sábado, 29 de agosto de 2015

Esos días azules y ese sol de la infancia...

Me levanto y salgo a la terraza a dar los buenos días a mi chopo iluminado por el sol.
Me recibe la calle adormecida, como con sordina, y lo disfruto despidiéndome de ello.Estos días, la ciudad respira con un ritmo lento que la humaniza y la hace querible. Las lenguas de asfalto descansan solitarias. Nos rodea un silencio que, como un celofán de calma, nos preserva de las prisas y la incomodidad.

Tengo la sensación de ir despidiéndome de tantas cosas...
Me despido de las vacaciones. Han sido unas vacaciones renovadoras. Simples y alegres. Disfrutando del momento. Sin querer pensar en nada más que en el minuto en el que estaba ¡Y eso es tan difícil para mí! 

Han sido simples y alegres porque he dejado a un lado lo que me amarga la vida y me he zambullido de lleno en lo que me hace feliz y tanto me gusta. De manera un poco ingenua, tal vez, esperando que al llenarme de luz, de descanso y de optimismo, todo lo que me hace infeliz se diluyera o difuminara un poco y perdiera su intensidad y me diera un respiro. Y no es cierto, claro. Las sombras vuelven más vigorosas, quizá, cuando has estado bañada de luz y optimismo. Tal vez pueda hacerlas frente con más firmeza, aferrándome a las maravillosas sensaciones que me han acompañado todos estos días de paz y gozo.

Volveré a la huella que han dejado este verano el sol, el viento y el mar sobre mi piel. 
La maravillosa experiencia de lanzarme a correr por la arena en la temprana mañana; sintiendo la brisa conmigo y posando la vista en ese mar cambiante lleno de luz. Como si el sol saliera de sus aguas. Empapada en sudor, con las piernas muy cansadas por la arena, sumergirme en él con una sensación de alivio y frescor que no quería que terminara nunca. Sola, en el agua, bañada por el reflejo del sol, sorteando y jugando con las olas.

Paseos interminables en la orilla de ese mar cambiante. En cada camino, el mismo mar y un mar diferente, de color diferente, de reflejos y movimientos diferentes. Buscando con la vista el sol caracoleando en la espuma alegre de la ola al romper, cabalgando sobre ella, hasta hacerle descansar como una puntilla de encaje perlada en la arena agradecida que, empapada, cambiaba de color. El encaje se diluía marcando el paseo de tatuajes tostados y  brillantes que parecían querer perseguir a esa ola en retroceso para no perder su caricia y no romper la magia. Como en un vals constante y siempre diferente.
Horas disfrutando de ese espectáculo. Siempre el mismo  y siempre diferente.
Y entre paseo y paseo, lectura. Leer, levantar la vista, el mar, volver a leer. Zambullirme en libros, en el mar, en paseos maravillosos. Leer, levantar la vista, pasear...

Aprovechar los días de oleaje fuerte, transgrediendo esa bandera roja que te advierte del peligro, para jugar con las olas como la niña que aprendió a interpretarlas, a buscarlas, a evitar sus embates y sus sacudidas. Y dejarme llevar por ellas, por su poder y su fuerza; en un hermoso tobogán  que rugía entre nuestros gritos alborozados.


Al atardecer, caminar por un mar cálido sin profundidad. Sentir en tu cuerpo el masaje del agua al adentrarte metros y metros en él, sin perder nunca pie en esa extensión de agua sin movimiento. Caminar, nadar, despojarte de toda la ropa que impide sentir esa naturaleza sin intermediarios ni fronteras, ni tirantes ni ropa mojada pegada a ti. Sentir en tu cuerpo la caricia de esa agua cálida y abandonarte a ella.
Y casi cuando el sol se va, salir y despedirlo
para disfrutar así del lienzo imposible de rojos, morados, violetas en que se convierte el horizonte y que se precipita sobre el mar; mientras la oscuridad toma la playa y nos convierte en sombras que, a nuestras espaldas, saludan a la luna como en un relevo de prodigios y tonos.

Días de agua, sol, salitre, lecturas, paseos... disfrutando de la familia, de los abuelos que están tan mayores y tan bien... Sabiendo que estoy disfrutando algo único e irrepetible y que, un día, no muy lejano recordaré como un paraíso perdido.

