lunes, 29 de agosto de 2016

Joyas

Como espejos huérfanos relucen al sol, 
desnudos ya de la flor de algodón que los coronaba.
Resultado de imagen de cardosAlgodón protegido por hojas puntiagudas y afiladas.
Hermosos cálices , ya sólo de espinas,
que nacieron férreamente acurrucados
sobre sus duras hojas puntiagudas, 
Resultado de imagen de cardos
para irse abriendo en un hermoso morado.
Resultado de imagen de cardos

Nadie los quiere y a mí se me antojan joyas intocables 
que jalonan mis paseos, orgullosas de saberse lo que son y lo que provocan.
Resultado de imagen de cardos




jueves, 25 de agosto de 2016

Libros te quiero

Libros, te quiero como el aire libre de la mañana...



Llevaba muchos meses sin poder leer. Quien me conoce sabe que eso tiene un significado claro y no muy alentador.
Este verano, en el paréntesis que supone el verano, en la huida a ninguna parte donde todo parece diluirse, ser menos pasado y recobrar parte del brío y la ilusión que debe presidir el hecho de respirar, he podido volver a leer. Y ha sido como recuperar el tiempo perdido.

Empecé con un tema que siempre me secuestra
Resultado de imagen de la cuna de auschwitz  He leído mucha ficción y ensayos sobre los nazis y este campo. Con este libro he sabido algo más sobre otro grupo masacrado en los campos: los gitanos. 
Encontré algunos desajustes pero lo leí como todos los de este tema, de un tirón.


Retomé uno que había empezado a leer meses a tras y del que increiblemente, no pude pasar de la primera página. Y es increible porque esta autora escribe fluido, creando personajes y ambientes que captan la atención y no te sueltan. Son novelas policiacas llenas de humor y las disfruto mucho. Como hice este julio con esta: 
Más tarde me he leído otro libro de esta autora francesa en el ebook. NO me gustan las novelas policiacas pero con esta mujer me lo paso bomba porque casi lo de menos es el caso policial



Después ya no recuerdo el orden. Allá van 
Me ha encantado este libro. Es una charla transcrita que dio Sampedro en la UIMP sobre su obra y su vida y la he disfrutado muchísimo. Como siempre, encuentro en sus palabras parte de las mías. Que primero es la emoción y luego todo lo demás, Que no quiere deshacerse de sus cosas porque les tiene cariño por el tiempo compartido y no entiende por qué unas pelotillas en la lana deben ser motivo de olvido y sustitución. Y tantas cosas más...


Otro cuya temática engarza con el primero. En este caso, es un soldado inglés capturado por los nazis, que se enamora de una chica y logra escaparse por las noches para reunirse con ella. Ese amor le hará resistir y sobre vivir. Con un final no sé si inesperado. Es una extraordinaria historia real que me lei del tirón.

Este libro ha sido un trallazo. Es un tema en el que estoy altamente sensibilizada pero leer todo lo que cabe en este libro te deja malherida. Impresionante.De obligada lectura.








Más sobre el tema que me apasiona y nunca me cansa

 No me canso de leer cómo personas que vivían una vida muelle, con una alta formación intelectual y posición económica se ven desprovistos de todo lo que fue su vida en unos meses. El título me capto desde el primer momento porque a mí también me lo dicen pero no como un halago.
Me encanta este autor. Su forma de escribir. Algunos relatos más afortunados que otros pero descubrimientos a través de  frases que son dardos esplendorosos. Literatura.
Interesantísimo libro sobre Hirosima. Contada la historia a través de las visicitudes de algunas personas que sufrieron la explosión a través de los años. No solo del día de la bomba. Los días siguientes, los meses y los años después. Me interesa mucho más conocer los hechos a través de la intrahistoria de los protagonistas que mediante datos o simples descripciones. 
Libro de relatos sobre la Rusia actual. Cuenta como sin querer y a través de ese "sinquerer" descubrimos aspectos de ese país o de cómo lo ve su escritor.

