a mudanzas y a años y ahora está tendida en mi terraza. La tiendo y la acaricio. Algo tan simple, tan escaso de valor. Su manta. Mi manta.

Estuvo durante mucho tiempo en el trastero. Porque yo no tiro nada. Y a fuerza de no tirar, ni pienso en lo que está ahí ni para qué está.

Y ahora, acaricio ese trozo de tela inútil y acaricio todo el mundo que contiene y que me ha regalado sin darme cuenta. Esa mantita guarda la felicidad. Trazos de felicidad. Los suaves momentos de ternura y calor que cada noche me esperan con ella.

Miko se arrebuja contra mí, encima de ella. Y la manta, con Miko encima, logra devolverme la emoción de sentirme querida y arropada. Con la amargura de constatar todo lo que no tengo y me estoy perdiendo.

La manta azul me acaricia a mí cada noche con el maravilloso peso de un ser que me mira como si no hubiera nada más importante en el mundo; diciéndome con sus ojos que, sólo por estar así, mirándonos  y dándonos calor, merece la pena vivir.

viernes, 25 de noviembre de 2016

Espejismos

Mi madre vela mi sueño. En silencio. Me tapa y vela mi sueño.
 Cuajado de horas de tensión, de cansancio acumulado, el sueño se apodera de mí en el sofá de la sobremesa.
 Despierto sobresaltada, enmarañada de preocupaciones y tristeza. Y siento cómo mi madre vela mi sueño y me abandono a ese espejismo de mecerme en un tiempo de inocencia donde la palabra madre era eterna y su refugio seguro.
Mi madre vela mi sueño y yo no quiero nada más. Sentir su presencia a mi lado curando heridas que desconoce y prestándome un hueco para descansar.
Mi madre vela mi sueño y yo no quiero despertar.

lunes, 17 de octubre de 2016

Barro

Cielos grises
Cambio de estación
Una tristeza lo empapa todo, pesadamente.
No hay motivo para esperarla o los hay todos. 
El caso es que está. Impregnándolo todo.
Tirando de todo. Hacia abajo.
Cargada de ternura y sin futuro.
No es necesario. El futuro.
Pasará. Como casi todo.
Como todo lo que ya ha pasado.
Transformándolo todo de modo que
ya nadie podrá conocerlo.
Tampoco importa.
Lo que es , es; y solo en el soy, es.
Nadie podrá nunca conocerte.
Nadie será parte de todo lo que ahora eres.
Nadie, pero no nada.
La tristeza te conoce y te habita. 
Y ahora te empuja para abajo.
Saldrás a flote. Seguro. Porque 
algo te remueve la ternura y te permite
embeberla, esponjarla; dejarte ir y descansar.
Porque alguien te acaricia y te permite 
cerrar los ojos y esperar a que escampe 
mientras se pone al mando del timón,
braceando con sus propias pesadumbres.
Acorralándolas.
Sin preguntar. Sin pedir explicaciones.
Más silencio. Sólo silencio.
EL de no hablar para no preocupar.

El de no hablar para no herir
EL de no hablar para no ser inorportuno.
El de no hablar por no saber expresar
El de no hablar por no querer saber
El no hablar por haber extraviado las palabras
y el camino de vuelta al corazón compartido.
El de no hablar por haber perdido todas las fes.

No pasa nada. 
Llueve.
Y está bien.

El barro de tus entretelas ya no es 
el único barro.


La placa

Cada lunes paso por una señal de tráfico informativa que me indica la dirección hacia un campo de fútbol cuyo nombre es un homenaje a un niño de Alcobendas que murió al caérsele una portería encima en un (no sé si el mismo) campo de fútbol. 
Siempre y de forma casi instintiva imagino, cada lunes, que en esa placa veo escrito el nombre de mi hijo. Cada lunes se me hiela la sangre y un fuego gélido me recorre de arriba abajo en ese punto de la carretera. 

Mi biblioteca de referencia, el lugar donde he pasado muy buenos momentos, lleva el nombre  de una chica de Alcobendas que fue secuestrada cuando estaba corriendo por su barrio (La Moraleja. Más gueto que barrio) y después asesinada torpe y gratuitamente. Es otro homenaje: la biblioteca y la calle llevan su nombre.

La misma impresión siempre que lo pienso:¿Qué sentirán esos padres al pasar por ahí? ¿Esos padres sentirán alivio al ver a sus hijos siendo parte de la ciudad que los vio nacer ?
¿Sentirán que el resto de sus conciudadanos estamos con ellos y les apoyamos en su dolor y queremos que, con su recuerdo, nunca más vuelva a pasar?
¿Sentirán que sus hijos no se han ido en vano y "están" de algún modo?

No sé qué sentirán. 
Yo imagino el nombre de mi hijo en esas placas y el motivo de su presencia y es como un trallazo cada vez que lo veo. 
Puede que sea una forma de reivindicar que nunca más pase, de no olvidar que pasó.
 Para mí es el grito ahogado por el dolor de una ausencia.