Del mar a la meseta. Al sol plomizo, al calor de chicharras y moscas que sabemos combatir tras los gruesos muros que jalonan el escenario de tantos años de mi vida, de tantas emociones y tantos recuerdos. Días de lectura, siestas profundas encaladas y veladas por un silencio sin tiempo ni medida. Rodeada de familia y haciendo de cada encuentro un momento para la alegría, para la risa. Aunque mi corazón llora al ver que el tiempo no pasa en balde para nadie y que los que un día me sostenían se pierden en un mundo desconocido y doloroso para ellos en el que ya no son lo que eran. 
Así que entre la tristeza profunda de ver que la casa se desmorona, que esas gruesas paredes que me sostenían ya no pueden sostenerme- algunas quebradas ya para siempre- y la inmensa alegría de poder seguir a su lado, guarecida por lo que siguen siendo, hago el esfuerzo de imponer la alegría y, así, intento estar más cerca de ellos. Nadie nunca sabrá que mis bromas y risa fácil son una simple máscara con la que cubro y trato de afrontar una tristeza profunda de pérdida y soledad.



Disfruto de los paseos vespertinos, cuando cae el sol y el calor lo permite. Kilómetros de campos segados ya que alternan su dorado rastrojo con el verde y el amarillo de girasoles alegres y esperanzadores.

Caminamos a su lado, disfrutando de este otro espectáculo, siempre el mismo y siempre diferente. Con atardeceres imposibles que iluminan con una luz casi mágica nuestros pasos y nos permiten deleitarnos con un horizonte que arde y pinta el cielo en una hoguera de tonos sobrecogedores. Cada tarde. 
Disfrutando con una alegría infantil de ese milagro simple y único que nos regala en nuestro paseo la naturaleza. 
Infantil como la emoción que siento al ver a mi padre a mi lado en esos paseos que, algo me dice, pueden ser los últimos para los dos. Y entonces la hora violeta tiñe no solo el horizonte que dejamos atrás. Mi corazón llora al tiempo que camina cantarín a su lado.

El calor insoportable de este verano nos da una tregua y me permite lo imposible: pasear, correr al mediodía por un entorno que cada día atesoro más: La hoz del río Gritos.
Y no lo dudo, me lanzo día sí y día también a recorrerla en soledad. Disfrutando de sus piedras milenarias,en tonos calizos, marronáceos y negros de musgo y tiempo; horadadas por el viento y el agua de la que un día fue lecho. Ahora discurre una carretera y una senda que me permite adentrarme por caminos solitarios y hermosos y disfrutar del silencio, el olor a higuera que se abalanza sobre mí  a cada tramo, como un abrazo que estremece mi memoria y mi corazón; del vuelo majestuoso de varios buitres que sobrevuelan el paraje y del maravilloso sonido de los árboles mecidos por el viento mientras el sol salta entre sus hojas regalando el prodigio visual de una sonata de destellos.



Y mis chopos y la sensación de que nada puede ser más hermoso que su balanceo , en un juego malabar de diamantinas hojas, rociadas de luz. En un recodo, bajo una higuera humilde y majestuosa,  me sorprende su danza centelleante mientras sus cimbreantes ramas al viento me susurran:"Estaremos aquí, Esther, cuando todo se quiebre y no puedas soportar el dolor de las ausencias, nosotros estaremos aquí. Recordándote lo que nada podrá arrebatarte y llenando tu vida de amor a lo hermoso, a lo sencillo , a las emociones" Y con ese susurro me rompo y entiendo que en esa soledad que ahora siento como nunca, en ese miedo que nunca pensé que sería mi fiel compañero a estas alturas de la vida, caben muchas cosas que nada podrá quitarme nunca.


Un verano sencillo. Sembrado de alegría casi impuesta por la fuerza de la vida. Alegría ante la desolación inevitable que se acerca pero que  todavía no está y cuyo paso firme y amenazante me espolea a disfrutar de cada momento como único. Un paréntesis de celebración de la vida.

Esos días azules y ese sol de la infancia...


Entre los papeles que encontraron en los bolsillos de Antonio Machado cuando murió exhausto, lejos de su país, puedo imaginar que como viviendo una pesadilla, hallaron uno que decía:
"Estos días azules y este sol de la infancia"
Hay muchas palabras de Machado que me parecen redondas, llenas de sabiduría y sensibilidad. Pero estas líneas me parecen una explosión de emociones, de pérdidas, de desvalimiento y de sencillez. Una lección de vida y una bandera limpia, erguida en la derrota. 
Abandonado a una realidad dolorosa e injusta, Machado descansa en la palabra, en los recuerdos, en la infancia. Donde todo es para siempre y la vida sonríe y acaricia.

jueves, 2 de julio de 2015

La vida en rojo

Las temperaturas en la calle están imposibles. Los termómetros están al rojo vivo. Como la vida de las personas que vamos a visitar. Rojas como la sangre que filtran las máquinas a las que están anclados durante unas horas en su sesión de diálisis.