 Este libro llegó a mí sin buscarlo. Lo vi y lo cogí. Sin más. Es una historia peculiar sobre flores, sentimientos en Islandia. Me ha entusiasmado encontrar el color malva por todas partes: en la ropa, en las flores, en el paisaje...Mucho malva. Era como un guiño para mí y entré en él mucho más cómodamente.
Más sobre mi monotema. Interesante ensayo con varios puntos de vista. Me ha hecho pensar que los católicos no habrían llenado sus horas más bajas con música. Con oraciones sí, pero no con música. Parece que en la vida de los judíos está muy presente casi como medio de transmisión de sus valores y cultura.
Y tiene poco que ver pero me apetece que aparezca aquí y de algún modo ejemplifica lo que digo. Esta música es la que los músicos de ascendencia judía escuchaban en su infancia o al menos es una remembranza de esos sonidos y esas historias

 

Este otro lo leí en la playa.Lo cogí en la biblioteca de La Manga y me lo leí del tirón. Es una autobiografía y aunque me interesó porque quería saber cómo salió esta mujer de ese mundo opresor y primitivo en el que creció y eso no me lo dijo, me hizo descubrir un mundo duro e injusto pero lleno hermoso y único para ella porque fue en el que creció. Esta modelo que escapó de un destino terrible (el de todas las mujeres pobres de ese país) escribe para ayudar a erradicar la mutilación sexual femenina de la que ella, claro, fue víctima.














Me he dejado a medias el último de Eduardo Mendoza que es un desparrame total. Me lo he dejado a medias para dejárselo a mi madre a ver si le divierte. Me pregunto cómo se lo pasará este hombre escribiendo estas peripecias tan divertidas y surrealistas creando personajes y situaciones hilarantes y tiernas al mismo tiempo con un conjunto coral que te lleva de un lado a otro olvidando a veces la intriga que nos tiene ocupados y que a veces, es pura anécdota. Genial

Ahora leo uno libro en el ebook que me estaba irritando un poco pero me ha enganchando finalmente. Quizá porque estoy enamorada de la ciudad protagonista: Santander. Y cuenta un episodio dramático de su historia. Cuando un barco cargado de dinamita encalló y explotó destruyendo a toda la ciudad practicamente.


Y me quedan pendientes estos que no sé si cambiaré por otros que tengo ya en preselección:



Empecé otro de Katerine Pancol,
cuyos libros normalmente me resultan  perfectos para el verano por su liviandad, pero lo tuve que dejar porque no me gustaba nada e incluso me irritaba.

martes, 23 de agosto de 2016

Paseo por la felicidad








Salgo a la luz de un día caluroso de verano. Recibo el calor y el resplandor como un regalo. Respiro hondo. Disipo las sombras de la enfermedad que no quiero tener.
 Me sacudo de esos temores que el ecógrafo me ha grabado en la piel. 
Acojo todo lo que mis sentidos atrapan, con agradecimiento. Quiero abandonarme a un paseo y me abandono. 

La comba... No veo jugar a los niños a la comba. 
Yo pasé muchas horas de mi infancia saltando una comba. 
La comba...Un cordel emocional. Otra bomba de racimo.

Salgo de hacerme una mamografía y una ecografía. La doctora se emplea con empeño. Cada parada, cada pulsación en el ordenador, cada pase insistente, levanta la duda, el miedo, la incertidumbre.Es una hora larga de pruebas por pura revisión.







Paso por una tienda que es regocijo para mí. En ella he pasado muchas horas eligiendo ilusiones para mi hijo y para todos sus amigos y primos. Una tienda llena de estímulos, alegría y magia. Paseo por sus estantes
y me encuentro con momentos únicos de mi vida. Momentos ligados a la fiesta y la emoción de mi hijo. Como migas de pan me llevan de paseo por la felicidad perdida. 
Encuentro, una vez más, lo que busco para otro bebé. Me cuesta elegir. Hay tanto y tan hermoso...

Me duele ver en esas estanterías los ojos abiertos de sorpresa y alegría de mi hijo, que ya no están. Los míos, estremecidos al ver su inocencia, su júbilo; que tampoco están. Salgo conmovida de ese recorrido por un mundo perdido y tan añorado.

Camino por el sol y por todos esos recuerdos de vuelta a casa. Mi corazón, encogido, se instala en aquellos años en los que abrir paquetes era estrenar el cariño que se agrandaba de pura emoción. 