Algunos ya conocen MeV y se alegran mucho de vernos por allí.

Suena la cristalina guitarra en las manos jóvenes y prodigiosas de Pepe. Antes ya ha comenzado a cantar la sonrisa de Alexandra.
Porque Alexandra canta sonriendo. Con una sonrisa hermosa que cierra sus ojos y abre completo su corazón; y en ella, los pacientes y nosotros, nos instalamos. Porque nos acoge cálida y dulce como un abrazo.

El torrente de voz de Alexandra inunda esa sala fresquita donde los pacientes llenan esas horas tediosas y duras como pueden. Los acordes de la guitarra de Pepe ya nos anticipan lo que Alexandra nos explica: va con un palo de ida y vuelta. Y eso es lo que hace. Va a nuestros corazones y vuelve cargada de energía y emoción.


De repente,  acordes y quejíos, muy flamencos, muy sentidos. Se suspenden en el aire y Alexandra se arranca por la "La vie en rose". Como un tromba nos zarandea y nos lleva a todos a un lugar maravilloso, hermoso, donde el zumbido de las máquinas se apaga ante el latido de nuestro corazón. Emocionado. Agradecido. Cada quien hace su viaje interior por esa canción melancólica, profunda y llena de sentimiento. La vida de los pacientes, por unos minutos ha cambiado del rojo al rosa. Un rosa suave, mullido, como un colchón en el que poder descansar el corazón.

Para que podáis haceros una idea de cómo pasamos del rojo al rosa y a la pura emoción:


Algunas personas que siguen el tratamiento desde otra habitación acristalada, le piden a Virginia escucharlos más cerca.                                                                Dicho y hecho



Vamos hacia oncología. Pepe y Alexandra van conmocionados. Es su primera vez y no es fácil cantar y tocar entre el sufrimiento, las máquinas, la sangre. 

Salen conmocionados y lanzados como un resorte a por más. Como todos lo que participan en los encuentros de MeV.
 Contaminados por ese "virus" que ya nunca abandona a los que viven una experiencia así, quieren más. Y a por más vamos.

En la sala de día de oncología, les dan las gracias antes de empezar. Se sienten privilegiados al poder disfrutar de música en esas horas donde la cabeza juega malas pasadas y las hace más largas y apesadumbradas.


La alegría les llega incluso a los que parecen ajenos a su actuación gracias a la sonrisa y los ojos de Alexandra y de Pepe. En algún momento, Alexandra canta que " los ojos son un lenguaje" y ella y Pepe saben hablarlo a la perfección. Alexandra los cierra dejando que la sonrisa se apodere de ellos. Los de Pepe sonríen con su azul precioso y concentrado en las cuerdas de su guitarra.

Alexandra pasea por la sala para que llegue a todos la música. Nos vuelve a poner la vida del revés, en rosa; y ahora los pacientes le hacen peticiones de canciones francesas. Porque " para ser española hablas muy bien el francés". Ella, la flamenca francesa, emocionada por la reacción de la gente y entregada a todo lo que le piden.

Algunos pacientes se emocionan. Lloran al verse sorprendidos por los recuerdos y añoranzas que les acerca la música a sus venas. Otros siguen el compás con su mano libre. Otros, como pueden, dejan la camilla que les retiene durante tres pesadas horas, para acercarse a verles cantar. 

Hablamos con ellos. Nos dan las gracias. Esas horas pesan más de lo que podemos imaginar. Y la música les ayuda mucho más de lo que ellos imaginaban. 
Es música en vena. Y su sonrisa nos dice que no es sólo eso. Es mucho más. Pero eso, los que tenemos la suerte de disfrutar de MeV,  ya lo sabemos.
 Como lo saben ahora Pepe y Alexandra que salen transformados. Y quieren repetir. Porque cantar en un hospital es tocar la pura vida.  Cantar en los hospitales es un palo de ida y vuelta. La música va con consuelo y alegría a los pacientes; y de ellos nos vuelve la certeza de que los malos momentos lo son mucho menos cuando se comparten y se llenan de emoción y generosidad.Como ayer nos "explicaba" un paciente sin decirnos nada. Simplemente aplaudiendo con la mano que le quedaba libre, golpeando en su cabeza. ¿Recuerdas, Alexandra?
Emoción y generosidad como las que ayer nos regalaron Alexandra y Pepe.



Y no sé si es casualidad o es que en este país hay muchísima gente grande, pero como siempre, estos artistas como la copa de un pino, son, además, personas increíbles. 
Esta mañana, Alexandra nos ha dado las gracias por la experiencia. Cuando somos nosotros los que nos sabemos cómo agradecerles lo que son capaces de crear en medio de esas duras paredes. 
¡Gracias a vosotros y hasta la próxima!



domingo, 21 de junio de 2015

Comienzo del verano



El campo agostado ya en junio me recibe rubio y oloroso. Con fragancias secas e intensas recorro con la vista dorados campos salpicados de aterciopelados marrones.
Corro acompañada de una suave brisa y de mariposas e insectos revoloteando a mi alrededor. Y el silencio, solo roto por mis pisadas y mi respiración.

Vuelvo a casa agradecida, llena de sensaciones. Hace calor. 
Voy a estirar junto a mi chopo en cuyo verdor me baño, y me deleito contemplando el bamboleo diamantino de sus hermosas hojas. Es como si me hablaran o me acariciaran.

Es verano y yo me siento feliz sólo por poder disfrutar de estas pequeñas maravillas. 


domingo, 14 de junio de 2015

Botín/Botón de guerra

El orgasmo masculino debe de ser muy poderoso.
Tanto como para blandirlo como un arma cargada de podredumbre. 


Ya sabemos que el hombre es un animal y que el instinto de reproducción es muy fuerte. Genéticamente marcados en los genitales, los hombres se animalizan cuando gozan. O eso parece. 

Tal vez sea esa forma agresiva del falo o las embestidas que prometen el paraíso...no sé. No entiendo. No soy hombre. Nunca tendré un orgasmo masculino. Tal vez por eso nunca entenderé lo que no entiendo. Aunque me temo que no será  por eso.



Como siempre, escribo para entender. Para poder pensar. En este caso, entender lo imposible y pensar lo impensable. Pero me he tenido que parar según escribía porque algo muy dentro de mí es lo que se ha puesto a escribir esta entrada. Sin yo saberlo. Y descubrirlo me ha dejado paralizada.

Pensaba yo que era imposible ponerse en la piel de las mujeres y niñas que son , en cada guerra, botín de guerra. Botín sexual de guerra. Y lo es. Claro. 
Sin embargo, de repente, se me ha impuesto en mi memoria un temor que siempre me ha acompañado, desde pequeña. Y sin pretender compararlo, he podido acercarme un poco mejor a ese terror. Siempre me he sentido acosada, en peligro. Los chicos se permitían licencias conmigo que me atemorizaban, me agredían. Quizá por ser rubia. Por ser diferente. En mi barrio, en el pueblo... He tenido que soportar desde niña que me señalaran, me dijeran cosas y hasta me agredieran físicamente. Mis primeros recuerdos al respecto son de 2º de Primaria, es decir, de mis ingenuos 8 añitos. Lo conservo nítido como una herida abierta. Después, ha habido muchos más. 
Por suerte pude recuperar la confianza en ellos a través de la amistad. 

Sin embargo, esa sombra que me perseguía si había chicos cerca debe de ser el remedo desdibujado de esa bestia negra y espesa en una situación de conflicto real.

Las mujeres no solo han de sufrir las bombas, las heridas, el hambre, la sed, el miedo por el sufrimiento de los suyos, por la desaparición de su casa, de su vida...
Las mujeres han de sumar a todo ese horror que todo el mundo sufre en una guerra, el horror de convertirse en un objeto sexual y de ser torturado por el simple hecho de ser mujer, de tener vagina.

Los hombres vierten su odio en su esperma.
Y lo vierten con quien saben en inferioridad de condiciones (cualquiera lo es apuntado con un arma) y se crecen sometiendo esa inferioridad.
Debe de ser que el erguirse de ese miembro les levanta como héroes en medio de su mediocridad. Les convierte en titanes de semen.
Perforar a una mujer indefensa y obligada les hace poderosos. Más hombres.
Siempre me pregunto dónde dejan estas bestias el recuerdo de su madre o hermanas o hijas cuando violan, ultrajan, martirizan a mujeres sometidas y aterrorizadas.  Esta es la única pregunta que me hago, que puedo entender. Las otras que me hago no las entiendo. Me hago un montón de preguntas que no entiendo.

Toda esta reflexión que estaba agazapada ahí desde siempre, surge a raíz de esta noticia.