Paseo al atardecer ya y me encuentro con La Comba
y saltan de nuevo todos los sentimientos que despierta ver crecer a tu bebé y sentirle descubrir el mundo y sus propias emociones. 

La Comba fue la segunda casa de Raúl durante dos años y medio. Allí estaba su otra familia y con ella pasó muchas horas de aprendizaje y disfrute. Decidimos llevarle porque buscaba niños, eran como un imán para él. Era feliz con los suyos, con sus iguales.
El primer día que  llevé a Raúl fue durante el recreo.
Como una prueba de adaptación. Llegamos y en la puerta vio los columpios, a los niños jugando y comprendió que era su sitio y no era el mío. Se giró, me empujó y me dijo: " aios, mamá".

Raúl tenía poco más de año y medio. A mí se me arrugó el corazón al dejarlo allí solo y me emocionó verle tan contento en ese nuevo mundo.
Me impresionó cómo lo interpretó él: era su universo lejos de mí. Era su mundo para crecer y hacerse al margen de nuestro cordón umbilical. Allí fue feliz y allí me recibía corriendo cada vez que iba a buscarlo. 


Allí descubrimos cómo era Raúl con los demás. Siempre se quedaba el último, nunca peleaba o discutía.



Era generoso, tranquilo, solidario, colaborador. Era maravilloso. Como imagino que sigue siendo. 



Creo que no hay momento más especial que recoger a tu hijo de la guardería. Recibir todo su cariño, su alegría, sus experiencias vividas sin ti en ese abrazo que te esperaba cada día en la puerta de La Comba.

Recojo hoy más migas de pan que me llevan de paseo por la felicidad perdida y me hacen aferrarme a esa manita que se apretaba a mí camino de La Comba o de nuevo a casa. 
Hoy sé que no hay recuerdo más dulce que ese paseo de la mano de mi hijo y el beso con que cada día me despedía y me recibía al entrar y salir de su universo de niño donde conoció a amigos que todavía lo son.

Vuelvo a casa. Sola. Sin nadie agarrando mi mano. Sin nadie que me espere y me dé un beso.
Vuelvo llena de emociones y recuerdos tan hermosos como acerados. 


Ha sido un día intenso. 
He caminado por una sala de oncología, donde se puede palpar la lucha y el sufrimiento y también la esperanza. 
He caminado por mi propio miedo a la enfermedad de la que nadie está exento. 
He caminado por la felicidad. No sé si todo el mundo puede hacerlo. Por eso, quizá, debo sentirme privilegiada y afrontar su pérdida con resistencia. 

viernes, 19 de agosto de 2016

El peso (¿del negocio?)

Texto seleccionado en un concurso de microrrelatos para formar parte de un libro (que tengo que comprar) de 1500 relatos seleccionados entre 3000. El tema o la palabra que debía aparecer era "amanecer" 

El peso volvía con cada amanecer. 
Se instalaba en su estómago negándole una serena respiración.
Asustada, buscaba el tintineo luminoso de su chopo al sol 
y en él descansaba la pena de ese peso.

Y digo yo que si los 1500 seleccionados y familiares y amigos compramos el libro, el negocio está asegurado. 
¿O estaré siendo demasiado susceptible y esta es una forma de crear espacios de intercambio y hacer cultura? 
En cualquier caso, no compraré el libro aunque he dado mi consentimiento para formar parte de él con este relato. Y ya van dos porque también me seleccionaron para otro libro con otro texto.
Casi me hace ilusión pensar que mis palabras están por ahí, esparcidas, sin saber bien dónde.

Agradecería opiniones al respecto. Como en tantas cosas, me pierdo.

miércoles, 17 de agosto de 2016

Bombas de racimo

Parto un pepino del huerto, me lo acerco a la nariz...¡¡¡BOOM!!!

Cruzo la calle. Me para un fuerte olor. Baila por mi disco duro. No lo localizo.Es extraño. Muy lejano. Frunzo el ceño. Logro atraparlo: aceite sin refinar quemado....¡¡¡BOOM!!!