ESCLAVAS
 Pero ha habido otras tantas similares o peores a lo largo de toda la historia y en especial  a lo largo de los siglos XX y XXI. Ruanda, Los Balcanes...


La mujer es el enemigo, sí, y hay que masacrarlo de todas las formas posibles. Horadarla hasta matarla es una de ellas. Y bien placentera ¿¿¿???? Convertirla en esclava sexual, un botín merecido ¿¿¿???
La guerra reduce al ser humano a lo peor de su condición. Al parecer al hombre mucho más que a la mujer. Podríamos entender que los hombres enloquecen en ese medio y "sacan a relucir" todas sus armas para sobrevivir. Cegados como polifemos con un sólo pene por ojo. 
Podríamos, pero no lo hacemos.

Porque aquí, en territorios no ocupados, en paz, hay polifemos de estos sin necesidad de una situación traumática que los aniquile, que los convierta en alimañas. 
Aquí, en el primer mundo, nos encontramos con bárbaros que reclaman la existencia de un botón
que haga desaparecer a la mujer que se acaba de follar en ese mismo instante. Desprecian a las mujeres que logran llevarse a la cama y les producen asco. Menosprecian a la persona con la que acaban de retozar, que les ha permitido llegar al éxtasis del orgasmo y , si pueden, la humillan. Aquí, en el siglo XXI, en el mundo civilizado.

Y no hablo de patanes sin formación o dos dedos de frente, que también los habrá. Hablo de intelectuales, de gente formada y con nivel social, de profesores de universidad...no hay límite para la
infamia. Y en cuestión de falos, la abyección parece inconmensurable.

¿Cómo es posible que el mayor acto de contacto con otro, de compartir con otro (compartes lo único que tienes tuyo: tu cuerpo) se pueda traducir en términos de humillación, prepotencia, asco, humillación?
¿Cómo es posible que a alguien que te ha proporcionado un placer único, que te ha permitido compartir lo más sagrado, su cuerpo, lo desprecies y quieras aplastar como a un gusano?

No hablo de amor. Claro. Eso es impensable. Hablo de puro sexo. 

Nunca jamás he escuchado a una mujer expresarse en estos términos. 
No quiero decir que todos los hombres sean así, ni mucho menos. Muchos de los que yo conozco piensan como yo y entiende el contacto con el otro, sea como sea, un acto de comunión y respeto. Sea cual sea ese acto (sexual, en el metro, en una ventanilla). Y sea quien sea la persona que está al otro lado (hombre, mujer, niño, animal). Y "mis hombres" podrían suscribir esta entrada. Estoy segura.Y nunca cometerían esas barbaridades ni en paz ni enloquecidos por la guerra. Su pene no es un arma. La mujer no es el enemigo.

Pero me sorprende muchísimo esta diferencia de concepto, que desafortunadamente, no es tan minoritaria. La diferencia de concepto sobre el sexo, el placer. Sobre el otro y nuestra relación con él durante el sexo. 

El sexo como arma de destrucción masiva. El falo y el semen como amos y señores dispuestos a esclavizar, imponer, humillar, a provocar dolor. 

El horror.
Lo peor del género humano.

El orgasmo masculino debe de ser tan poderoso que destruye. Destruye a quien lo impone, a las víctimas y sobre todo,  la fe en el sur humano. 

El orgasmo masculino debe de ser tan poderoso que aniquila. Aniquila siglos de evolución del ser humano para regresar a la bestia que somos.


No sé bien qué he escrito. Me he perdido en mi propia impotencia y asco




jueves, 11 de junio de 2015

Veleros

¿Cuántas veces al día, a la semana, al mes, te regalas el placer de dedicarte por completo a algo que te hace feliz, que te reconcilia con la vida?
¿Cuántas veces al día, a la semana, al mes logras desconectar ese mecanismo maravilloso e insaciable que es la mente para solo sentir y dejarte llevar?
¿Cuántas veces al día, a la semana, al mes, puedes parar esta rueda vertiginosa en la que vamos acalorados a ninguna parte, para contemplar y maravillarte de la vida?

Yo voy robando retazos. Es lo único que consigo. En esa carrera interior y vital voy conquistando instantes de plenitud.

Ayer MEV me regaló algo más que un instante. Gracias a ella pude dedicarme a una de las cosas que más me gustan y que nunca hago: escuchar música clásica, entregarme a ella sin hacer nada más. Tan desacostumbrada estoy que me costaba retener mis pensamientos que saltaban indisciplinados fuera de esa sala en la que Elisabeth Leonskaja nos dió un recital de piano de levantar la piel.
  
Sus manos corrían ágiles por el teclado de un maravilloso piano que llenaba el escenario.
El sonido nítido, perfecto, inundó la sala. Nos inundó.
Era como un manto que acallaba otros estruendos y nos sosegaba y llevaba a otro mundo de placidez y fuerza. La música subía y bajaba. Gritaba y susurraba. Se crecía como un huracán y corría suave como un riachuelo complacido. Una mano se deslizaba cadenciosa sobre el teclado, mientras la otra se perdía de nuestra vista en un desenfrenado éxtasis. Al mismo tiempo. Un prodigio de coordinación, técnica y armonías que acompasaba nuestras almas sorprendidas. 
Desafortunadamente ese salón está exento del edificio central y no hubo muchos pacientes que pudieran desplazarse hasta allí. 
El gotero de una de ellas se erguía firme en la primera fila.
Su mano se aferraba a él como en un velero dispuesto a atravesar la tormenta.

En medio de todas nuestras tormenta,
las piezas de Schubert, que Elisabeth Leonskaya interpretó magistralmente, transmitían el contrapunto de la pasión y la ternura en una sucesión casi imposible. Contradictoria.Cambiante y sorprendente. Como la vida. Como el ánimo de esas personas que pasan por un momento difícil en un hospital. Que sube esperanzado ante un futuro incierto y segundos después se precipita al oscuro fondo de la desazón, el miedo y el dolor. En un vaivén impredecible y erosionante que requiere de fuerza y voluntad para sobrevivir. Atados a ese velero necesitan la ayuda de un viento suave que les ayude a surcar esos altibajos inevitables que supone toda enfermedad. 
                        Y esa es la vocación de MEV.
Ser la brisa que los acaricie al tiempo que los impulsa a llegar a buen puerto, inflando sus velas de emoción, de fortaleza, de voluntad, de necesidad de seguir navegando.


El regalo de Leonskaja fue un viento potente y firme que nos empujó a todos a ese mundo donde todo es posible porque el corazón bombea con fuerza y no hay barco que no pueda intentarlo con un motor palpitante y decidido. Engrasado por la emoción de emocionarse, de sentir que la vida tiene fuerza y empuja porque somos capaces de emocionarnos con la vibración de una tecla removiendo nuestro interior. 
En medio de ese fragor de esa maravillosa música invadiendo todas nuestras  venas, soñaba yo con la posibilidad de extender esa ola de pasión y ternura a todo el hospital. Que desde esa sala,volaran las manos de Elisabeth, empujando puertas y ventanas, como un sunamí e hicieran llegar esa música a cada rincón del enorme hospital. Enmudeciendo monitores, conversaciones, llantos y desesperanza. Empujando como un vendaval y limpiando el aire de temores y grisuras. Dejando caer  notas como gotas feraces dispuestas a fecundar cada recodo baldío.
Poniendo a salvo a los veleros, lejos del iceberg de la enfermedad, por unos momentos.


 La paciente de la primera fila ,aferrada a su velero, salió de la sala llorando, conmovida, agradecida: la música del piano había empujado su  embarcación a un puerto seguro, el de las emociones. 
Así se lo hizo a saber a Virginia que nunca confunde lo urgente con la importante. Lo urgente era que la maestra rusa diera su recital en las mejores condiciones. Lo importante era que la música entrara por las venas de quienes más lo necesitan y para los que existe MEV, los pacientes. Virginia sabe que hay que atender siempre lo importante, mucho antes, más y mejor que lo urgente. Y eso hace en cada encuentro: abrazar a los pacientes con su sonrisa y sus palabras y hacerles protagonistas de cada concierto. Por eso MEV es Virginia y sin ella, nada es igual.

La sonrisa, humilde, de Leonskaya nos despide. No sabemos cómo felicitarla y darle las gracias. Ella nos atiende con una sencillez que desdice al "monstruo" escénico que nos ha deleitado antes. Las grandes personas no saben que lo son. Los demás las descubrimos en las pequeñas cosas que hacen que transforman el mundo. Como el concierto del miércoles 11 de julio en el Gregorio Marañón donde una soberbia  capitana convirtió un hospital en un puerto protegido de veleros de henchidas velas, dispuestos a surcar ese océano con más determinación.

martes, 9 de junio de 2015

Me hierve la sangre

Me hierve la sangre
y me consumo en ella y siento ganas de vomitar. 