Bajo a la cueva de mi tía. Fresca. Húmeda. Protectora. Me baño en su frescor y me zambullo en otro mundo tan lejano...¡¡¡BOOM!!!

El olor a magdalena. Entrar al horno...¡¡¡BOOM!!!
La como con una sangría y ahora sí...¡¡¡BOOM!!! ¡¡¡BOOM!!! ¡¡¡BOOM!!!

Paseo por la hoz. Me dejo acunar por el sonajero acariciante en el que el viento convierte a los hermosos chopos. Cierro los ojos y escucho. Me derriba ese olor único que me traspasa: la higuera se desparrama en esa fragancia única para mí...¡¡¡BOOM!!!

Levanto la tapa de la sartén...¡¡¡BOOM!!!..unos inofensivos pimientos fritos..

Bombas de racimo que me explotan entre las manos y me llevan lejos. Adonde nunca más podré regresar. Y me laceran y me emocionan. Y me lastiman y me hacen tan feliz...








El pepino y las meriendas con pan y sal. Y mi abuela. Y las ensaladas familiares. De esos pepinos llenos de aroma y de sol.

El olor a aceite y a la cocina de mi abuela. Y a las comidas familiares. La infancia intocada.

La cueva. Ese mundo subterráneo lleno de suculencias. Esa otra forma de vida en la que la cueva era la nevera y bajar a por la sandía una aventura de escalones irregulares y oscuridad misteriosa.

El horno. El pan caliente. Ese olor a esencia y maravilla. Los bocadillos de morcilla en pan todavía caliente con los que me recibían el día y mi tía, para desayunar.
La magdalena y el "sopaenvino", la merienda que mi abuela nos preparaba, ajena a las corrientes pedagógicas que  recomiendan no dar alcohol a los niños niños: una magdalena empapada en vino tinto.

La higuera...el centro de mi universo. El centro de la casa de mis abuelos que nos regalaba higos y sombra y reuniones y conversaciones y risas y trinos y rumor de hojas cosquilleante y sereno. La higuera...

Los pimientos fritos y esos bocadillos que me esperaban en casa. Gigantes, de toda una barra de pan de la que ir cortando y comiendo. Pan empapado en pimientos con ese sabor a seguridad y paz. 



Algunas de estas bombas me han alcanzado desprevenida, sin verlas venir. 
Otras he ido yo a buscarlas. Con miedo. Sabiendo que la metralla se instala profundamente y me horada como un colador. 
Repujada de vacíos colmados de amor y melancolía.





lunes, 15 de agosto de 2016

Bolas de pelusa

No sé vivir. Lo pienso frecuentemente. Y lo que más miedo me da es que las personas que no saben vivir, al parecer, no saben morir. Me gustaría saber vivir para poder saber morir.

Vivir es ir desprendiéndose de la vida. Atesorar serenidad en el acto de ser y saber desprenderse. 
Y yo no sé. No sé desprenderme de nada. No quiero. Por eso ni siquiera puedo aprender. 
Para mí vivir es aferrarme a lo que quiero, a lo que me hace sentir bien. Y no sé despedirme, desligarme de ello. No sé pasar página. Las páginas me pasarán por encima pero nunca sabré poner el punto y final. 

Me quedo prendada en esas puntillas que jalonan mi vida y le dan luz y alegría. Aunque sé que no me pertenecen, que no puedo acapararlas porque un día desaparecerán como espuma. Porque no son mías. Míos serán su recuerdo, la nostalgia por ellas. El desasosiego de haberlas perdido.
Y en ese desasosiego la vida se me descoloca, pierdo pie. Se me tiñe de una melancolía que la desdibuja y propendo a rehuirla. La mancillo.

Por eso, frecuentemente no quiero ser parte . No quiero querer. Me refugio en mí y en mis pequeños reinos que nadie podrá arrebatarme. La escritura, la lectura, mis paseos por la naturaleza, las nubes..
En cada jirón de decepción, de pérdida...me encojo como un bicho bola e involuciono. 

No sé decir adiós a lo que me alegra la vida, me la llena. Y me vacío en cada partida, en cada desencanto. Como si la vida no fuera precisamente ir superando ausencias y desencuentros. Y descubrir que nada es como tú creías y todo puede ser diferente.