Porque, quizá, yo también de pequeña hice algo así. No tan cafre ni inhumano pero similar. 

Recuerdo a una niña del barrio que era muy alta y desgarbada y también débil, claro. Y sí, recuerdo verme parte del grupo que la acorralaba solo por ¿¿¿¿el placer???? de verla perdida, de sentirnos superiores, de estar al otro lado de la frontera.
Tengo el recuerdo y también creo conservar la sensación de saber que aquello era una putada. Algo injusto y miserable. Y también creo conservar la sensación de tener la certeza de que haciendo aquello miserable, injusto, yo me ponía  a salvo de ser la víctima. Porque yo me sabía también débil y susceptible de burlas y persecuciones. Siendo parte del grupo acosador, diluyéndome en él, en su cobardía, evitaba el foco, lo desviaba hacia ella. 
Ella era una persona buena, de esas chicas ingenuas que no veían el mal en nadie y que era generosa y amable por naturaleza. Lo que he dicho: vulnerable. Ante cualquier peligro corría llorando , llamando a su madre y eso nos parecía punible y como la "santainquisición", la juzgábamos sin juicio  y la castigábamos a nuestras burlas y acosos.
No era minusválida pero sabíamos que era más débil que los demás. Y los demás, que tampoco éramos "sansones", nos pertrechábamos de la mezquindad de humillarla para sentirnos fuertes, invencibles, unidos en una causa común.

Me está costando escribir esto. Por todo lo que significa. 

Nuestros padres eran amigos y por lo tanto yo tenía mucho más contacto con ella y sabía que era una persona estupenda, una buena amiga. Pero nunca la defendí de la jauría. En algún momento dejé de ser activa en ella pero nunca la defendí con fuerza.

Reflexionando sobre los casos de acoso que cada día vemos en los periódicos (y los muchos que no vemos), indignándome como lo hago cada vez que me entero de un abuso así, me vino a la memoria, nítidamente, este recuerdo de mi infancia. Creo que es interesante haberlo conservado tan nítidamente escondido en la retaguardia de lo que soy. Quiero pensar que es así porque siempre supe que obraba mal y que era una cobarde. 
Me temo que no fui la única en participar en cosas así. Bueno, sé que no fui la única porque el grupo era numeroso y sé que había grupos así en todas partes.

Tal vez, fue esa rémora latente la que me hizo estar muy alerta con mi hijo. No tanto de que él fuera objeto de ese tipo de abusos -que también- sino de que él no se los infligiera a otros. Siempre he sido excesivamente insistente en ese tema y siempre he sido una pesada advirtiendo a mi hijo que no haga de menos a nadie y que si ve a alguien en inferioridad de condiciones lo apoye e intente integrarlo. Había una chica en su clase que no tenía amigos y que era un poco "friki" como ellos decían y le agotaba con mis requerimientos sobre ella.

Leo la noticia anterior y me hierve la sangre y me entran ganas de vomitar. Tengo la certeza de que mi hijo nunca haría algo así (¿¿¿se pueden tener certezas sobre algo???). Raúl siempre ha sido un niño fuerte, más fuerte y alto que todos los de su edad. Y jamás ha usado esa fuerza para imponerse. Nunca. AL revés. Siempre ha dejado paso a los demás ,hasta el punto de pensar que algo le pasaba porque siempre estaba en último en todo. Nunca empujaba por ser el primero y prefería quedarse sin algo antes que meter codos. Es algo que adoro de mi hijo. 
Tengo un recuerdo maravilloso de un día en el patio del cole cuando tenía 3 años. Siempre iba (yo) de incógnito a grabarles en vídeo a la salida, cuando iba a recogerlos. Estaba en ello viéndoles jugar con una casita de plástico desmontable. De repente, el techo que  Raúl estaba manipulando se le cayó a Pablo, su mejor amigo, en la cabeza y empezó a llorar. Raúl fue rápidamente a consolarlo, acariciándole la cabeza. Pablo enfadado le echó la culpa y Raúl, acaraciándole todavía, rompió a llorar con él, pidiéndole disculpas y diciendo: "Prrdón "Pabo" ha sido sin querer" Iba detrás de él diciéndole eso, llorando y acariciándole donde se había dado el golpe. Lo tengo grabado y no necesito verlo para conmoverme como aquel día lo hice. Como ahora  sólo con recordarlo.

He leído esta noticia y aunque no era necesario para indignarme y dolerme, la he leído en un día en el que todo se me enreda y colabora a que se me encoja el corazón.
Sabía al ver la foto que el chaval que lo cuenta era de por aquí, lo he visto alguna vez. Como siempre, pienso en su impotencia y también en el dolor profundo de sus padres, en su rabia. NO hay nada que duela más en este mundo que ver a tu hijo desprotegido, injustamente tratado, vulnerable, sufriendo.

Ya es suficientemente doloroso que la vida lo ponga en esa situación de desventaja como para soportar que las personas privilegiadas que tenemos salud y podemos disfrutar de la vida sin ningún obstáculo, nos mofemos de la mala suerte de los que tienen alguna limitación. 
Pero sucede. Nuestros jóvenes lo hacen. Yo lo hice de algún modo. En mi caso por pura cobardía. Lo sé. Pero me pregunto qué lleva a otras personas a hacer algo así. ¿La cobardía sólo?¿El miedo?
¿O genéticamente tenemos inscrita la banalidad del mal y la aplicamos en la menor ocasión? Da pavor y explican, ambas razones, muchas de las barbaries del siglo pasado y de estos momentos. 

Hoy mi hijo hace la PAU. Se ha ido nervioso como nunca le he visto. Frágil, desprotegido, vulnerable.
Me hubiera gustado arroparle con una armadura de fuerza y optimismo y no he podido. Se me ha encogido el corazón. 


Por eso no puedo ni siquiera imaginar el dolor de esos padres que ven sufrir a sus hijos injustamente, gratuitamente, cruelmente, inhumanamente. Que ven morir a sus hijos por algo así o que los ven vivir con miedo, sin ilusión, sufriendo. Porque sí.

Y me hierve la sangre y siento ganas de vomitar porque siento que no hemos avanzado mucho como personas y que esa parcela brutal, primitiva y sanguinaria de animales que somos se extiende ante nuestras emociones como una plaga que nos convierte en lo más odioso y despreciable.

Sólo me tranquiliza saber en la mirada de mi hijo que es una buena persona que nunca abusaría de otro gratuitamente. Hoy me acompañará todo el día esa mirada para que no se me olvide que da igual el resultado de la PAU si mi hijo es una buena persona que no pisará nunca a otro para ser el primero. 

viernes, 5 de junio de 2015

Musica movet affectus

Virginia bucea en su bolso. Se ahoga en lágrimas y busca un pañuelo donde sumergirse. Porque Raquel, como una hechicera, nos toca el corazón con su voz cristalina, confesándonos esto:


Así, una vez más, comprobamos que es cierta la frase grabada en en este maravilloso clavicémbalo:
"Musica movet affectus"






Miraba esa pequeña sala, acogedora, miraba a los músicos engarzados en una sola voz, miraba a Raquel, envuelta en terciopelo negro, miraba la tiorba de Jesús tan elegante y dulce, miraba el clavicémbalo de una belleza conmovedora y simple y podía sentir que nada en este mundo me reconcilia más con la vida que la belleza de las cosas simples. 
Seis personas, concentradas, mimando su profesión y entregándonos un presente que nos impulsa hacia el futuro con el alma renovada y dispuesta para otras batallas.




La guinda a este pastel tan dulce nos la vuelven a regalar estos músicos maravillosos. Que lo son. Como la copa de un pino. Excepcionales. Y cuesta creer que sea posible que su cercanía, su humanidad, superen a su arte. Quien los conoce, sabe perfectamente de lo que hablo.
Ha sido una tarde intensa para ellos. Una hora y media tocando, con cierto calor. Pero salen a saludar a la gente que los espera y nos acogen con un abrazo y una sonrisa. Como si los contentos y agradecidos debieran ser ellos.

Esta fue la maravilla que disfrutamos ayer














Sin querer importunar más, emocionadas por la experiencia y el achuchón de Raquel y la dulce sonrisa de Jesús, salimos como en volandas. Bajamos la escaleras cantando "sé que me muero, me muero..." Al fondo se escucha la carcajada vital, arrolladora, sincera y expansiva de Raquel. Como es ella y como lo que transmite. Sensibilidad, alegría, emoción y ganas de vivir. Como debería ser la vida y como lo es cerca de ella.

Esponjadas salimos a un Madrid bullicioso, con una tenue luz que se resiste a ocultarse y una brisa que anima a continuar la noche.


Sé que me muero, me muero, me muero de amor, Raquel Andueza y Virginia Castelló. De amor por la música, por la amistad, por la generosidad y por las mujeres valientes.Gracias por esta estupenda tarde.




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