Por eso sé que no sé vivir.  Y sólo me consuela que  esa ignorancia crece sobre emociones algunas tan hermosas que compensan este ejercicio estéril de entender algo. Tan profundas que se acercan al precipicio de preguntas que me impiden avanzar. Eso y encontrar a gente maravillosa, admirable, que me quiere cerca y me ve como no puedo verme yo. Y así me dan esperanzas de ir acercándome a quien me gustaría ser y no soy.

Leo a Sampedro y me acarician sus palabras al decirme que lo primero es la emoción y que no sabe desprenderse de sus cosas. Esas que le acompañan, que son parte de su vida y que no entiende por qué ha de abandonar solo porque le hayan salido unas bolas de pelusa.

Me gustan las bolas de pelusa de la vida . Viejas y sobeteadas me aferro a ellas, frágiles, para no perder las únicas certezas que tengo y me acompañan. Para poder sobrevivir a la constante duda sobre si seré yo que, al no saber vivir, malgasto la vida que me premia con la auténtica soledad de sentirse sola. 
O será que vivir es zambullirse en ese inmenso vacío y no ahogarse.

jueves, 11 de agosto de 2016

El salvavidas

En otro texto ya saqué parte de la pesadilla que fue el parto de mi hijo. 
Tardé dos días en verle, en tenerle entre mis brazos; y aunque, afortunadamente, no tuvo consecuencias, cuando me lo subieron, no podía parar de llorar. 
Recuerdo mis lágrimas caer por todo mi cuerpo. Bajaban por el camisón y lo tintaban de un azul intenso como toda la congoja que me desbordaba y no podía explicar.
 Fue una invasión del llanto que no podía controlar y que me ayudaba a canalizar una tristeza llena de ternura que no me cabía en el pecho. 

Me recuerdo rendida al cansancio, a la emoción y al llanto. Con mi pequeño al lado, rodeada de gente, con esa pena que no podía disimular y que me impedía hablar. 
Me recuerdo tumbada (no podía levantarme), despeinada, penosa y sin parar de llorar. Lágrimas recorriéndome, avergonzada por no poderlas contener ni explicar. 

Era un llanto poderoso, que me llenaba y me vaciaba al mismo tiempo. La imagen de mi camisón empapado me sigue sorprendiendo cuando me vienen a la mente esas horas confusas.

Creo que nunca más he llorado así. Lloraba sin querer y sin poderlo evitar, Sin aspavientos. Empapada de un agua que quisiera llevarse , tal vez, las terribles hora vividas y todos los miedos y las incertidumbres y los malos deseos generados por una praxis deshumanizada e incorrecta.

No puedo explicar ese llanto, sanador y , al mismo tiempo, estandarte de mi fragilidad sin ningún pudor. Me dicen que son las hormonas que gobiernan el cuerpo en esas situaciones. Puede ser. 

Yo era madre. Y era agua. Era emoción y una ternura inmensa recortada por la tristeza. 

Diecinueve años después soy madre y soy emoción y una ternura inmensa recortada por la frustración y la tristeza y mi incapacidad para ser madre como creo que debo serlo y derramarme en cariño. 

Soy madre y no soy agua. Y quisiera perderme en aquel llanto de hace diecinueve años, bañarme de él, de su inocencia y su pureza. Dejarme ir en él y poder respirar. Empaparme y sentirme esponja. De apariencia frágil pero cuajada de amor y de sorpresa. 

No sé por qué no puedo llorar. Y no lloro. Cuando más lo necesito.
Quizá porque he aprendido que no sirve de nada. 
Quizá porque me he endurecido y he comprobado que la sal de las lágrimas no tiene valor si no se comparte, si no se siente acompañada. 
Quizá un náufrago no puede permitirse el lujo de llorar en ese océano en el que bracea. Aunque , frecuentemente, sea muy consciente de que el mar que le ahoga, que le impide avanzar y recuperarse y ser más él, es- precisamente- ese que le anega por dentro.

Me gustaría poder abandonarme otra vez a ese llanto que me permitía respirar a pleno pulmón. Ese llanto que nace del amor y del miedo. Abandonarme a él, con mi niño entre mis brazos como un salvavidas.